Capítulo 28
El Bar Baridad había decidido convertirse en un puto espectáculo.
Mi madre, que entendía de estas cosas más de lo que parecía, me dijo una vez que los negocios que de verdad funcionan lo hacen gracias a algo que no puedes comprar ni planificar ni poner en una carta. Que el truco no estaba en la receta ni en la decoración.
Tenía razón, como siempre.
Aunque ella probablemente se refería a algo un poco menos… vasco y puede que con menor cantidad de abdominales.
Porque aquello no era turismo. Aquello tenía nombre y apellido. Y six pack esculpido para lamer, para qué engañarnos. Tanto podía estar sentado en el borde de una fogata, con una guitarra, como surfeando una ola temeraria o recogiendo vasos con destreza infinita. A este chico se le daba todo bien.
A diferencia de la primera semana, el local ya no era un sitio medio escondido al final del pueblo donde ibas a tomar algo y a ver el atardecer. Cuando hoy abrimos, se había formado una pequeña cola en la puerta. ¡Una cola de verdad! Y eso sí era raro de narices.
En el poco tiempo que llevaba había aprendido que rara vez aquí se hacía cola: la gente se conocía, se colaba con gracia o directamente entraba diciendo «solo es una cerveza» y acababa cenando.
Así que no, no era normal.
Desde la cocina llegó un gruñido. No una queja, no una frase. Un gruñido puro, de los que salen del alma de alguien que lleva dos horas friendo sin parar y está reconsiderando en qué mal momento decidió quedarse con el bar.
—¿Quieres que te traiga un saco de boxeo o te vale con seguir maltratando patatas? —le canté.
—Cállate y pasa esas bravas a la dieciséis —contestó sin asomar la cabeza.
Sonreí y pasé las bravas.
Dos mesas en menos de una hora habían preguntado si Iker venía esta noche. No en plan «¿por qué has vuelto?». En plan «¿está hoy el surfista de la guitarra que te sustituía?». Me apoyé en la barra con esa sonrisa de quien lleva días sabiendo cómo va a acabar la jugada.
—Te lo dije, ya van dos mesas y cinco comentarios en la barra, extrañan al vasco.
Harley apareció por fin, con el delantal salpicado de aceite y cara de «voy a matarte con una espátula como no te calles».
—No voy a contratarlo, por mucho que actualices el marcador con las veces que han preguntado por él.
Negacionismo clásico del manual del perdedor.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Ese argumento me lo voy a tatuar en el antebrazo. Con tipografía bonita, cuando estés arruinado, como recordatorio de lo que podría haber sido y nunca fue por tu mal criterio, te lo enseñaré.
Me crucé de brazos.
—Voy justo, Vero, apenas puedo pagarte a ti, como para pillar a otro.
Miré el bar. Luego lo miré a él. Luego volví a mirar el bar.
—¿Pero tú has visto cómo se ha puesto esto? Le necesitas a él mucho más que a mí. Además, es un tiarrón del norte y esos llevan en la sangre una cuarta parte de Arguiñano, ¿o no has visto 7 apellidos vascos ?
—El prota era de Sevilla.
—Pero hacía muy bien el papel y, aunque me cueste admitirlo, lo necesitas.
—No voy a despedirte.
—Te ahorro el mal trago y lo hago yo.
—No dramatices.
—No dramatizo, es optimización del departamento de recursos humanos .
—Vero…
Y, como si lo hubiéramos invocado, la puerta se abrió.
Iker.
Entrando con el pelo todavía húmedo, la camiseta de tirantes que mostraba más de lo que cubría y esa forma suya de andar que cortaba la respiración con solo mirarlo.
Su expresión facial, traducida al idioma que yo manejo, significaba aproximadamente un: «porque yo lo valgo, de L’Oréal».
«Bien. Muy bien».
El hombre estaba de vicio. De las Ruffles de jamón serrano que empiezas sin hambre y no puedes parar hasta acabarte el paquete. De repetir.
Era una observación completamente objetiva, no condicionada en absoluto por el hecho de que en algún rincón de mi cabeza hubiera un carpintero con serrín en las manos que tenía bastante ocupada mi zona de reclamaciones.
Ni por el hecho de que Iker fuera gay, lo cual era un dato, no un juicio, y yo lo había aceptado con la serenidad de quien renuncia a un último trozo de tarta porque sabe que no le entra.
Simplemente era un hecho objetivo del universo, como la gravedad: el chico estaba para hundir la cuchara y repetir.
Miré a Harley de reojo.
Harley miraba a Iker con la cara de no estar mirando a nadie. Salvo que a él sí le cabía la tarta.
—Si es que es una puta mina lista para ser explotada. El chico de oro viene directo a ti, deseando que le saques todo el material.
—No quiero explotar a nadie —rezongó.
—Me la suda. Si no lo haces tú, lo haré yo. Renuncio, esta es mi última noche aquí. Búscate a otro camarero para mañana —lo dije lo bastante alto para que Iker, que solo estaba a un metro, me oyera.
—¿Te vas? —pronunció sorprendido, alcanzando la barra.
«Bingo, ha picado el anzuelo. En otra vida debí dedicarme al bonito del norte».
—No se va a ninguna parte —refunfuñó Harley.
