Capítulo 29
Cuando mi madre me dijo que la vida te da lo que necesitas justo cuando lo necesitas, yo pensé en cosas serias: un parking libre junto a las escaleras mecánicas del centro comercial en hora punta, un asiento en primera en vez de sobre el motor del avión o, en mis días de fe, un hombre decente que repartiera atenciones y buen sexo en Dolby Surround .
Lo que no imaginé fue que me iba a mandar a la otra punta de España. Y mucho menos a su diario.
Ni que ese diario iba a resultar ser el equivalente literario de abrir la puerta del cuarto de tus padres sin llamar y encontrarte algo que no puedes desver.
Brody lo dejó en mi cuarto el mismo lunes que lo encontramos. Sobre la almohada, cerrado, con una nota encima, escrita con esa letra suya apretada y un poco torcida de quien trabaja más con las manos que con los bolígrafos.
«No lo he dañado ni lo he leído. Espero que aquí dentro estén las respuestas a lo que buscas».
Sonreí al leerla. No porque fuera una nota de amor, sino porque ahí estaba concentrado, en ese par de líneas, lo que tanto necesitaba: la verdad de lo que sucedió aquel verano.
Ahora, tres días después, con varios pasajes grabados a fuego en una memoria que no me pidió consentimiento para retenerlos, podía decir con total claridad que mi madre era tres cosas que yo no había sabido ver en vida: una profesora extraordinaria, una mujer completamente libre cuando quiso serlo y, con todo el amor del mundo y el máximo respeto filial posible, una absoluta y total guarrindonga .
Mila tenía razón. Por mucho que hubiera preferido que no fuera así, era una auténtica visionaria.
Mamá se acostó con los tres.
No con uno ni con dos.
Con los tres.
Por orden cronológico de deseo uterino.
Sus escarceos amorosos me hicieron saltar párrafos enteros como quien cruza un charco enorme a la pata coja.
Si hubiera sido un libro de los míos, no me habría comido ni una coma.
¡Pero es que ahí estaba la Biblia en verso de Elena de Polla!
Que la de Troya le quedaba a mi madre como una pariente muy, muy lejana.
Se notaba que era profesora. En la minuciosidad. En la forma de construir una escena hasta que casi podías tocarla. Cerré el diario tres veces distintas y las tres lo volví a abrir, porque necesitaba saber y la curiosidad es una enfermedad crónica sin tratamiento.
Lo que quedaba meridianamente claro, una vez procesado el shock inicial, era esto: cuando se fue de Punta Salvaje, mamá no sabía que estaba embarazada, porque en esas páginas no había una mísera sospecha ni mención al asunto.
Se marchó con una decisión tomada y sin incertidumbre, y esa decisión era casarse con mi padre. Lo cual tenía su mérito, visto lo catado.
La mujer había tenido donde comparar y, si al final se quedó con él, es porque papá debía de tener algo que yo prefería no investigar con más detalle.
Total, que mi existencia entera dependía ahora de un tubito de saliva y de un laboratorio que, en teoría, iba a darme resultados al día siguiente.
Nada importante.
Lo normal de un jueves de principios de julio.
Estaba en la cocina dando vueltas como un trompo, porque, cuando los nervios me comen, no puedo quedarme quieta, y justo entonces sonó el móvil.
Número desconocido. Lo miré con sospecha.
Lo ignoré, creyendo que serían los de Iberdrola o cualquier compañía tratando de aportar algo de luz.
Volvió a sonar con esa insistencia de quien sabe que tienes el teléfono en la mano.
A veces dudaba de si podían vernos o no a través de la cámara.
—Dígame —respondí, con la lección aprendida de que, si dices «sí», estás jodida porque pueden usar tu voz para concederte tres hipotecas, cuatro préstamos personales y un pufo que haga que tu cuenta pase de números rojos a morados.
—Buenos días, llamo de Gentech. ¿Hablo con Verónica Francisca Sánchez?
Se me paró medio segundo el corazón.
—No, digo sí, pero no es Francisca, es Francisco.
—Está bien, Francisco. Verá, le llamamos por una incidencia con su muestra.
Siempre lo mismo con mi apellido, y ahora, con eso de la disforia de género, les daba igual la voz que tuviera…
¿Qué había dicho de la muestra?
Parpadeé.
—Tradúceme eso a idioma humano. No serás un bot , que hoy día no se sabe. Hay más agentes de la IA que de la CIA.
—No, no lo soy —continuó, un pelín molesta—. Ha habido una contaminación cruzada durante el proceso de extracción. Varias muestras, entre ellas la suya, quedaron comprometidas y no podemos garantizar la fiabilidad de los resultados.
