Capítulo 26 #2
—¿Habéis encontrado algo? —preguntó, todavía con voz de recién despertado, yendo directo hacia la cafetera como si su vida dependiera de ella.
India arrugó la nariz.
—¿Además de miles de cadáveres de ácaros? Sí, muchas cosas, pero ninguna que aclare lo suficiente. ¿Sabes que los rusos mandaron una perra a la luna?
Harley abrió un armario, sacó una taza y bostezó.
—Qué cabrones, podría haber sido un pájaro.
—Harley los odia —dijo India a modo de aclaración antes de ponerse en pie, agarrar el walkman y dirigirse a él—. Mira esto y escúchala, la letra es vomitiva, el perro muere.
Le encajó un casco en el oído, retrocedió un poco, como le enseñé, y le dio al play .
—¡Hostia!
—¿A que sí? Espero que los encerraran a todos.
Lo cogió con una mezcla de sueño y nostalgia.
—Pensaba que eso estaba perdido. Mi madre lo usaba para poner cintas cuando limpiaba la peluquería.
—¿Mamá escuchaba canciones sobre asesinos perrunos?
—Ahora oís canciones sobre mamis que mueven el culo… Hay días que me sangran los oídos.
India le quitó el casco refunfuñando y Harley le dio un sorbo al café.
Se acercó a nosotras, se puso de cuclillas y cogió una caja de las descartadas, porque no habíamos encontrado nada en su interior y pesaba. Quizá había sido un joyero. Era de madera oscura, con una tapa labrada. Tenía ese aspecto de objeto que en una película siempre trae problemas.
—Qué mal rollo —murmuró—. Parece una de esas cajas que abres y te escupe una muñeca de vudú con ganas de arruinarte la semana. ¿Esto era de mamá?
India levantó la cabeza curiosa.
—Si no lo sabes tú.
Harley la agitó con energía. La caja resbaló entre los dos y cayó al suelo con un golpe seco.
La tapa saltó.
Hubo un chasquido metálico y, ante nuestras narices, algo se liberó dentro, como si se hubiera accionado un resorte que llevaba años esperando ese momento.
Los tres nos quedamos detuvimos.
—¿Qué ha sido eso? ¿La has roto? —preguntó India, alargando el brazo.
—Se me ha resbalado sin mala intención.
—Eso dilo en el juicio.
Cuando la levantó, nos dimos cuenta de por qué pesaba.
En el interior había un montón de papeles doblados, un pañuelo azul y un cuaderno pequeño, forrado en tela descolorida, con un cierre metálico de los que llevan candado.
Ninguna llave.
India fue la primera en hablar, esta vez bastante más bajito.
—Parece un diario. ¿Quién lo escondería ahí?
No respondí. Alargué la mano y, en cuanto lo toqué, sentí cómo se me disparaba el pulso.
Porque reconocí aquella letra incluso antes de leerla bien en una plaquita que llevaba.
La forma de la E. La curva familiar. Esa manera de escribir que yo había visto en listas de la compra, felicitaciones de cumpleaños, notas en la nevera y recetas que todavía olían a ella aunque el papel estuviera limpio.
Era la inicial de mamá y la de sus apellidos.
Tragué saliva.
—Era de mi madre.
La voz apenas me salió.
Harley dejó la taza en una mesa baja.
—¿Estás segura? Parece un diario…
Los tres nos fijamos en la cerradura diminuta, antigua, delicada. No de esas que impiden a alguien abrirlo si de verdad quiere, pero sí de las que dicen: esto era privado.
Lo peor era que la llave no estaba.
Durante unos minutos buscamos en silencio. Dentro de la caja, debajo de los papeles, entre las cintas, dentro de una lata metálica llena de botones, en los pliegues del pañuelo azul, en un sobre vacío con flores dibujadas en una esquina.
Nada.
India resopló.
—Esto podemos reventarlo con un cuchillo.
Apreté el cuaderno contra las manos.
—No quiero dañarlo.
—Mejor se lo damos a Brody y que lo abra con una de sus herramientas, que es supercuidadoso —dijo Harley, aunque ya estaba mirando el reloj—. Mierda, es tardísimo. Tengo que ir al bar.
Levanté la cabeza.
—Y yo.
—Si necesitas quedarte para leerlo…
El ofrecimiento me golpeó en una parte blanda.
Porque sí, necesitaba quedarme. Necesitaba abrirlo ya.
Necesitaba saber si dentro estaba mi madre antes de ser mi madre.
Antes de mi padre. Antes de mí. Antes de la enfermedad, de las rutinas, de la vida correcta y de todos los silencios que ahora me estaban mordiendo. Y, sobre todo, si estaba la verdad.
Pero también era consciente de que llevaba días viviendo de favores, camas prestadas, trabajos improvisados y verdades a medio abrir. No podía dejar a Harley en la estacada.
La verdad podría esperar unas horas más.
—Puedo leerlo después —dije—. Ya he faltado suficiente, jefe.
Harley dudó, todavía con el ceño fruncido entre el bar, el diario y mis nervios.
India lo resolvió por nosotros .
—Venga, cambiaos, que yo me ocupo de recoger y de que Brody te lo abra sin cargárselo.
Miré el cuaderno: cerrado, mudo, a un suspiro de decirme algo que podía cambiarlo todo.
Y, aun así, tuve que levantarme.
Porque hay días en los que la vida no te da las respuestas. Solo te las pone delante, te acaricia la cara con ellas y luego te dice: ahora no, guapa.
Subí las escaleras y, mientras lo hacía, no pensé en mil maneras de morir golpeada por un peldaño.
Sino en que me alegraba de haber traído parches de cafeína para los ojos en la maleta, porque esta noche no iba a pegar ojo.