Nunca serás mi romcom Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—¡Como una hostia mía! —bufó Brody—. Aprieta, Vero.

La gente empezó a jalear como si estuviera viendo la final de algo importante.

—¡Más! ¡Más! ¡Más!

Vero, llorando de risa, lo intentó con mayor arrojo, alcanzándolo por fin en toda la cara.

Brody tragó otra vez y gritó:

—¡Horchata! ¡Es horchata, joder! ¡Pero me sabe a rata muerta por culpa de la barbacoa!

India tuvo que agarrarse a mi brazo para no irse al suelo. Yo ya me estaba riendo sin poder evitarlo.

—¡Una más y ganas el peluche, vamos, Brody! —lo animé.

Y entonces apareció la joya de la corona: la Coca-Cola.

Cuando Vero agarró la botella y se puso a agitarla, supe que aquello iba a acabar mal. O muy bien. Según para quién.

—Esta te va a gustar —gritó ella—. Abre bien la boca y prepárate.

—Como vuelvas a hablarme así, te juro que…

No le dio tiempo a terminar. Vero apartó el pulgar para darle alegría al asunto y el chorro le pegó a Brody justo en el instante en que estaba cogiendo aire.

La Coca-Cola le entró por la nariz, a presión.

Mi hermano dio un respingo entero, se puso a toser como un loco mientras brotaba líquido marrón por todos los agujeros.

—¡La nariz no, Vero! ¡La nariz no, que me has carbonatado el cerebro!

Aquello remató a medio pueblo.

Ella tuvo que apoyarse en la mesa porque ya no se tenía en pie. India lloraba de la risa. Yo no estaba mucho mejor.

Brody, con los ojos vendados, el pelo pegado a la frente, la barba chorreando leche, horchata, salsa y refresco, parecía un santo de procesión abandonado en la cocina de un chiringuito.

Y, aun así, el muy cabrón acertó.

—¡Coca-Cola!

El pueblo rugió.

Cuando le quitaron la venda, le dieron con la manguera para desincrustarlo un poco y luego le plantaron en los brazos un peluche ridículamente enorme como premio. Estaba empapado, pegajoso y humillado, procesando su alegría y su desgracia.

—¡Sois unos puñeteros liantes! —profirió en mi dirección.

—No te quejes, que el agua en verano va genial para el calor —contraatacó Vero.

Él corrigió el rumbo de su mirada hacia ella, que reía provocadora.

—Ah, sí, ¿eh? Pues te veo acalorada. Te voy a refrescar —murmuró con una calma sospechosa.

—¡Corre! —le advertí antes de que mi hermano arrancara la carrera.

Vero salió disparada chillando y partiéndose la caja mientras Brody iba detrás para abrazarla y dejarla igual de asquerosa que él, con el peluche bajo un brazo y el poco pundonor que le quedaba ya completamente enterrada.

Me gustaba ver a mi hermano así. Despreocupado, feliz. No recordaba cuándo fue la última vez que lo vi reír sin reservas y echar a correr como si no le pesara nada.

India ya se había encontrado con sus amigas, así que cogí una cerveza y me apoyé en un árbol para observar la fiesta.

Analí apareció otra vez y me tiró suavemente del codo.

—Ven. Están montando las impros en la hoguera y seguro que te gusta.

Iba a protestar, pero tampoco tenía nada mejor que hacer y mi amiga ya me estaba empujando.

Me dejé caer en uno de los troncos colocados alrededor del fuego mientras alguien sacaba una guitarra, otro un cajón y se pasaban los instrumentos para improvisar.

Iker estaba al otro lado del fuego.

No muy lejos. Lo bastante.

No me miró al principio. O eso quise creer. Luego sí y, cuando sus pupilas rozaron las mías, fue peor.

Una chica le murmuró algo al oído. Él le sonrió y una sensación desagradable me anudó las tripas.

—Canta algo, anda —lo espoleó uno de los surfistas.

—Paso.

—Venga, joder, que cantas de puta madre.

—No .

—Por favor —insistió el rubio. Era muy guapo y vestía una camiseta de rejilla.

Me sentí ridículo y desubicado. Volví a beber.

Iker me miró.

—¿Tú quieres que cante, jefe?

Sentí la presión de todos los ojos en mí y respondí lo que menos me apetecía.

—Te debes a tu público, no a mí.

Él me observó, y tuve la sensación de que su mirada me decía: «Solo me debo a ti».

Iker resopló, cogió la guitarra y bajó la vista a las cuerdas con esa calma suya que me ponía del revés.

—Vale. Una y ya.

Rieron varios. Alguien celebró el milagro.

No cantó en castellano. Ni en inglés. Lo hizo en vasco, con una voz más grave de lo que esperaba, más rasposa, menos perfecta y, por eso mismo, mucho peor para mi salud, porque no tenía ni idea de lo que decía la letra y, sin embargo, me atravesaba igual.

No entendí una sola palabra. No me hizo falta. Porque desde la primera frase me arrastró mar adentro.

Sus iris abrasaban los míos. No de reojo. No por casualidad. De forma directa y sin pestañear.

Sentí el calor de la hoguera en la cara y otro distinto subiéndome por dentro. No respiré bien en toda la canción.

Era una puta indecencia la manera en la que se me apretaba la entrepierna con su voz.

Cuando terminó, la gente aplaudió, silbó, pidió otra. Él devolvió la guitarra sin dejar de mirarme del todo mientras yo seguía sentado como un imbécil con la boca seca, llena de cerveza .

—Te dije que te iba a gustar.

La voz de Analí me alcanzó con una maldad preciosa.

Me daba igual si lo decía con dobles intenciones porque no respondí. Apoyó la cabeza en mi hombro y yo seguí bebiendo sin acercarme a Iker.

No me moví hasta que pude dejar de parecer una farola y mi polla dejó de ir tan apretada. La gente empezó a dispersarse entre baile, bebida y oscuridad amable. Me levanté.

No porque fuera tarde, no porque fuera en dirección al hombre que me hizo venir, sino porque necesitaba poner distancia entre nosotros antes de que arruinara la poca compostura que me quedaba poniéndome en ridículo.

En cuanto lo vi alejarse un poco hacia uno de los puestos con el surfista rubio, aproveché para volver a casa solo, con el ruido de la fiesta aún detrás, el mar sonando al fondo y la canción metida en el pecho como una puta brasa.

Era lo peor. Porque ya no estaba seguro de querer que se me pasara.