El silencio que siguió fue el de alguien haciendo un esfuerzo sobrehumano por no soltar lo primero que le venía a la cabeza, que no era breve ni educado, mientras escuchaba el soliloquio de la operadora.
—O sea —empecé, con una paciencia que me estaba costando un riñón y medio—.
Para que me quede claro: me hice un hisopo que parecía diseñado para darme amigdalitis, lo metí en un tubito, lo mandé por correo certificado, estoy que me muerdo los muñones por saber el resultado…
¿y me están diciendo que alguien lo contaminó en el laboratorio y no pueden garantizarme que lo que salga esté bien?
—Sí. Lo lamento mucho.
—Me cago en los siete pilares que sostienen al inútil que metió la manaza donde no debía.
La operadora carraspeó.
—Entendemos su frustración, señor Francisco.
—No soy Francisco… Bueno, sí, pero soy Verónica antes y lo de señora no lo llevo bien, aunque no por lo que cree.
O sí. Da igual. —Ya me estaba yendo por los cerros de Úbeda—.
No puede entender mi frustración. Porque, si la entendiera, estaría gritando conmigo ahora mismo.
¿Con qué se contamina una extracción de ADN?
No me diga que fue porque a alguien se le cayó mi tubo por el retrete o porque no se limpió bien el ojete, porque, con esta noticia de mierda, es lo primero que se me viene a la cabeza.
—Es un proceso muy delicado, señora, señor Fran. —Esa mujer ya no sabía ni por dónde le daba el aire y yo no estaba mucho para aclarar—. Durante la manipulación de las muestras…
—¿Tienen guantes en ese laboratorio o van a mano limpia, como en el mercadillo? Porque igual ahora mismo soy medio prima de alguien en Cuenca y no me han avisado.
Una pausa incómoda.
—Le pedimos disculpas de nuevo. Ayer enviamos un nuevo kit sin coste adicional para que repita el proceso. Debería recibirlo entre hoy y mañana.
—Solo faltaría que encima me lo cobraran.
Ahí respiré.
«Tranquilízate, Vero. Está mal, pero se puede arreglar».
—Y si me llega entre hoy y mañana, teniendo en cuenta que el problema del vertido tóxico es culpa suya, ¿cuándo obtendré los resultados? ¿El lunes?
—Lo pondremos como preferente. Seguramente sí, será en lunes, pero el del 20 de julio, porque debo informarle de que la semana que viene el laboratorio cierra por vacaciones de verano…
Me detuve en medio de la cocina.
—¿Vacaciones? ¿Corrompen mi ADN y el laboratorio se va de vacaciones? Muy bonito…
—No podemos hacer nada al respecto. El período vacacional está establecido por convenio…
—Y por convenio también está establecido que me voy a cagar en los muertos de ese manazas… Como lo pille, le estrangulo los cromosomas —bufé.
Sabía que poniéndome así no iba a lograr nada, así que traté de relajarme y buscar buenas palabras donde no las tenía.
Me repetí el día y el mes que me dio la chica en voz alta para que mi sistema nervioso tuviera tiempo de procesarlo.
—Estamos a día 9. Son once días más.
—Vuelvo a pedirle perdón en nombre de la empresa. Los fallos humanos suceden, aunque no nos guste. Si lo prefiere, podemos devolverle el importe y que acuda a otra empresa…
Las había buscado. Las había comparado. No había ninguna más rápida: lo sabía porque me había pasado tres horas haciendo estudio de mercado.
—No —dije, con la resignación específica de quien acepta que el universo es un puñetero cabrón cargadito de humor negro—. Ya me las apañaré con el kit de repuesto.
Colgué.
Y volví a andar de un lado a otro, porque no había otra cosa que hacer con once días adicionales de incertidumbre pegada al cuerpo.
Once días más sin saber si el hombre que vivía en esa casa, me preparaba el desayuno y me bajó en brazos de una buhardilla era o no era mi hermano.
Once días más con Adrián al otro lado del Atlántico esperando una respuesta que yo no podía darle hasta no saber quién era exactamente.
Once días más conviviendo con todo eso y con él, que cada día se me metía un poco más debajo de la piel sin aparente esfuerzo ni conciencia del destrozo que estaba causando.
No lo oí entrar.
Lo noté, que es diferente.
Ese cambio en el aire de la cocina que llevaba días aprendiendo a identificar antes de que la cabeza le pusiera nombre.
Al parecer, Brody también se había aprendido mis gestos malhumorados, porque lo primero que salió por su boca fue:
—¿Qué ha pasado?
