Nunca serás mi romcom Capítulo 23
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Capítulo 23

Llevaba toda la mañana diciéndome que no iba a ir a la fiesta blanca con la misma convicción con la que uno se dice que no va a volver a mirar el móvil, no va a pedir postre y no va a pensar en el tío que le revolvió las tripas el día anterior antes de largarse sin esperar respuesta.

O sea, ninguna.

No quería ir. Quería ir. No pensaba ir. Iba a ir. No iba a acabar poniéndome una camisa blanca y bajando con cara de secuestro, que era una de mis expresiones faciales más trabajadas.

El problema con Iker no era solo que estuviera bueno que cruje, que lo estaba de una forma irritante.

El problema era lo de ayer. Que llevara toda la semana apareciendo y moviéndose por mi bar como si eso fuera lo más normal del mundo.

Y, no contento con dejarme babeando cada noche por culpa de la exhibición de sus músculos enfundados en aquellas ridículas camisetas de tirantes, tocó la proposición.

Decirme que quería que fuera a la fiesta con él o, bueno, que me pasara, que en mi corto cerebro era lo mismo.

Y luego él marchándose con ese punto suyo de «no voy a empujarte, pero te espero».

Pues estupendo. Que esperara, porque no pensaba ir.

Aunque me hubiera pasado la mañana abriendo armarios, cerrándolos y volviéndolos a abrir, una manía muy mía cuando estoy nervioso o cuando toca limpieza de temporada.

Cerré cajones. Coloqué una camiseta que ya estaba colocada.

Revisé el móvil quince veces por si existía un mensaje que, por supuesto, no existía.

Le di de comer a Garfio. Garfio intentó violar una alpargata. Todo dentro de la normalidad.

A eso de las siete oí a Vero entrar junto con India. Parecía que regresaran de una despedida de soltera en vez de un día de mercadillo con mi hermana pequeña y sus amigas.

Apareció con una bolsa de tela colgada del antebrazo, las gafas de sol empujadas a modo de diadema y una cara de haberlo pasado bien que daba gusto verla, no como los últimos días, que la pobre daba pena.

Me apoyé en la encimera y la miré de arriba abajo.

—¿Qué han hecho contigo esas pequeñas arpías? A mí me lo puedes contar. Estoy acostumbrado a asistir a sus eventos de compras innecesarias.

Vero soltó una carcajada y dejó la bolsa sobre la mesa.

—Ha sido maravilloso. Nos hemos montado en el deportivo rojo de Mila como si fuéramos divorciadas con ganas de asaltar un banco y me han llevado a Vejer.

He perdido la cuenta de todo el dinero que hemos gastado entre bisutería, vestidos, bolsos de rafia y cosas riquísimas para comer.

Pero bueno, hemos regresado enteras y con ropa suficiente como para cuatro años de hogueras blancas.

—Me miró con los ojos entrecerrados—. ¿Y tú qué cara llevas? No me digas que no tienes qué ponerte.

—No tengo qué ponerme porque yo nunca voy. De hecho, no iré.

—Harley…

—Vero…

—No me vaciles. Claro que vas a venir. Si no es con ropa tuya, Brody tendrá algo que prestarte.

—Tú no llevas bien eso de la diferencia de tamaños, ¿verdad? Parecemos Los gemelos golpean dos veces . Por si no te queda claro, yo soy Danny DeVito y él, Schwarzenegger.

Ella negó con la cabeza.

—Tú tienes más pelo que DeVito y eres mucho más guapo que él. Algo apañaremos. No pienso ir sin ti.

Cogió una botella de agua, bebió un trago y se apoyó en la isla de la cocina mirándome con esa atención suya que me ponía de los nervios.

Me vi forzado a tener que convencerla con más ahínco para que dejara de taladrarme.

—No soy un fiestero. Prefiero quedarme en casa viendo alguna serie y con mi paz mental intacta — rezongué.

—Recapitula… Intuyo algo que no me estás contando. ¿Qué es? ¿Qué ha pasado? ¿Algún spoiler jugoso que me haya perdido esta semana?

Llevaba poco tiempo entre nosotros, pero el suficiente como para haber entendido que Vero tenía una forma muy cabrona de hacerte hablar sin que tú pretendieras confesar.

