Nunca serás mi romcom Capítulo 25
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Capítulo 25

Llevaba en el taller desde primera hora y no había hecho una mierda útil.

Había serrado dos listones, lijado media pieza y dado tantas vueltas alrededor de una escultura a medio terminar que, si alguien me hubiera visto desde arriba, habría pensado que estaba invocando algo.

Un demonio, por ejemplo. Uno pequeño. Uno apañado.

Uno que, a cambio de mi alma o de un par de dedos, me dijera qué puto día de esta semana la empresa del test de ADN iba a mandar por fin los resultados.

Sí, vale, ya sé que no habían pasado los siete días de plazo.

Ellos no eran los que estaban conviviendo con la tentación hecha mujer mientras intentaban no pensar que igual les iba la vida —o la poca decencia que les quedaba— en ello.

La aguja del reloj se acercaba a la hora de comer y yo seguía enganchado al ADN como una garrapata.

Y eso que trabajar con las manos solía servirme para no pensar.

Medir. Cortar. Encajar. Pasar la yema del pulgar por una veta y saber, antes de meterle mano con una gubia, por dónde iba a abrirse la madera.

La materia, al menos, era sincera. Si la forzabas, te lo cobraba.

Si la escuchabas, respondía. No como la gente. No como yo.

El problema era que cada vez que agarraba el formón, me venía ella.

Con el vestido blanco de la fiesta, la tela pegándosele a las piernas al subir la cuesta hacia la explanada.

Riéndose con esa boca suya que me deja medio idiota.

Empujándome a participar en aquel juego de mierda porque yo, al parecer, soy un imbécil camino de los treinta y ocho que todavía hace el payaso si la recompensa es escucharla reír de nuevo.

Y menuda noche para hacerlo.

Yo empapado, con el pelo chorreando, la camisa pegada al cuerpo y las zapatillas sonando como si llevara sapos dentro.

Ella delante, escapando entre la gente con esa cara de no estar huyendo del todo, que era bastante peor.

Porque una cosa es perseguir a una mujer que quiere perderte de vista y otra muy distinta ir detrás de una que se gira cada dos segundos para comprobar si sigues a la caza.

Aquello no era una carrera. Era tortura persecutoria.

Nunca me había preocupado el físico. Bastante tenía con sacar adelante lo demás.

Pero aquella noche, con Vero mirándome así, sí fui consciente de todo.

Del agua bajándome por la cara. De cada paso torpe.

De la ropa rollo segunda piel. Y de que a ella no parecía disgustarle un carajo lo que estaba viendo.

La alcancé cerca de la hoguera.

La abracé por inercia, por hambre, por estupidez o por las tres.

Y ahí se me fue la cabeza. Porque, al darle la vuelta, también la empapé a ella.

El escote se le llenó del agua que me caía del pelo y el vestido se le pegó al cuerpo con una mala leche que no venía en el reglamento de la fiesta ni en las Sagradas Escrituras.

Como si el agua hubiera decidido premiarme y castigarme al mismo tiempo.

La agarré más fuerte de la cuenta, hasta que la sentí por completo.

Ella jadeó. Yo me lo tragué. Nos miramos de una forma bastante poco recomendable para estar rodeados de medio pueblo y con un pulpo de peluche metiéndome prisa desde el costado.

Entonces Vero me agarró de la mano, con las mejillas encendidas, y me llevó junto al fuego para que me secara.

Como si acercarme al fuego fuera a arreglar algo.

Como si yo no llevara ardiendo desde que apareció en mi casa.

Harley no se fijó, claro. Estaba tan ocupado mirando al vasco de la guitarra con una intensidad que habría prendido un pinar que no se percató de que Vero también se daba cuenta.

—Se gustan —dijo flojito para que nadie más lo oyera—. No sé por qué ninguno da el paso.

Y yo, que a veces debería coserme la boca con bridas, solté:

—A veces gustarse no es suficiente. Hay más cosas que pueden llevarte a no dar el paso.

