Capítulo 31
El domingo libre debería venir con instrucciones y, a ser posible, alguien que te quite el móvil de las manos antes de que empieces a repasar tu vida con la alegría de un autónomo revisando facturas por pagar.
Hoy no abría el bar. No había campamento.
No tenía que discutir con proveedores, ni perseguir a críos cubiertos de arena, ni explicarle a un padre que no, que su hijo no se había traumado por pintar una concha de color fucsia; que, a lo mejor, el trauma lo tenía él por vivir creyendo que una tonalidad volvería a Alvarito maricón.
En pleno siglo veintiuno y que todavía siguiéramos así. ¡Qué cruz!
Daba igual que librara, porque mi cabeza llevaba desde el desayuno funcionando como una lavadora con una zapatilla dentro.
Y es que solo había que ver la tensión que se respiraba entre Vero y mi hermano: era mucho peor que la de una central hidroeléctrica, porque esa electricidad no se iba ni a hostias.
Entre esos dos había mucho más que la historia del Uber en Madrid, porque sí, Vero me la había contado, mientras que mi hermano seguía callado como un puto.
Imagino que no lo había hecho para evitarme el disgusto, aunque ya le valía, acho …
No era que se mirasen muchísimo ni que se evitaran con la misma intensidad con la que otros se buscan; tampoco lo de haberlos pillado empapados en la peluquería, con cara de «nos han cazado con el tarro de las galletas y sin que nos haya dado tiempo de lamer la tapa». Era más que eso .
India también lo había notado. A una fan de La isla de las tentaciones no se le escapaban ese tipo de cosas.
Mi hermana pequeña, que a ratos parecía una adolescente normal y a ratos una abuela de ochenta años sentada detrás de un visillo invisible, se enteraba de todo.
—Brody y Vero están rarísimos —me soltó el viernes, sin despegar la vista del móvil.
—La gente es rara.
—Tú eres raro.
—Ajá.
—Pero ellos en plan heavy . Se miran y luego hacen ghosting visual. No es normal.
Casi me atraganté con la Coca-Cola.
No es que yo fuera a juzgarlos. No estaba en posición.
Llevaba media semana notando cómo Iker se acercaba a mí a la menor oportunidad, como si yo fuera un punto de interés turístico en un mapa que él había decidido consultar por su cuenta cada media hora.
Y yo no estaba acostumbrado a eso. No a que alguien así pareciera centrado en mi persona con esa calma suya, sin prisa, sin coqueteo de chiringuito.
Iker miraba de otra forma. Con una atención intensa que me desarmaba más que cualquier piropo. Y lo peor era que me gustaba.
Me gustaba de una forma incómoda, intensa y jodidamente evidente.
¡Que me levantaba empalmado y jadeando por las mañanas, por Dios!
Encima, en el sueño nunca culminábamos. Me dejaba con todas las ganas y el rabo tieso.
Por eso debería haber dicho que no a lo de la moto acuática.
La propuesta era sencilla: una marca que lo patrocinaba quería fotos del litoral, nada posado, contenido de ese que parece espontáneo aunque detrás haya una factura y un briefing . A cambio, él había pedido que trajeran motos acuáticas y monitores para una excursión con los mayores del campamento.
Favor por favor. Tampoco es que pudiera oponerme, teniendo en cuenta que el bar cada vez estaba más lleno y, en parte, era gracias a él.
Necesitaba a alguien que grabara y echara las fotos.
No es por nada, pero tenía bastante práctica; que los padres del campamento no querían capturas de sus hijos, sino tableros de Pinterest .
Además, Iker supo tocarme el punto de dolor. En los niños. En mi incapacidad para decir que no cuando algo podía hacerles ilusión.
India lo escuchó todo desde la puerta y levantó un dedo.
—Por supuesto que mi hermano se ofrece voluntario.
—No he dicho que sí. Podría ser una actividad de riesgo.
—Vas porque es una excursión de la leche y no hay nadie mejor que tú para supervisar.
Iker nos observaba divertido.
—Y tus vídeos son los mejores, sabes mogollón sobre encuadres, luz y hacer que los demás salgan guapos. Tienes que ir, porfi , porfi , porfi …
—¡Vale! ¡Está bien!
Y así, gracias a mi hermana, a mi escasa autoridad en mi propio campamento y a una cadena de decisiones de mierda, acabé en la playa al caer la tarde, con la mirada puesta en el cielo.
Porque hay un detalle que se me había olvidado mencionar: a mí los pájaros me dan un pánico irracional, inconfesable y perfectamente documentado desde los siete años, cuando una gaviota me robó medio bocadillo de la mano en el paseo marítimo y no paré de correr hasta que llegué a casa de mi madre.
Que estuviera en la playa, rodeado de mar, al atardecer —cuando todo el mundo sabe que esos sicarios con plumas pescan o a primera hora de la mañana o cuando va a ponerse el sol— era la crónica de un ataque anunciado.
Perfecto.
Iker ya estaba montado. Descalzo. Mojado hasta las rodillas. Con esa sonrisa de «todo va a salir bien» de un hombre que claramente no conocía mi historial de suerte.
—¿No vamos a llevar chalecos salvavidas?
—Los tenemos debajo del asiento. Para ir hasta la cala no hace falta. Los chicos de la escuela de surf me han dicho que la puesta desde ahí es magnífica.
—A mí me hace falta hasta para ducharme, así que no te flipes: seguridad ante todo.