—Ayer, en el bar… —empecé, y ya solo por cómo me salió la voz supe que iba perdido—.

Bueno, Iker me sugirió, o, mejor dicho, me propuso que fuera.

Dijo que tenía que divertirme más y que le gustaría que estuviera.

No sé, igual me estaba tomando el pelo. Se quedó un ambiente raro y luego se fue sin esperar mi respuesta.

Y hoy no me apetece plantarme allí como si hubiéramos quedado y tener que hacer el imbécil de blanco nuclear al calor de una hoguera.

Vero me miró dos segundos. Luego abrió mucho los ojos.

—¿Perdona? ¿Ese es tu gran drama? —Dejó la botella y vino directa hacia mí—.

¿Que un tío que está como un queso, que curra para ti y te ha estado ayudando sin pedirte nada salvo cerveza y comida, te proponga que lo acompañes a una fiesta?

Yo no veo el problema. Lo vería si tu solución madura es no ir porque él va a estar.

—No es por eso.

«Sí es por eso».

«No lo es. Yo nunca voy a la fiesta blanca».

«Porque no tienes motivo, pero hoy sí».

—Ilumíname —insistió Vero.

—Hace años que paso de ir.

—Pues ya va siendo hora. Te dedicas al ocio nocturno y te conviene disfrutar. Debes estar allí.

—Eso dijo él.

Me cogió de la mano y empezó a tirar de mí hacia el pasillo.

—¿Qué haces?

—Ayudarte.

—Vero…

—Vamos a ver qué vas a ponerte hoy, porque te garantizo que no basta con una camiseta comercial de Coca-Cola de hace diez años.

—Esa camiseta está perfectamente bien.

—Esa camiseta pide una eutanasia textil. No hay debate. Vas a venir y yo te ayudaré con el outfit —remató ella, tirando de nuevo de mí—. Vamos.

Acabamos en mi cuarto, con el armario abierto y Vero revisando camisas como si fuera una personal shopper escogiendo ropa para la cita de mi vida. O yo lo sentí así.

Sacó una de mis favoritas.

—Esta no.

—¿Por qué?

—Porque parece de señor que ha venido a valorar humedades. Esta tampoco. Esta, menos. ¿Qué es esto?

—Una camisa —respondí con los ojos puestos en la prenda.

—Eso sería antes de que la devoraran las polillas. Ahora parece un gruyer. Tírala.

La dejó en el suelo y me lanzó una prenda tipo polo que me regaló India el año pasado. Era bastante atrevida, calada, y no iba nada con mi estilo.

—Ponte esta.

La miré horrorizado.

—No me veo con ella.

—Pues por eso mismo está bien. Eres demasiado conservador y esta pide cosas…

—No soy una monja.

—No, cariño. Lo que tú vas a pedir con eso no es caridad, sino guerra. Tienes que salir de tu zona de confort. Está decidido. Vas a llevarla, te guste o no.

Bufé.

—Me roza y me pone los pezones de punta.

—Pues mejor, a ver si encontramos a alguien que sea de los de «chúpame la punta».

No contesté porque, sinceramente, sabía que era una batalla perdida.

Me cambié. Ella me obligó a remangarme un poco los bajos de las bermudas, me recolocó el cuello con la confianza de una madre de concurso de belleza infantil y se apartó para evaluarme.

—Guapísimo.

—¿Sí?

—Sí —afirmó rotunda—. Sigues teniendo cara de que preferirías estar viendo una serie tapado con una manta, pero al menos ahora esa cara viene acompañada de un paquete bonito que algún afortunado querrá abrir.

—Qué forma tan poética de hundirme.

—Estoy sembrada, lo sé. Ahora me toca a mí, así que voy corriendo a darme una ducha y ponerme mi nuevo outfit . Nos vemos abajo.

Asentí resignado. Otra cosa no podía hacer.

Estaba solo en mi cuarto, mirando la puerta por la que acababa de salir como si hubiera pasado un huracán con bolso de rafia y muy malas intenciones. Luego bajé la vista a la ropa que llevaba encima y resoplé.

Iba vestido como si estuviera a punto de cometer una imprudencia. Y lo peor no era eso.

Lo peor era que, por primera vez en todo el día, ya no tenía ninguna duda de que iba a ir directo a meterme en la boca del lobo o de un vasco cabrón que estaba buenísimo.