A ella se le borró la sonrisa y yo me maldije por lo bajo .

No entendí una mierda de la canción del vasco, pero por el tono me dio por pensar que igual estaba poniéndole música a algo que yo no tenía huevos de pronunciar en voz alta. O igual se estaba cagando en todos nosotros en euskera y sonaba precioso. Vete a saber. Qué más daba.

Nos quedamos suspendidos ahí. Por lo que pudo ser. Por lo que podía ser ahora. Por lo que no tenía ni puta idea de si debía permitirme.

Apreté tanto el listón que tenía entre las manos que la madera crujió.

Volví al presente de golpe.

—Muy bien, artista —murmuré—. Como sigas así, vas a acabar esculpiendo tu propio ataúd.

Dejé la pieza en la mesa y me froté la nuca.

No había manera de sacarme la fiesta de la cabeza y, para rematar la jugada, cada dos por tres me volvía el recuerdo de Adrián.

No había escuchado la conversación. Ni falta que me hacía. Me bastó ver que lo tenía guardado con un corazón y saber que seguía existiendo. En algún sitio del mapa, siendo su novio, reclamando su trozo de vida. Y eso me tenía de un humor estupendo.

«¡Manda cojones!».

Cogí una lija y empecé a pasarla por la curva de una pieza de olivo que estaba trabajando para una lámpara escultórica.

Dejando que los dedos leyeran el relieve.

Siguiendo nudos y vetas como quien intenta entender algo sin meter la pata.

La madera de olivo tiene una forma jodida y preciosa de retorcerse.

Nunca se entrega del todo. Hay que mirarla mucho antes de tocarla.

Entender qué quiere ser antes de intentar forzarla a otra cosa.

A veces pensaba que, si me hubiera permitido seguir siendo escultor sin rebajarme a la parte útil de todo, habría acabado hablando solo con troncos y siendo bastante más feliz que con media humanidad.

Llamaron al marco de la puerta del taller.

Me giré con la lija todavía en la mano y ahí estaba ella.

Apoyada en la jamba, con esa cara suya de venir a por algo y, de paso, terminar de joderme el sistema nervioso sin mover un dedo.

—No quería interrumpir —dijo—, pero vengo con la excusa oficial del desván.

Miré el reloj y solté una blasfemia por lo bajo. Me había pasado la hora del cierre por el forro.

—Joder. Perdona. Se me ha ido la cabeza.

—No pasa nada. Además, le prometí a India que la esperaría para investigar. Solo te necesito para que nos bajes algunas cosas y no vuelva a sufrir pánico escénico en lo alto de las escaleras. Si prefieres, comemos antes y luego subes.

Negué.

—No. Mejor ahora. De todas formas, tengo comida hecha. Ayer me dio por preparar una cantidad indecente de ensaladilla rusa, como si fuera a alimentar a media provincia.

—La ensaladilla rusa no es rusa, ¿lo sabías?

Se me curvaron los labios.

—Una cosa no quita la otra. Te aseguro que da de comer para una guerra.

Lo dije mirándola a la cara, que era bastante más prudente que mirarla a cualquier otro sitio con aquella camiseta de tirantes y esos vaqueros cortos que no ayudaban en absoluto a la estabilidad de mi entrepierna.

Cada vez me costaba más mantener las manos lejos de ella, y eso que tenía motivos de sobra. O quizá no tenía ni uno.

Que alguien despejara ya la incógnita, quillo , porque lo mío empezaba a parecer castigo bíblico.

La dejé en la cocina poniendo la mesa y subí a la buhardilla. Allí seguían las cajas de la peluquería de mi madre, herramientas viejas del taller de mi padre, revistas, álbumes, ropa, una lámpara rota y varias generaciones de mierda sentimental ocupando sitio sin pagar alquiler.

Cargué una caja. Luego otra. Y a la tercera me di con la frente en una viga.

