Capítulo 26
Había tanto polvo en aquellas cajas como para reconstruir un ecosistema completo y ponerle nombre científico.
No una capita de esas que quitas con un plumero y te hacen sentir una adulta funcional. No. Aquello era una cosa antigua, compacta y con posible catalogación de fósil. De ese polvo que no se limpia: se negocia con él, se le pide permiso y, si está de buen humor, te deja respirar.
India y yo llevábamos un buen rato trasteando, estornudando como posesas y maldiciendo cada cinco minutos la existencia de los ácaros, de los trasteros y de la gente que guardaba una vida entera en cajas de cartón sin etiquetar, como si fueran pruebas comprometedoras de un crimen.
—Si encontramos algo, creo que nos lo convalidan con primero de Arqueología —murmuré, apartándome un mechón de pelo pegado a la frente con el dorso de la mano.
—Literal —dijo India, con la voz tomada, metiendo medio cuerpo dentro de una caja—. Qué asco, en serio. Esto no es polvo, son capas de cadáveres.
Me reí y estornudé tres veces seguidas tan fuerte que se me salió un «joder» con eco. Mejor eso que un moco.
Ella levantó un dedo sin mirarme.
—Salud.
—Gracias, mi niña. Si lo sé, pillo mascarillas en la farmacia.
—Quita, quita, que ya tuve bastante con la covid.
Llevábamos dos horas así. Abriendo cajas, sacando cosas, tosiendo, limpiándonos las manos en los vaqueros y comentando hallazgos como si estuviéramos grabando un documental cutre sobre una civilización desaparecida.
Solo que aquella civilización desaparecida eran los noventa.
—Vale, espera, espera, espera —dijo India de repente, sacando algo rojo de una caja verde—. ¿Qué es esto?
Levantó el objeto como si acabara de desenterrar una reliquia alienígena. Era un walkman . Rojo, rectangular, con los cascos enredados alrededor como unas tripas tecnológicas.
Se me escapó una carcajada. No porque yo hubiera sido de ir por la calle con uno de esos, que tampoco era tan jurásica, gracias, sino porque mi madre tenía uno casi igual guardado en un cajón de casa.
De pequeña lo abrí más de una vez convencida de que dentro iba a encontrar algún secreto maravilloso y solo encontré una cinta de Laura Pausini que sonaba como si estuviera cantando desde el fondo de una cueva.
—No me lo puedo creer.
—¿Qué? ¿Qué es?
—Un walkman .
India parpadeó.
—¿Un hombre que camina?
Reí por la traducción literal.
—Servía para escuchar música.
—¿Cómo? —Lo agitó un poco y, al ver los cascos, intuyó que iban en las orejas—. Me parece que le falta batería. No suena. ¿Hay que enchufarlo? ¿Dónde está el cable? —Miró al interior de la caja como si fuera a aparecer un cargador.
—No iba enchufado. Iba con pilas. Y necesitabas una cinta.
—¿De pelo?
—No. De casete.
La cara que puso fue para enmarcarla.
—Cada palabra que dices lo empeora.
Volví a reír. Busqué entre la misma caja y saqué una funda de plástico transparente llena de casetes. Algunas tenían carátula original y otras estaban escritas a mano, con rotulador azul y letra inclinada.
—Estas.
India cogió una con dos dedos, como si pudiera contagiarle algo.
—¿Y esto se metía dónde?
—Aquí. —Abrí la tapa del walkman y le enseñé el hueco—. Metías la cinta, cerrabas, le dabas al play y sonaba.
—¡Ostras! ¿Sin internet?
—Sin internet ni anuncios de Spotify.
— OMG . ¿Y si querías cambiar de canción?
Tiré de memoria porque el que teníamos en casa lo rompí yo de tanto usarlo.
—Pulsabas ahí y rebobinabas.
—¿Qué es rebobinar?
Puede que esa palabra tuviera cero sentido en la generación de India.
—La cinta, donde va la música en esta tira… —Le mostré—, iba hacia atrás. Mi madre me contó que también lo hacían con un boli, metiéndolo en esos agujeros y dándole vueltas.
—¡Tú juras! No puede ser verdad. Eso es distopía.
—Eso era lo que había.
India me miró con ese espanto sagrado con el que los adolescentes miran cualquier cosa que implique sufrimiento no digital.
—O sea, ¿la gente iba por la calle con esto encima?
—Sí.
—¿Y no les daba vergüenza?
—Estaba de moda, igual que ahora los chicos van con el flequillo que parece un tobogán.
— Cringe máximo.
Le di un codazo suave.
—Respeta a tus antepasados tecnológicos.
—Necesito ver cómo funciona. Voy a por pilas. ¿De las pequeñas o eran de otro tipo?
Abrí la tapa y miré.
—De las pequeñas, pero no de mando; las otras, un poco más grandes.
Ella asintió y se fue.
Empecé a revisar las cintas. Había una de Mecano, otra de Alejandro Sanz, una de Héroes del Silencio y varias grabadas en casa. En una ponía: Verano 95. En otra: Para Elena. NO GRABAR ENCIMA. La letra no era la de mi madre, pero verla allí me hizo algo raro en el pecho.
—Ay, por favor… —Me eché una mano al corazón—. Esto sí que duele bonito.
Alguien le había grabado una cinta a mi madre. ¿Quién sería? ¿Qué canciones contendría?
India llegó a la carrera, dispuesta a ver cómo podía sonar un casette .
Me guardé la de Para Elena, para que no se estropeara y escucharla después.
