Nunca serás mi romcom Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Volvió. Iker aceleró. Yo solté una mano para cubrirme la cabeza. La moto pegó un salto porque nos vino una ola de frente. Mi rodilla resbaló. Iker giró para evitar una roca que apareció de la nada. La gaviota chilló. Y entonces el mundo se inclinó de golpe.

El grito que solté lo escucharon hasta en las Azores.

Solo recuerdo agua.

Llegamos a Cala Luna Negra a rastras, tosiendo, descalzos.

La moto había encallado entre dos rocas con un crujido que no auguraba nada bonito ni barato.

La gaviota seguía dando vueltas arriba como un buitre en busca de carroña.

Libre. Satisfecha. Sin remordimientos. Esperando que muriera deshidratado para darme el picotazo de gracia.

—¡Me cago en la hostia! —dijo Iker al tratar de arrancar la moto y ver que no funcionaba.

—¡Si es que yo sabía que era mala idea! —protesté—. Una excursión rodeado de bestias volantes nunca puede salir bien.

Me llevé las manos a la cabeza, encogido. Él bufó y vino hacia mí pasándose la mano por la nuca.

—¿Te encuentras bien?

—Sí. No. ¡Estamos muertos!

Lo escuché bufar.

—Vendrán a buscarnos y ya está.

—¡Si no saben dónde estamos!

—Tu hermana sabía que veníamos hacia aquí.

—Sí, claro, entre el agua y más agua. Súper preciso. ¡La costa sur tiene doce kilómetros de calas! Y sin móvil, solo con una maldita GoPro. ¿Este bicho no lleva bengalas?

Negó.

—Respira. Doce kilómetros no es nada. No vamos a morir.

—Eso decía Tom Hanks antes de hacerse amigo de una pelota.

—Si lo prefieres, podemos intentar llegar a nado a la playa. Vamos con chalecos.

—¿Y si me da un calambre nadando de vuelta? ¿O la gaviota decide hundirme la flota? No, gracias.

—Puedo ir solo yo.

—¿Y me dejarías aquí solo ante el enemigo? —Miré hacia arriba—. No, gracias.

Un silencio. No respondió. Oteó el horizonte con esa ecuanimidad serena e irritante que lo caracterizaba.

La luz fue apagándose. Las rocas se oscurecieron. Al fondo de la cala, donde las paredes de piedra se juntaban hacia adentro, había una abertura.

—¿Qué te parece si nos resguardamos ahí y así te tranquilizas? —sugirió—. Quizá si tu amiga te pierde de vista, se largue con sus colegas en busca de algo más apetecible…

Me guiñó un ojo. No me pareció mala idea.

—Andando. Cualquier cosa antes de convertirme en huesitos para los buitres.

Me levanté y entramos.

Dentro, el aire era otro. Fresco, concentrado, con ese olor de roca mojada y sal antigua. La cueva se abría más de lo que parecía desde fuera. Había una piedra plana y nos sentamos sin hablarlo, desprendiéndonos de los chalecos.

Durante un rato no hubo nada más que nuestras respiraciones, el agua, el eco del choque y la oscuridad encendiendo un telón de estrellas fuera.

—¿Sabes cómo se llama esta cala? —pregunté al cabo de un rato.

—Luna Negra.

Me sorprendió que lo supiera.

—¿Y sabes por qué?

Me miró.

—No. ¿Me lo vas a contar?

Tampoco es que tuviera mucho más que hacer, salvo pajas mentales. Estaba habituado a contarles las leyendas locales a los chavales, así que con Iker no podía ser muy distinto. Necesitaba concentrarme en algo que fuera más allá de su cuerpo. Carraspeé e inicié el relato.

—Dicen que, antes de ser de nadie, esta costa era de contrabandistas.

La cala servía para esconder alijos. La entrada solo aparecía con la marea justa; si no sabías el momento exacto, el mar te dejaba fuera o te encerraba dentro.

—Respiré para darle intriga—. Pero la historia que sigue viva no habla del botín.

Escuchaba atento, esperando a que siguiera, hasta que se exasperó al ver que no continuaba.

—¿Me la vas a contar o voy a tener que suplicar?

«Me da a mí que, con esa cara, el que terminaría suplicando soy yo».

Proseguí, queriendo centrarme más allá de su ceja partida.

—Una noche hubo un eclipse. Dos hombres que llevaban semanas encontrándose aquí cada noche: un pescador del pueblo y un corsario al que escondieron en la cueva porque llegó herido y tenía mercancía.

Lo que empezó como un pacto se fue convirtiendo en otra cosa.

Algo que entonces no se podía nombrar sin jugarse el cuello.

Los descubrieron aquella misma noche en la que la luna se volvió negra, desnudos, entre gemidos.

—Se me secó un poco la garganta porque él me miraba de una forma muy intensa y en mi mente éramos nosotros—.

Intentaron escapar con la pleamar rugiendo.

Uno de ellos lo logró. —Callé un momento—.

El otro no volvió a aparecer nunca. El tesoro tampoco.

—¿Y qué dice la leyenda?

—Que la cueva se abre para quien llega buscando algo que no se atreve a decir en voz alta. —Miré hacia el fondo oscuro—. Y que algunas noches de marea alta se oyen dos silbidos entre el viento. Como si alguien siguiera esperando al otro lado de la roca.

El silencio que vino después no fue incómodo. Era de los que se vuelven densos porque nadie se atreve a hablar primero.

Comenzaba a refrescar. No podíamos hacer fuego y la única luz que teníamos era la que nos ofrecía la luna.

Nos habíamos ido acercando sin comentarlo. Nuestros hombros se tocaban, y algo más: los meñiques, en un roce diminuto. En la oscuridad, sus ojos parecían más serios. Iker me observaba como si el resto del mundo hubiera quedado fuera con la moto rota y la gaviota psicópata.

—Me gustas —dijo sin venir a cuento.

Cerré los ojos porque no sabía si estaba sufriendo una sobredosis de sal y se me habían mojado las conexiones neuronales.

« Acho , tío. Me cago en mis muelas».

Levantó una mano con lentitud, dándome tiempo a apartarme.

Me tocó la mandíbula con los dedos fríos por el mar y cálidos donde importaba; después vino el pulgar sobre mi labio inferior.

El gesto fue sencillo, casi cuidadoso, y eso me desmontó peor que si me hubiera empujado contra la pared para comerme la boca.

—Dime que pare, que es mala idea porque eres mi jefe y esas mierdas. Lo haré aunque lleve semanas dándole vueltas y no haya nada que me apetezca más que besarte.

Abrí los ojos y, por una vez, me obligué a no ser cobarde.

—No sé si quiero que pares. Seguro que tienes razón, que debería decir que es una idea de mierda, pero…

No hizo falta que añadiera nada más porque su boca me calló adueñándose de la mía.

Me besó con piel, ganas, lengua y saliva. Conquistando cada átomo hambriento de seguir.

El mar golpeó fuera, la cueva silbó entre las rocas y la noche se cerró sobre nosotros sin que ninguno se opusiera.