Nunca serás mi romcom Capítulo 24
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Capítulo 24

Mi pueblo era una locura preciosa cuando le daba por celebrar algo.

Farolillos colgados entre fachadas blancas, guirnaldas de bombillas cruzando callejones, música escapándose de ventanas abiertas y ese olor a sal, humo y fritos caseros mezclándose en el aire como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para seducirte un poco, aunque luego te cobraran la resaca.

La fiesta blanca se montaba cada año en la explanada del Mirador del Horizonte, que era la manera fina que tenía el pueblo de decir: «Vamos a emborracharnos a un sitio precioso al que solo se llega dejándote media vida en una cuesta».

Para plantarte allí tenías que subir el Rompepiernas, nombre poco sutil y bastante ajustado a la realidad, una pendiente tan hija de puta que empezabas siendo una persona y llegabas convertido en un recuerdo borroso con taquicardia.

Si encima pretendías beber, lo normal era hacerlo andando y asumir que tus gemelos no volverían a dirigirte la palabra en una temporada.

Cuando por fin nos plantamos arriba, Vero y yo jadeábamos como dos pervertidos telefónicos compartiendo tarifa plana.

La falta de aire con ella me hizo sentir bastante menos desgraciado que cuando subía con Brody e India, cuyos genes parecían venir patrocinados por Decathlon y por una falta total de respeto hacia los que nacimos con pulmones de funcionario.

La hoguera ya estaba encendida. Los puestos improvisados de pulseras, bebidas, hamburguesas, tortillas de todos los sabores, pastelitos caseros y cualquier otra guarrada deliciosa que se te pudiera antojar rebosaban gente.

Medio pueblo iba vestido de blanco como si aquello fuera una fiesta ibicenca montada por gente con mucho más arte, bastante menos dinero y el triple de ganas de liarla.

Vero estaba preciosa. Llevaba un vestido largo de tirantes, con un escote en uve bastante pronunciado, cubierto por una especie de encaje que parecía arrancado del tapete de mi abuela, que en paz descanse, y, aun así, a la cabrona le quedaba de escándalo.

Brody, por su parte, parecía un puñetero camaleón.

Los ojos se le iban solos de los pechos descubiertos de Vero al bajo del vestido de India —aunque nuestra hermana ya le hubiera enseñado tres veces que debajo llevaba pantalón para tranquilizarlo—.

Su cara de hermano mayor al borde del colapso moral era impagable; si hubiera podido envolver a India y a Vero en papel de burbujas, lo habría hecho.

Analí nos vio llegar y vino directa, tan espectacular y tan poco discreta como siempre.

—¡Lo que ven mis ojos! ¿Eres tú o te ha poseído un alma errante con ganas de jarana? —Me dio un abrazo y luego me agarró por los hombros para mirarme bien, como si temiera que en cualquier momento fuera a desvanecerme y en mi lugar apareciera el Harley de siempre, el de la cara de funeral.

—Si me hubiera poseído un alma, desde luego sería una más fiestera que la mía —la corregí.

Ella soltó una carcajada y yo maldije al diseñador del maldito polo, que debía de ser algún sádico con estudios. Me estaba aguijoneando los pezones como si quisiera encenderlos por rozamiento.

—Pues me alegro de que estés aquí. Y este look … —dijo, dándome una vuelta alrededor con descaro de tasadora— te sienta escandalosamente bien. Porque eres gay , que, si no…

Vero carraspeó a mi espalda y soltó un:

—Lo ves.

Que, por supuesto, me llegó limpito al oído.

—Si no, nada —respondí, mirando otra vez a Analí—. Los dos sabemos que lo nuestro sería imposible.

—Una tragedia para esta comunidad autónoma —replicó ella, llevándose una mano al pecho—. Aunque, bueno, quizá encuentres a alguien por aquí que sí merezca la pena. Yo, de momento, acabo de perder una apuesta, pero no veas lo contenta que estoy.

Fruncí el ceño.

—¿Qué apuesta?

Analí sonrió con toda la mala baba del mundo.

—Con Iker. Me dijo que te había invitado y que estaba segurísimo de que al final vendrías.

Yo le dije que estaba alucinando, que llevabas años sin dejarte caer por esta fiesta y que antes veía a un cura perreando que a ti.

Pero mira, resulta que con la motivación adecuada hasta los milagros se quedan cortos.

Noté cómo algo se me tensaba por dentro, justo entre el estómago y mis ganas de vomitar.

—No he venido por nadie.

—Claro, y yo me he puesto rímel para hacer senderismo.

Se inclinó un poco hacia mí con una sonrisa de víbora encantadora.

—Está por allí, por cierto —dijo, señalando con la barbilla.

Claro. Iker estaba por allí. Cómo no iba a estar por allí.

Lo encontré casi enseguida. Un poco más allá del fuego, rodeado de gente que lo miraba con codicia, como si fuera el próximo iPhone 17.

Camiseta de tirantes holgada, vaqueros claros, una cerveza en la mano y esa forma suya de parecer tranquilo mientras mi sistema nervioso se descomponía con solo tenerlo a unos metros.

Alguien le decía algo. Él inclinó la cabeza, respondió con media sonrisa y me dieron ganas de marcharme a una cueva.

Vero siguió la dirección de mi mirada y sonrió como una bruja satisfecha.

—Ve.

—Ni de coña.

—Harley, te invitó.

—Ni de coña. Solo me dijo a ver si me pasaba y está hablando con gente.

