Capítulo 30
Llevaba semanas así. No por una cosa: por todo.
Por el diario, por mi padre, por la sospecha que me estaba royendo por dentro como una termita con ansiedad.
Al igual que Vero, yo también deseaba que entre las páginas del diario de su madre encontrara algo que descartara nuestra consanguinidad de un plumazo.
Una frase limpia, tranquilizadora, del tipo: aquí no pasó nada raro, respira.
No estaba.
Lo que sí había era la confirmación que tanto temía: mi padre se tiró a Elena, y eso abría más la puerta que no quería plantearme.
Si a eso sumábamos que las putas pruebas parecían resistirse a llegar, mi agobio ya tenía raíces, tronco y ganas de dar sombra.
Llevaba días pendiente de si Ramiro traía mi ansiado hueso como un perro en una ventana.
Es lo que tienen los pueblos pequeños, que todos nos conocemos hasta el punto de que le dije al repartidor de la mensajería que, en cuanto tuviera paquete, me mandara un mensaje y me lo trajera el primero.
Cuando me llamó a última hora de la mañana para decirme que tenía uno cuyo remitente sonaba a ciencia ficción, pero que no podría traérmelo hasta la tarde, cometí el error de girarme mal.
Me di con la cabeza en el estante justo donde había depositado, hacía unos segundos, el bote de barniz, abierto, para atender la llamada, y este decidió que era un momento tan bueno como cualquier otro para suicidarse encima de mí.
Calentito. Pegajoso. Con ese olor que se te mete hasta en los recuerdos .
Me lo quité como pude, maldiciendo a Ramiro, al laboratorio, a mi padre y a todo su ejército microscópico con complejo de conquistador.
Traté de pasar algo de disolvente; lo único que logré fue empeorarlo, así que lo mejor era cerrar e ir cuanto antes a casa.
Preparar la comida y darme una ducha a la espera de recibir los resultados.
Cuando entré en la cocina, Vero tenía el teléfono en la mano, la respiración de haber bajado las escaleras diez veces y la cara de quien ha recibido una noticia que no esperaba.
Yo iba a decirle que los resultados estaban al caer, pero, al ver su expresión, decidí preguntar antes qué le ocurría.
Menos mal que lo hice: fue así como me enteré de que la prueba había sufrido una contaminación y que el paquete que iba a traerme Ramiro no era la solución al enigma, sino el kit nuevo.
Cojonudo.
La miré. Estaba alterada de verdad, no con su habitual caos gracioso, sino del tipo Almodóvar en Mujeres al borde de un ataque de nervios . No me sumé a su cabreo; me limité a ser el ancla, el que escucha y termina convertido en refugio.
Mala idea.
Mi cuerpo actuó por inercia y, en cuanto la tuve entre los brazos, cada fibra de mi maldito ser tomó nota de cada detalle.
El calor de ella, la forma en que sus suaves curvas encajaban, el olor que ya reconocía sin buscarlo.
Vero era como unas pinzas de batería directas al pecho.
De las que te hacen rugir el motor y rezar para que nadie oiga el arranque.
Lo que me faltaba era que echara cuentas al freno de mano que se alzaba listo y orgulloso apuntando a su ombligo, deseoso de que tirara de la palanca.
Por suerte, o por desgracia, se separó a tiempo; estaba tan agobiada que no notó la evidencia. Me miró el pelo como si estuviera tasando daños.
Se ofreció a ayudarme cuando le dije que necesitaba enjabonarme, y juro que con imaginar sus manos en mi pelo ya gemí por dentro. Llevaba varias noches convirtiéndome en el puto Eduardo Manospajeras a puerta cerrada, y su proposición, por muy honesta que fuera, no ayudaba.
Por si fuera poco, dijo que me había preparado la comida, y por puro reflejo confieso que miré hacia la cocina.
Cuando India buscaba sorprenderme con alguna adaptación culinaria fruto de TikTok, parecía que las ollas y los platos hubieran sufrido un golpe de Estado .
Uno no sabía quién era el enemigo, solo que había bajas por todas partes.
Por suerte, con Vero el fuego parecía controlado. Otra cosa muy distinta era mi trinchera, en pie de guerra.
Hice lo que buenamente pude, que fue tratar de relajarme y hundir la cuchara en su guiso, que era en el único lugar en el que por ahora podía hacerlo.
Cuando terminamos, me arrastró hacia la peluquería de mi madre, pidiéndome que ocupara el sillón que mamá le hizo tunear a mi padre.
No debería haber aceptado en pos de mi salud testicular.
Lo sabía perfectamente. Y, aun así, ahí estaba, con la cabeza encajada en el lavacabezas, mirando el techo, abrazado por aquella butaca reclinable que a mi madre le encantaba porque decía que así podía charlar con vistas a los ojos de las clientas, que ellas lo valoraban.
Pues bien, los míos iban directos a sus tetas y de ahí no los movía nadie.