Sacó uno y me lo tendió. Imagino que él se puso el otro por acompañar. Sin rechistar, aunque la sonrisa le seguía bailando en la boca.
No podía sentirme más ridículo. Él tan tío bueno y yo tan poca cosa… Si por lo menos me hubiera gustado hacer crossfit , pero yo era más de sofá, manta y Embrujadas .
En eso también coincidía con Vero. Miedo me daba el test de ADN.
—¿Tú has conducido alguna vez una de estas? Mira que aquí el oleaje es bastante cabrón. Fijo que una ola con mala leche nos vuelca…
—Conmigo conduciendo, el mar no se atreve. Sube, jefe, que yo me ocupo de que no te den un revolcón.
«Si me lo das tú, me lo pienso».
Ese era mi mayor problema: que quien quería que me tumbara era él. No se lo dije, por supuesto. Me ajusté el chaleco refunfuñando, porque, cuando uno no sabe dónde meter el deseo, lo disfraza de cabreo, que queda mucho más decente.
—Como me mates, te aparezco de fantasma y te cambio todas las canciones de la playlist de rock vasco por las de Camela, a ver cómo vuelves a Euskadi.
Soltó una carcajada que retumbó en su pecho.
—Eso sí que sería violencia.
—No me pongas a prueba.
Subí detrás. Y ahí se acabó mi chulería.
Porque una cosa era imaginar pegarme a su cuerpo y otra muy distinta notar su espalda en mi pecho, sus hombros delante, el calor de su cuerpo, la piel salada.
Tuve que poner las manos en su cintura, y el gesto, que debería haber sido puramente técnico, se sintió como meter los dedos en una tostadora enchufada.
—Agárrate bien —dijo, girando apenas la cabeza.
—Estoy agarrado.
—Me refiero a bien.
—¿Quieres que te haga un nudo marinero o qué?
Le oí reír antes de que acelerara.
La moto salió disparada y mi estómago se quedó dos olas atrás.
El viento me golpeó la cara, las salpicaduras me llenaron la boca de sal y apreté los brazos alrededor de Iker por puro instinto de supervivencia.
Él no dijo nada. El muy hijo de las Vascongadas condujo, firme, llevándonos por el borde donde el mar empezaba a oscurecerse y las rocas separaban la playa tranquila del lado más salvaje.
El sol caía, incendiando el agua en tonos naranjas.
Lo llevaba viendo toda la vida y seguía sin acostumbrarme.
—¿Todo bien por ahí atrás? —preguntó.
—Estupendo —mentí con ganas de pegarle un lametazo al cuello.
—Estás muy callado.
—Estoy ocupado no muriendo.
—También puedes disfrutar.
«No te haces una idea de lo que yo quiero disfrutar».
Mi entrepierna se agitó en respuesta y yo traté de mantener el culo atrás con poco éxito.
Rió otra vez e hizo una especie de trompo acuático que me llevó a fundirme con él, lanzando un grito poco decoroso.
—¡No hagas eso, joder!
—¿Divertirme? —preguntó—. Venga, jefe, saborea un poco el riesgo, que estás conmigo. Hoy toca divertirse a lo bestia. Olvídate del corsé.
Como si pudiera, palpando toda aquella fibra.
Su cuerpo debería estar en el paquete de todas las cajas de cereales.
—¿Te gusta?
Tenía los ojos cerrados e hiperventilaba al borde de un ataque de ácaros, pero sin bichos.
—Muchísimo —logré farfullar.
—Se te nota…
Más risitas y… ¿Qué había sido eso?
Noté un restregón en toda la cebolleta.
«No te hagas ilusiones, colega, que seguro que se estaba colocando».
Iker se fue adentrando en territorio hostil.
Tuve ganas de decirle que por ahí no, que acabábamos de entrar en Mordor con olor a sardina.
Que el club de los emplumados no llevaba bien eso de las interrupciones pesqueras.
Antes de que pudiera abrir la boca, apareció una gaviota gigantesca.
No sé qué trauma arrastraba, pero estaba ahí, de frente, chillando con la furia de una vecina a la que le han ocupado la plaza de aparcamiento, y se lanzó directa hacia mí con el pico abierto y con una determinación que solo le había visto a mi madre cuando le movían los tuppers.
—¡Iker! —grité, preso del pánico.
—La he visto.
—No, no la has visto bien. Viene a por mí. Quiere matarme.
—Es una gaviota.
—Es Satanás con pico. Y su especie y yo tenemos una deuda pendiente. Viene a por mi alma.
La gaviota descendió en picado.
Yo grité.
No un grito bonito. No uno viril. No uno aceptable para un hombre de treinta y cuatro años con dos negocios a cuestas. Grité como una señora a la que le ha salido una cucaracha voladora del cajón de los cubiertos.
—¡Quítala!
Iker intentó esquivarla, pero la muy desgraciada corrigió el rumbo.
—¡No te muevas tanto!
—¡Díselo a ella, que viene con intenciones penales!
Me agaché detrás de él. La gaviota pasó rozándome el pelo.
—¡Me ha tocado! ¡Quiere picotearme el cerebro!
—No te ha tocado.
—¡Me ha rozado la muerte!
La gaviota dio la vuelta. Porque no le bastaba con humillarme una vez.
—Va a volver —susurré.
—Harley…
—Va a volver, Iker. Tiene cara de rencor.
—Todas las gaviotas tienen cara de rencor.
—¡Pues esta, además, tiene mi foto en su lista negra!