—Tú eres gente.

—Eso está por demostrar.

Antes de que pudiera seguir pinchándome, alguien gritó desde una zona con mesas largas y cubos:

—¡Empieza el «adivina lo que bebes»!

India giró la cabeza y se le encendió la cara.

—¡Vamos, Vero!

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Tú no puedes participar —le recordé—. Tu estómago todavía está en fase delicada.

—Y tú menos —le dijo Brody a India—. Algunas bebidas pueden ser alcohólicas.

—Por eso mismo vamos a sacrificar a otro —comentó ella con una sonrisa que dejaba claro quién era su ofrenda.

Brody frunció el ceño .

—Ni hablar. Que participe Harley, que tiene las papilas más desarrolladas.

—Sabes tan bien como yo que se me da fatal cualquier juego, siempre pierdo, tú eres el competitivo.

Dos minutos después lo teníamos plantado frente a la mesa. Mi hermana y Vero habían tirado de él.

—Ni se os ocurra —dijo en cuanto preguntaron quién era el representante de los Pache.

—Es una causa noble —anunció India.

—No.

—Por favor, Brody, necesito verte en acción… —suplicó Vero, agitando las pestañas.

La expresión de mi hermano por poco hace que me descojone.

— Acho , tío… Nuestra invitada necesita ver a un auténtico profesional salvaje y que le ganes ese peluche al que le hace ojitos.

Vero no podía participar por culpa de la gastritis, así que decidió, con una alegría que rozaba lo criminal, sacrificar a mi hermano.

Brody aceptó con esa resignación tan suya de hombre que sabe que discutir con nosotros tres en público solo iba a alargar su sufrimiento.

Cinco minutos después estaba en mitad del corro, de pie, vestido de blanco, con los ojos vendados y las manos a la espalda, como si lo hubieran llevado allí para un fusilamiento ridículo en vez de para una tradición del pueblo.

La mecánica era sencilla: desde cierta distancia, alguien le lanzaba a la cara el contenido de distintos briks y él tenía que adivinar qué demonios estaba bebiendo solo por lo que le entrara en la boca.

—Esto es denigrante —gruñó.

—Y todavía no ha empezado —dijo Vero, encantada de la vida.

El primero fue de zumo de melocotón.

Se lo estampó en toda la cara sin un mínimo de ternura. El chorro le dio en la frente, le bajó por la nariz y le entró en la boca justo cuando iba a abrirla para cagarse en nosotros.

Brody escupió un poco, sacó la lengua con una compostura francamente admirable para el momento y masculló:

—Mango… No, espera… ¡Zumo de melocotón!

—¡Correcto! —gritó alguien.

—Me cago en mi vida.

Nos echamos a reír .

La segunda fue leche, bien fría, recién sacada de una cubitera con hielo. Le pasaron a Vero una botella de cristal y, como al principio no calculó bien la distancia, el primer intento se quedó corto. El segundo salió con demasiadas ganas.

Media botella larga le cayó encima. Por el pelo, la barba, el cuello y la camisa, que parecía un concurso de camiseta mojada. Aquello no fue un lanzamiento: fue un bautizo lácteo con ensañamiento.

—¡Me cago en la hostia, qué frío está!

—¡No protestes y chupa! —le gritó uno del corro.

Teniendo en cuenta el contexto, hubo más de una risa.

Brody ladeó la cabeza, atrapó un poco con la boca. Vero volvió a lanzar; Brody tragó y dijo con toda la resignación del mundo:

—Leche.

—¡Correcto!

—Magnífico. Ya estoy asqueroso y todavía no me ha dado tiempo ni a arrepentirme.

La tercera fue salsa barbacoa, que no era una bebida ni aquí ni en Cuenca, pero en Punta Salvaje el reglamento siempre había sido orientativo.

Vero apretó el envase y le cruzó la cara una línea marrón, espesa y lamentable, que se le quedó colgando de la barba como si hubiera perdido una pelea con una hamburguesa.

Brody se quedó inmóvil medio segundo. No llegaba con la lengua.

—¡Dame más! —bufó.

Ella volvió a apretar con mayor puntería y fue directa a la garganta.

—¡Me cago en la hostia!

Luego escupió y volvió a escupir.

No había una salsa que mi hermano odiara más. Yo estaba descojonándome por los suelos.

—¿Pero qué coño es esto? —bramó—. ¡Sabe fatal! ¡Pica! ¡Joder!

India estaba doblada de la risa.

—Adivínalo —dijo, casi sin aire.

Brody saboreó lo justo, puso cara de estar reconsiderando todos sus vínculos familiares y soltó:

—¡Salsa barbacoa! ¿Quién coño bebe salsa barbacoa? ¡Esto no se bebe, os voy a denunciar!

Ahí ya se estaba partiendo de risa medio pueblo.

Pero la joya llegó con la horchata.

Vero se la lanzó justo después, así que aquello se le mezcló por toda la cara y el pecho hasta convertirlo en un postre carcelario.

Brody abrió la boca, pilló una gota porque el resto cayó directo a la entrepierna. Dio un salto atrás como un gato escaldado, maldijo e intentó acertar con lo poco que tenía.

—Es… —sacó la lengua—. ¡Espérate, coño, tírame más! ¡Así no hay quien lo sepa! Se trata de que me llegue a la boca, no a la bragueta…

—He apuntado a la boca, pero esto no llega…

—Todo llega donde más se necesita —se carcajeó alguien.