Intenté varias veces mantener fijas las pupilas y tuve que abortar misión en cada oportunidad.
Como Vero no fuera mi hermana, iba a marcarme un veinte mil leguas de viaje intrauterino y nadie me iba a sacar.
Me agarré con fuerza a los apoyabrazos y apreté los párpados tratando de pensar en cosas desagradables.
No funcionó porque, aunque fuera el roce de sus dedos, me mataba.
—Dios, qué has hecho con ese bote de barniz…
—Probar una nueva línea de acabados. Carpintero brillo diamante, listo para ti al instante.
Mi réplica la hizo reír. A mi entrepierna, no.
—Pues por ahora solo has conseguido un buen nudo en esta mata de pelo. Esperemos que el baño al disolvente lo reblandezca.
Lo peor que una mujer puede hacerle a un tío necesitado de carne es darle comida y que intuya el postre.
Vero hizo las dos cosas.
Maldije a mi madre y el deseo de las clientas de verle la cara si abrían un ojo. Yo lo único que podía ver desde ese ángulo era a ella inclinada sobre mi boca hambrienta.
Mis párpados funcionaban como persianas defectuosas: los apretaba y se abrían solos, con una autonomía irritante y unas ideas que solo tendría un bebé lactante.
—No abras los ojos, no quiero que te caiga disolvente y te deje ciego — dijo.
«Ahora mismo es lo que más me convendría».
—No los estoy abriendo —refunfuñé.
Mentira. Aunque lo intentaba con todas mis fuerzas.
—Qué mal cliente eres.
«No te haces una idea de lo buen cliente que podría llegar a ser si te sentaras sobre mis piernas».
«Relájate, campeón».
Hice unas cuantas exhalaciones y lo intenté.
Trabajó el enredo con el disolvente, con una concentración digna de una experta, mientras me explicaba sus desventuras con una compañera de clase y un chicle en la melena.
Cuando pasó al agua y al jabón, la respiración se me fue al traste. Cada vez era más consciente de cada punto de contacto.
Generó una buena cantidad de espuma un par de veces, llevándose por completo el aroma a químicos para llenar el ambiente de uno mucho más agradable.
Las yemas de sus dedos ahora se deslizaban con suavidad, haciéndome reconectar con puntos que me encogían hasta los dedos de los pies. Pasaban por zonas que llevaban mucho tiempo sin que nadie las tocara. Me agarré al apoyabrazos con una fuerza que el sillón no merecía.
—Brody.
—¿Qué?
—Respiras raro.
«Y tú estás la hostia de buena».
—Respiro así desde pequeño, suele servir para mantenerse vivo.
—Ja, ja, ja, qué gracioso. Parece que estás sufriendo un ataque de asma.
«Lo que estoy sufriendo es un ataque agudo de polla entusiasmada. Toca más abajo y te lo demuestro».
Volvió a arrancar un vaivén nuevo que la llevó a una zona sensible de mis orejas.
«No, no, no, joder, ahí no».
Casi me corro del puto gusto; encima medio abrí un ojo y ahí estaban aquellas dos gloriosidades.
«¡Jesús!».
—¿Estás segura de que ahí debes lavarme? —gruñí sofocado.
—Tengo que lavarte en todas partes, te has puesto perdido.
«Te aseguro que perdido no estoy. Lleva la mano a mi erección y verás cómo alcanzas tu destino».
Debió notarme sofocado o recalculó mal la ruta, porque recibí un chorro de agua helada directo al cuello que bajó por el pecho hasta la cinturilla del pantalón.
Sin aviso, sin anestesia, sin ninguna sombra de accidente involuntario, a juzgar por su sonrisa.
Me levanté como un resorte.
—¡Hostia puta! ¡Eso ha sido un intento de asesinato!
—Ha sido una necesidad logística.
—¡¿Cuál era la necesidad de mojarme?!
—Te estabas viniendo arriba…
Murmuró sugerente, alzando la manguera para alcanzar un nuevo objetivo.
No parecía molesta, más bien divertida.
Lo dijo sin moverse, sosteniéndome la mirada con esa cara de quien no va a retractarse de nada. Y la tensión cambió sin avisar. Se volvió más sucia, más cachonda, más peligrosa.
Me acerqué a ella, que no dejaba de mandarme disparos desde el otro lado del lavacabezas, como si eso pudiese frenar mi avance.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Creo que no soy el único que se viene arriba y que tienes mucho calor…
Bastaba verle las mejillas y lo que había debajo de la camiseta mojada haciéndome ojitos.
Ella abrió y cerró la boca al entender dónde iban mis ojos.
Y, cuando se despistó, le arrebaté la alcachofa. Ya era mía.
Levantó la barbilla sorprendida.
—Ni se te ocurra.
—Lo dice la mujer que no dudó en cruzarme la cara con un bote de La Lechera el fin de semana.
—Era de Central Lechera Asturiana.
—Pues es mi turno, y ahora te toca pagar por tus pecados.