A ella le puse una de Mecano.
Le ofrecí los cascos y pulsé el play , contemplando sus ojos de asombro al escuchar «Laika». Vi cómo su cara iba mutando hasta el horror.
—¡Dios mío, menudos sociópatas! Que pusieron un perro en una nave y lo mandaron a la luna, ¿pero qué tipo de gente quería escuchar algo así?
—Bueno, ese tema está basado en una historia real.
—Pues no me gusta.
—Muchos dirían lo mismo de Maluma, pero aquí seguimos.
Salió un Tamagotchi muerto, una riñonera fosforita, unas hombreras que parecían pensadas para derribar puertas, varias pulseras de hilo, una colección de pegatinas brillantes con muñecos de «Toi sobao», «Toi hundío», «Toi feliz»…
Una postal de Punta Salvaje que, al parecer, nunca se llegó a enviar, con una frase escrita detrás, y un boli de cuatro colores que hizo que casi se me saltaran las lágrimas porque también iba dirigido a mi madre…
No era por lo que decía, que en realidad era un simple:
«Te echamos de menos, esperamos que estés bien, aquí todo está un poco más vacío sin ti».
Y estaba firmado con un corazón y tres iniciales.
Pasé el dedo por encima, como si eso pudiera hacer que se revelaran los nombres y, con ello, el de mi verdadero padre.
¿Quién sería?
—¿Algo importante? —se interesó India.
—Quizá, aunque poco aclaratorio.
Se la enseñé y la aparté hacia el rincón vacío de posibles pistas.
Ella sacó una caja de galletas oxidada. Y ahí cambió un poco el aire.
Había imágenes de la madre de Harley e India de joven, con el pelo alborotado por el viento y una sonrisa de mujer que todavía no sabía cuántas cosas iba a tener que sostener. Apareció ella embarazada, con la tripa dibujada. Otra en la que su marido la miraba con las manos puestas en ella.
Era muy guapo y tenía los ojos claros, no sé si azules, pero sí claros.
Sentí otro vuelco en el pecho.
— Uala … Mira, es Brody. ¡Qué pe queño!
—Tu hermano no pudo nacer montaña, eso no sale de ningún útero —comenté antes de verla.
La imagen me encogió por dentro. India tenía razón.
Había un niño con un flequillo criminal y una expresión algo seria que parecía casi tan perdido como debió de estar Brody tras la llamada del accidente.
Me llenó de ternura y me dieron ganas de abrazarlo fuerte para contarle en qué hombre tan impresionante se convertiría.
India interrumpió mis pensamientos con más fotos. De Harley de bebé, de su padre, su madre y sus hermanos en la playa… Había un montón de instantáneas de veranos, fiestas, mesas llenas de gente, farolillos, tablas, paellas, abrazos, risas.
También había fotos más antiguas. De aquellas que tenían los colores un poco lavados y las esquinas redondeadas. Gente joven en bañador. Una hoguera. Chicos con el torso desnudo. Una mujer de espaldas con un pañuelo en el pelo.
Se me apretó el estómago.
No sabía si era mi madre. Y, precisamente por eso, me tembló algo por dentro.
India, que no era tonta, me miró de reojo.
—¿Te suena? ¿Es tu madre?
—No estoy segura. Lo parece.
Cogí la foto con cuidado. La mujer estaba girada hacia alguien fuera del encuadre. Solo se veía media sonrisa, el hombro, el pelo recogido de cualquier manera. Podría haber sido Elena. Podría no haberlo sido. A esas alturas, cualquier sombra con forma de pasado me parecía una pista.
—Ojalá seas mi hermana —soltó India de pronto.
Me pilló tan a traición que primero me reí y luego noté un pellizco tonto en el pecho.
—Eso lo dices porque todavía no has convivido conmigo lo suficiente.
—Lo digo porque molaría muchísimo que fuéramos familia. Crecer con Brody y Harley ha estado bien, pero…
—Has echado de menos tener cerca a una mujer —asentí.
—Aunque, siendo sincera, te prefiero de novia de Brody.
Me atraganté con mi propia saliva y sentí los ojos saliéndoseme de las cuencas.
—¿Analí? —Esa era la mejor amiga de Harley, me la presentaron anoche. Era muy guapa, de esas mujeres que te quedas mirando quieras o no.
India sacó otra caja de fotos y se sentó sobre los talones.
—Sí. A ella siempre le ha gustado Brody. Yo creo que se hizo amiga de Harley porque así tenía excusa para venir por casa. Aunque mi hermano nunca le ha hecho mucho caso. Me parece que se liaron una vez, pero nada serio.
—Ajá.
Me imaginé clavando la foto de Analí en una pared para lanzarle puñales.
Muy maduro por mi parte, sí. Una respuesta adulta, serena y nada posesiva. Lo próximo sería marcar territorio meando una esquina del taller.
—No pongas esa cara —dijo India, señalándome con una foto—. Te he dicho que no fue nada.
—No sé de qué cara hablas…
—La cara de «como se acerque mucho, le arranco el flequillo aunque no me apellide Pache».
La miré con la boca abierta.
—No pongas en mi boca cosas que no he dicho.
—Vale, solo lo has pensado con los ojos.
Le lancé una foto como si fuera una estrella ninja. Ella la esquivó con una risita.
—Eres terrible.
—Y tú estás pilladísima.
En ese momento oímos pasos en la escalera y, al segundo, apareció Harley, despeinado, con cara de siesta interrumpida y camiseta arrugada, rascándose la nuca como si hubiera bajado de un coma breve.