Capítulo 27
Mi aita decía que el mar siempre cobra lo que le debes. Que podías meterte donde quisieras, nadar todo lo que aguantaran los pulmones, dejarte llevar hasta donde no llegara el ojo desde la orilla, pero que el mar, a su tiempo, pasaba factura.
Llevaba veinte años en el agua y nunca le había dado la razón.
Hasta ahora me había costado bastante.
El Atlántico a las seis de la tarde tenía ese sabor salado que se te mete en la boca aunque no quieras, el sol cayendo en diagonal sobre la superficie y rompiéndose en mil reflejos que te obligan a entrecerrar los ojos.
Sentado sobre la tabla, con las piernas colgando y el vaivén empujándome suave, tenía una vista perfecta de la playa, del pueblo, el faro y del Bar Baridad, que aún no había abierto.
Y de la nada que había hecho en todo el día para no pensar en lo que había pasado anoche.
Harley fue a la fiesta.
Llegó con ese polo calado que le fruncía el ceño solo de llevarlo puesto, con cara de hombre al que han obligado a asistir a algo y todavía está valorando si fue un error.
Y yo lo vi desde el otro lado de la hoguera en cuanto apareció entre la gente, porque para eso no necesitaba buscarlo: mi atención ya había desarrollado la manía de encontrarlo sola, sin ningún tipo de ayuda.
No me acerqué. No lo llamé. No le hice ninguna señal.
Lo vi y me bastó.
No cruzamos una sola palabra en toda la fiesta.
Ni una. Sin embargo, estuve más consciente de dónde estaba él que de todo lo demás junto: quién le hablaba, cuándo se reía, el momento exacto en que Analí lo empujó hacia los troncos alrededor del fuego y él se sentó con esa postura suya de hombre que aguanta sin quejarse.
Se movía entre la gente como si el sitio fuera suyo aunque no lo fuera.
Cuando alguien me puso la guitarra en las manos y empezaron los aplausos y los «venga, una», dije que no dos veces. A la tercera me rendí.
Tuve medio segundo para decidir qué hacer.
Podía tocar algo neutral, sin aristas, algo que gustara a todo el mundo y no dijera nada de nadie. Se me daba bien eso. Llevaba años haciéndolo.
Lo miré.
Me miró.
Y supe de inmediato que iba a improvisar en euskera.
En castellano, las palabras se habrían quedado flotando para que cualquiera las recogiera y las interpretara. En mi lengua natal nadie entendería una mierda. Solo yo sabía lo que estaba diciendo. Solo yo sabía a quién iba dirigido.
La voz me salió más grave de lo habitual, más limpia, más rasgada. No era para impresionar a nadie. Era para no ahogarme con lo que llevaba dentro y con lo que pesaba.
«No eres la ola más grande ni la más peligrosa, pero eso que nadie ve es justo lo que me ha atrapado».
Sostuve su mirada durante toda la canción.
No de reojo. Sin disimulo, directa, intensa.
Con el fuego entre los dos y la guitarra dándome algo que hacer con las manos para no delatar que mi sangre iba a la carrera.
Harley no apartó los ojos. Aguantó estoico, quieto, con esa forma suya de quedarse en un sitio como si tuviera todo el tiempo del mundo, que era exactamente lo contrario de lo que me producía a mí.
«Contigo no tengo que ser nadie. No tengo que demostrar nada. Y eso es la libertad».
Terminé y empezaron los aplausos. Devolví la guitarra como si quemara.
Los dos chicos del circuito con los que había estado charlando antes se empeñaron en invitarme a una cerveza porque querían hablar de una competición en septiembre en la costa portuguesa.
Lo típico: si estaría disponible, si tenía agente, si había leído las bases.
Les dije que sí a la cerveza para quitármelos de encima cuanto antes.
Al volver, Harley no estaba en los troncos.
Busqué en la barra de bebidas. En la zona de los puestos. Por los bordes de la explanada.
Nada. Me jodió más de lo que me gustaría reconocer .
Se había marchado y el fuego seguía igual de grande y el ruido igual de alto, y a mí se me fue el calor, como cuando sales del agua en invierno y el viento te cobra los primeros dos grados en décimas de segundo.
Esta mañana, en el campamento, lo busqué.
No con cartel. No de forma obvia. Pero lo busqué, y lo encontré revisando el inventario de material de playa con esa concentración de hombre que usa el trabajo para no levantar la vista. Le dije buenos días. Me respondió. Le pregunté si podíamos hablar un momento.
—Tengo faena. —No apartó los ojos de los papeles—. Si es urgente, ya te busco yo.
Voz normal. Cara de siempre.
Mentira.
No era la cara de siempre. Era la cara de alguien que ha decidido no tener ninguna cara, que es bastante más trabajo que simplemente tenerla.
Me planteé poner las manos sobre lo que fuera que estuviera haciendo, obligarlo a mirarme y preguntarle por qué se largó sin hablarme, si no sintió una mierda con mi canción.
No lo hice. No insistí. Nunca me ha hecho falta insistirle a nadie.
Eso era exactamente lo que llevaba dándome vueltas en la cabeza desde que entré al agua: que, con cualquier otra persona en cualquier otro sitio de mi vida, yo no esperaba, no buscaba, no contaba cuánto tardaba en responder alguien.
La gente llegaba sola. Era un hecho sin mérito, como una tabla que flota: simplemente ocurría.
Con Harley no.
Con él era yo quien miraba desde el otro lado del fuego. El que se quedaba con la guitarra en la mano buscando el modo de decir algo que no pudiera traducirse. El que esta mañana había salido del campamento con peor humor del habitual y no había sido capaz de explicarse por qué.
No entendía qué tenía ese hombre. Ni por qué cojones me importaba más de la cuenta.
Entonces llegó la ola.
Sin aviso, como llegan las que valen. No era de las grandes, no era de las que gritas desde la orilla ni de las que aparecen en vídeos de circuito.
Era compacta, limpia, con una pared justa para trabajar y sin excesos.
De las que no llaman la atención. De las que solo ves si llevas tiempo mirando el agua con suficiente calma como para distinguir lo que se mueve debajo de lo que solo parece que se mueve.
Me puse en pie sobre la tabla sin pensarlo: rodillas ligeramente dobladas, el peso bien repartido, los brazos abiertos lo justo.
La ola empujó desde abajo con esa energía precisa de las que no necesitan demostrar nada para sostenerte, y yo me dejé llevar sin forzarla, sin intentar sacarle más de lo que daba.
Las olas no se conquistan. Se surfean. Quizá con él tocaba hacer exactamente eso.
Llegué a la orilla con los pies en la arena húmeda y la espuma cubriéndome los tobillos. El sol pegaba de costado y el agua se retiraba por debajo de la tabla.
Si quería saber qué tenía Harley Pache que lo hacía distinto, iba a tener que aprender a surfear su ola. Sin forzarla. Sin saltarme el proceso. Sin llegar a la orilla antes de tiempo.
Y, si quería eso, iba a tener que meterme al agua.
Puse rumbo al apartamento. Iba a volver al Bar Baridad, le gustara a mi jefe o no. Tuviera la camarera repuesta o no. Estuviera ocupado, de mal humor o empeñado en hacerme creer que tenía faena urgente un lunes por la tarde-noche.
Volvía. Y esta vez no iba a dejar que nadie me sacara de allí antes de que me diera la gana.