—Bien hecho —bufé, apretándome el golpe—. Lo tienes merecido por llevar la cabeza donde no toca. Espabila, picha .

Bajé cuatro en total.

Vero se agachó junto a ellas con esa curiosidad suya tan poco impostada y yo tuve que apartar la vista porque, sinceramente, la combinación de su culo en cuclillas y mis ganas acumuladas no me parecía la base más sólida para una investigación genealógica.

Más bien para otra cosa bastante menos científica.

—He descartado bastantes. Si hay algo, tiene que estar ahí.

Ella asintió. Yo me lavé las manos y serví la comida.

Comimos en la cocina.

La ensaladilla estaba de categoría, modestia aparte, y ella se rió tanto al recordar la prueba de los refrescos de la fiesta que por poco se le sale la bebida por la nariz.

Yo le dije que habría pagado dinero por verla ganar una cata a ciegas solo por verle la cara a Harley.

Ella respondió que no pensaba cambiarse conmigo el año que viene.

—Ni aunque pudieras elegir el premio —le dije, arqueando una ceja.

—Depende. Si incluye que no puedas decirme que no a nada durante un día entero, igual me lo pienso.

No sé qué cara puse, pero desde luego no fue la de un hombre en paz consigo mismo ni con el universo.

Hubo un roce de manos al coger el pan.

Una tontería.

Mi corazón reaccionó como si me hubieran metido un desfibrilador por el culo. Y, claro, justo entonces entraron India y Harley.

Salvados por mis hermanos. O condenados por ellos. A esas alturas yo ya no sabía quién era quién.

India vio las cajas y se le iluminó media vida.

—¿Son las del fondo del desván?

Asentí.

—¿Podemos abrirlas ya?

No se ponía así ni en Navidad.

—Deja a Vero hacer la digestión.

—No pasa nada —comentó, secándose la comisura con la servilleta—. Yo también me muero de ganas por ver qué hay. Friego los platos y nos ponemos.

—Yo me ocupo.

—Tú has cocinado. Es lo mínimo…

—Vale, pero te ayudo a secar.

India nos miró a los dos con esa cara de adolescente cabrona que avisaba de que iba a abrir la boca y ninguno de los dos iba a salir ileso.

—Sois como un matrimonio de jubilados, pero sin el cómo.

Vero y yo volvimos a mirarnos.

Se me cruzó un ojalá tan bestia por la cabeza que tuve que bajar la vista al plato.

Harley, en cambio, ni se detuvo. Subió refunfuñando las escaleras como si le debieran dinero o una mamada bien dada. Seguramente ambas.

India lo vio desaparecer y chasqueó la lengua.

—Está insoportable. Cualquiera diría que no ha comido hoy.

Vero sonrió sin dejar de mirarme la boca, la muy jodida.

—Quizá no ha comido lo que le apetecía…

Ahora fui yo el que gruñó. Porque yo tampoco.

Recogimos la mesa. Lavamos los platos codo con codo como dos imbéciles fingiendo que cada roce de manos bajo el agua no era una descarga. Mi erección daba saltos como un animal enjaulado. Aquello no era normal. No era sostenible. No podía ser mi hermana, cojones. Eso se notaría en la sangre, ¿no?

Cuando terminamos, Vero se secó con un trapo y fue hacia las cajas con India.

—Si encontramos algo importante, te aviso —me dijo.

Asentí desde el fregadero, con las caderas encajadas contra el mueble para que no notara nada.

Volví al taller. Era eso o acabar con una gangrena en las pelotas.

Al cruzar el patio, respiré hondo. Garfio me ignoró porque estaba entretenido con su fuente de fruta y verdura.

Ojalá en una de esas cajas hubiera una maldita prueba de paternidad. Porque lo contrario era seguir así: intentando respirar mientras me moría por besar a una mujer a la que igual no podía tocar ni con un palo.

Una maravilla, vamos.

La vida, siempre tan detallista.