Alcé el mango y el chorro hizo una preciosa curvatura en el aire que fue directa a su cara y escote.
El grito tuvo que oírse hasta en Uzbekistán.
Lo que siguió no fue exactamente mi momento más contenido. Agua en todas direcciones, ella intentando recuperar la alcachofa, yo quitándosela, los dos resbalando el uno en el cuerpo del otro, el suelo encharcado.
Parecíamos estar en un concurso de camisetas mojadas, pero sin el concurso.
Ambos terminamos empapados de arriba abajo, con esa risa suya dándole banda sonora al ambiente. Yo estaba calado hasta los huesos y sin ningún tipo de arrepentimiento.
—¡Eres un cabrón!
—Y tú una incendiaria.
—Yo solo trataba de apagar el fuego. Mira cómo me has puesto…
—¿Y tú a mí?
Se quedó quieta. Porque la ropa mojada solo evidenciaba lo que había sido imposible de bajar.
Un segundo. Dos.
«¡A la mierda!».
Solté la manguera y la acorralé contra la pared.
Los dos goteando, respirando como si hubiéramos corrido algo que no era precisamente una carrera.
Su mano abierta sobre mi pecho, que notaba a través de la camiseta con una claridad que no dejaba lugar a interpretaciones de en qué punto estaba mi corazón.
Mis antebrazos en la pared, a ambos lados de ella.
La distancia entre los dos, medible en centímetros que podría haber cerrado sin esfuerzo y sin que ninguno de los dos lo hubiera impedido.
La miré.
Pupilas grandes. Respiración irregular. Labios entreabiertos y esa boca que yo ya conocía de antes, cuando la vida me sonreía y estaba cargada de ganas.
«A la puta mierda los once días».
«A la mierda el laboratorio, el diario, el viejo y todos sus veranos».
Me incliné. A nada. A un centímetro. Al momento exacto en que ya no hay vuelta atrás.
—¿¡Hay alguien en casa!?
Estiré el cuello.
—¡¿Brody?! ¡¿Vero?! —Harley, con ese volumen suyo de quien no ha encontrado el modo silencio en su vida—. ¡Ramiro acaba de traer un sobre de Gentech! ¡Creo que son los resultados!
Cerré los ojos.
Los mantuve cerrados tres segundos, contando despacio.
Me separé.
«Hostia puta».
Definitivamente tenía que ser mi hermana, porque, si no, no se entendía.
Vero cogió aire y lo soltó con la cara de quien acaban de sacar de la piscina a la fuerza. Le pasé la toalla del gancho sin decir nada. Ella la cogió en silencio. Cogí otra y me sequé el pelo con más energía de la necesaria.
—¿Dónde diablos estáis? —insistió Harley.
—Aquí.
Mi voz sonó áspera. Me supo a plomo.
Apareció en el umbral con el sobre en la mano y esa cara suya de inventario rápido, la que le había funcionado toda la vida para saber cuándo había pasado algo y nadie iba a contárselo voluntariamente.
Nos miró a los dos. Miró el suelo encharcado.
Miró la manguera todavía escupiendo agua sin cerrar.
— Acho , tío. ¿Se ha roto una tubería?
—Problema logístico —dijo Vero—. Ataque con barniz al pelo de tu hermano. Tuve que intervenir y la presión del agua se vino arriba —carraspeó.
India asomó detrás de él con los ojos muy abiertos.
—Ay, madre. Si parece una batalla de globos en la plaza.
—La manguera tiene una fuga muy bestia —añadió Vero—. Hemos tratado de sofocarla, pero ha sido imposible.
Harley bajó la mirada, no al mueble, sino a otro lugar centrado en mi pantalón.
—Sin lugar a dudas, la tiene.
No esperé. Pasé por su lado y le di un cogotazo. No fuerte. Lo suficiente.
—Dame eso.
Le quité el sobre. Lo sujeté un momento sin abrirlo, con la toalla al cuello y la camiseta pidiendo a gritos que la escurriera.
—Voy a volver a hacerme la prueba —alegué, marchándome sin girarme.
—¿Cómo que la prueba? —Mi hermana frunció el ceño en cuanto la alcancé.
—Que os lo cuente Vero, que yo tengo que cambiarme y abrir el taller.
Me largué dejándolos a los tres ahí dentro. No estaba de humor para más aclaraciones.
Lo que yo necesitaba era una máquina del tiempo. No para ir a ningún sitio concreto: para ir a once días después, cuando esto se resolviera de una manera u otra, o para ir a trece años atrás, cuando todo era más sencillo porque, al menos, entonces no sabía lo que sabía.
La tensión que tenía en el cuerpo tenía una única solución de pelo mojado que fingía doblar una toalla a dos metros de mí.
Como la segunda prueba no diera el resultado que esperaba, el parentesco iba a ser solo la primera hostia. Lo jodido iba a ser todo lo que ya había empezado a sentir antes de saberlo.