—Sí lo haré si no contratas a un segundo camarero.
—Iker parecía en mitad de un Rafa Nadal contra Federer—.
A ver si tú eres capaz de hacer entrar a tu jefe en razón.
Necesitamos refuerzos en el bar o a alguien más productivo que yo, que todavía me cuesta saber dónde está el Nestea de fruta del dragón —solté con retintín oteando de soslayo a Harley.
—De ese no tenemos, pero el de maracuyá, segunda nevera a su izquierda —aclaró cabeceando al jefe.
—¡Lo ves! Alguien como Iker es a quien necesitas —entonces centré toda mi atención en el surfista—. Nuestro querido jefe no tiene dinero suficiente como para pagar mano de obra extra, así que he decidido sacrificarme por alguien más competente.
—¿Quieres irte?
—Es por el bien común, algo me saldrá.
—No te saldrá nada porque no te dejo renunciar.
Harley estaba cada vez más ofuscado.
—Estoy de acuerdo, —se sumó Iker—. No deberías irte. Yo acepto currar gratis con la condición de que no renuncies. A mí me basta con poder cenar aquí y beberme un par de cervezas sin alcohol durante el servicio.
Parpadeé fuerte. Muy fuerte. Ojalá todas las cosas fueran igual de fáciles.
Iker sostuvo la mirada de Harley, con la tranquilidad de alguien que ha tomado la decisión antes de entrar por la puerta y solo estaba esperando el momento adecuado para decirlo.
Yo sonreí.
Nuestro jefe, en cambio, parecía a punto de atragantarse con su propia vida.
—¿Qué? No… Yo… No puedo…
—¡Genial! —Di una palmada sobre la barra antes de que encontrara las palabras—. Esa mesa de ahí ha preguntado por ti. Pero nada de invitar: si invitas, pagas tú, que no está la caja como para ir de caritativos.
—Entendido, guapa.
El muy descarado me guiñó un ojo, se hizo con la bandeja y fue hacia el lugar que le había indicado, dándole vueltas sobre el dedo. Ni los Globetrotters hacían girar así el balón.
—Acho, acho, acho… ¡Espera! —gritó Harley por encima de la música— ¡No! Tú no puedes…
Demasiado tarde. Iker ya estaba en la mesa, diciendo algo que hizo que las dos chicas se rieran como si acabaran de descubrir la felicidad. En cierto modo, así era.
Harley se giró hacia mí.
—¿Pero a ti qué te pasa?
—¿A mí? Yo no soy la que tiene problemas para dejar de mirarle el culo al nuevo camarero ni tampoco tengo tan poco cerebro como para negarle que curre gratis en este garito. ¡Despierta! ¡Te lo ha puesto blanco y en botella!
—¡Pero yo no quiero su leche!
Estaba al borde de la carcajada.
—¡Y una mierda! Si pudieras, lo ordeñarías a diario para bebértelo en crudo y a morro. La cosa es que no sé por qué no quieres, porque, por lo que puedo ver, él está deseando vaciarte su botella.
La cara de Harley Pache era un poema completo, que incluía notas al pie y créditos extra.
—No puedo creer que acabes de decir eso.
—Demasiados audiolibros de orcos. Mi cerebro ya no procesa. —Me encogí de hombros—. En fin, da igual. Lo necesitamos y seguro que puede hacerse un sueldo decente con las propinas. Tengo muchas cosas en mente para que pueda ganarlas.
—Con lo poco apropiada que eres, miedo me da lo que pienses.
—Haces bien en temerme. —Le di un golpecito en el hombro—. Aunque yo de ti no me preocuparía, ese chico ha nacido para destacar, yo solo voy a hacer que brille. Vamos a levantar el bar.
Hice una pausa.
—Y, de paso, igual él te levanta a ti algo más.
Abrió la boca. Señaló el aire entre los dos con el dedo, no encontró nada lo suficientemente devastador que decir, así que dio media vuelta y desapareció hacia la cocina refunfuñando en algún tipo de arameo.
Tres segundos después, Iker volvió a la barra con la bandeja vacía y el papel de lo que querían en la mano, que incluía varias raciones y una jarra de sangría. El muy truhan sonreía. No mucho, a lo Gioconda, lo justo.
—¿Te canto el pedido?
—Mejor dejamos el cante para cuando te consiga una guitarra y te subas al escenario —cabeceé.
—En mi cuarto tengo una.
«¡Gracias, Dios mío!». Ese chico era puro milagro.
—¿Y tocarías? No lo digo en broma, el jefe necesita ayuda y no va a pedirla ni aunque se la estampes de cerca.
Él miró hacia la puerta de la cocina y asintió.
—Yo me ocupo. Voy a por más gente que se deje la pasta. Tú prepara las bebidas.
—¡Esa es la actitud, chaval!
Respiré hondo y miré el bar: lleno, ruidoso, vivo. Exactamente como tenía que estar.
Harley friendo en la cocina, cabreado con el universo y con sus propias hormonas. Iker, moviéndose entre las mesas sabiendo perfectamente lo que hacía. Ya estaba comportándose como si llevara toda la vida aquí.
«Aquí no hemos venido a sobrevivir», pensé.
«Hemos venido a convertirnos en leyenda y a liarla».