Y yo, en plena erupción volcánica, le conté lo del laboratorio en cuatro frases.
Él escuchó sin interrumpir, con ese fruncido de ceño suyo que era su versión del horror, y antes de que yo llegara a la parte de las vacaciones de convenio ya se había acercado y me había metido en un abrazo de oso sin dudar.
Mi cerebro, que es un organismo optimista, dijo: «Tranquila, es un abrazo de consuelo, nada que gestionar».
Mi cuerpo respondió con la serenidad de quien lleva semanas en tensión permanente y acaba de encontrar exactamente el sitio donde encajar: ninguna.
Cero serenidad.
Mi útero decidió montar una rave sin autorización previa.
Me acarició la espalda y su olor a madera, suavizante y sal me subió directo al cerebro, bajó por sitios menos presentables y dejó allí una nota de reclamación.
Esnifar a Brody era peor que cualquier droga.
«Esto debería estar regulado por Sanidad. Esto debería requerir una licencia. Hay hombres que no saben lo que hacen con las manos y el problema es que este no es uno de ellos».
Solo esperaba que el gemido que recorrió mi espina dorsal se hubiera quedado dentro.
—Se arreglará —murmuró ronco, cerca de mi oído.
Sí. En once días. O en otra vida. Lo que llegara antes.
Intenté escuchar el resto. De verdad que lo intenté. Pero estaba ocupada en exceso gestionando mi situación interna, que incluía pulso desbocado, temperatura corporal sospechosa y una lista creciente de pensamientos que no debería tener a mediodía, con la luz encendida y un novio en Houston.
Me separé.
—¿Cómo dices?
Si es que hasta me costaba hablar. Debía de tener las pupilas como una politoxicómana en los ochenta.
Sonrió. Esa comisura suya que se movía cuando creía que nadie miraba y que a mí me hacía el mismo efecto que la primera vez.
—Que tengas cuidado con mi pelo. Se me ha caído un bote de barniz y no quiero estropearte el tuyo a ti también. Y que diez días pasan rápido, ya lo verás.
Once. Pero no lo corregí, porque en ese momento lo miré de verdad y me olvidé de la aritmética.
El pelo.
Tenía el pelo recogido en su moño de siempre y hecho un desastre de proporciones artísticas. Marrón oscuro, reseco en algunas zonas, con mechones pegados en ángulos imposibles, una escultura de vanguardia que nadie había encargado.
—Eso hay que lavarlo con urgencia antes de que tengas que pasar por una esquilada de emergencia —dije.
—Intenté darme un poco de disolvente, pero no veo bien la parte de atrás. A ver si luego, en la ducha…
—No vas a poder solo.
Hubo un silencio brevísimo. El tipo de silencio que tiene temperatura ovárica alta.
—¿Eso es un ofrecimiento? —La voz le salió más rasposa de lo habitual, de esas que bajan directas al problema sin pasar por la cabeza.
«Sí, es un ofrecimiento de una naturaleza muy concreta que no voy a verbalizar porque puedo ser tu hermana y una enferma mental por desearte de esta manera. Aunque en once días resulte que no lo sea y entonces… Que Dios te ayude».
Me aclaré la garganta y algunos pensamientos impuros.
—Tu madre tenía una peluquería, ¿no?
—Sí, pero ninguno de los tres tenemos talento para eso.
—Iba por otro lado… Me dijiste que no la desmontasteis, y lo que me interesa saber es: ¿tenéis lavacabezas en funcionamiento?
Se rascó la barba con cuidado.
—Hace mucho que no se usa, aunque debería funcionar.
—Pues vamos a comprobarlo. Comemos rápido y me pongo manos a la obra .
—No tengo nada preparado.
—Yo sí.
Arqueó las cejas.
—He hecho un rancho canario. No soy muy buena cocinera en general, pero eso sí me sale. Era el plato favorito de mi madre, así que me harté a perfeccionarlo. Como siempre cocinas tú, quería devolvértelo de alguna manera y esta mañana necesitaba tener las manos ocupadas en algo.
Me miró un momento. De esa forma suya cuando decide que las cosas valen la pena: quieto, directo, sin prisa.
—No hacía falta.
—Te juro que no voy a envenenarte. ¿Lo rechazas?
—Ni muerto.
—Eso pensaba.
Serví los platos, me senté enfrente y devoré con la concentración de alguien que ha decidido que la actividad doméstica es un extintor cojonudo para ciertos tipos de incendio.
El problema era que el lavacabezas de la peluquería iba a requerir que le pusiera las manos en el pelo y no sabía si eso era la mejor idea que había tenido o la confirmación oficial de que se me había ido la pinza del todo.