Capítulo 22
El Bar Baridad se me había metido en la rutina nocturna con la facilidad indecente con la que se te meten en la vida las cosas que no te convienen.
Supongo que ayudaba mi condición de vasco: con treinta y un años no parecía serio tener la vida social de un señor que cena sopa viendo las noticias y a las diez ya se está tapando los riñones.
Así que cambié lo de acostarme a las nueve y media después de cenar cualquier cosa improvisada por dejarme caer por el lugar donde mi jefe me llenaba la tripa de escándalo.
Qué manos tenía el cabrón para la cocina y qué poco favor me hacía saberlo.
Luego, cuando su camarera —que encima era la simpática, para más inri— lo dejó más tirado que una colilla por enfermedad, empecé a echarle una mano.
Harley era de esa clase de personas a las que les cuesta pedir ayuda aunque se estén hundiendo en mitad de un naufragio, de los que creen que el capitán es el último que abandona el barco.
Y a mí siempre se me ha dado bien eso de nadar, incluso cuando el agua venía llena de problemas.
Así que le tiré un salvavidas en formato de recogevasos improvisado y cierres a deshora, a cambio de cerveza fría y buenas raciones para cenar.
El fallo de cálculo fue otro: no conté con que, entre una bandeja y la siguiente, iba a empezar a fijarme en él.
En el tiempo que llevaba trabajando para Harley Pache había acumulado suficiente material como para admitir algo incómodo: mi jefe era bastante más serio de lo que cualquiera habría esperado en alguien que llevaba un negocio de hostelería nocturna y un campamento infantil.
¿No se suponía que la gente que se dedicaba a cosas así era divertida o fiestera?
Pues no. Él debía de ser la excepción que confirma la regla.
La mayoría lo trataba como parte del decorado, quizá por su carácter algo huraño.
Era Harley, el del bar, el del campamento, el que siempre estaba trabajando.
El que cuadraba horarios y programaba actividades para más de cuarenta niños a la semana.
El que te ponía un ron con cola, te servía un pincho de tortilla española, mandaba callar a tres borrachos y luego seguía funcionando como si eso no tuviera coste.
Error de cálculo de proporciones considerables, porque, si algo me había demostrado la vida, era que cuanto mayor era la ola, mayor era la hostia, y la que surfeaba Harley, casi sin ayuda, era de las épicas.
No era un tío de esos que te entran por el ojo a la primera.
No era una bomba, de esas que hasta el turista que no ha cogido una tabla en su puta vida señala desde la orilla diciendo: «Hostia, mira eso».
Era otra cosa. Más puñetera. Más jodida de detectar.
Una de esas corrientes que solo detectas cuando llevas tiempo mirando el mar y sabes que justo ahí, donde parece que no pasa nada, se está moviendo todo.
Si no sabes leerla, la ignoras.
Si sabes, ya no puedes dejar de verla.
Había cosas de él que no me esperaba.
Cocinaba sin vocear, sin apenas hacer ruido, y el resultado rozaba la lascivia culinaria.
No necesitaba montar un show con la sartén ni ir de artista del sofrito.
Lo hacía y punto, como si preparar unas croquetas de jamón crujientes por fuera y con bechamel líquida en su interior fuese lo normal.
Con los clientes habituales tenía una paciencia tranquila que no le pegaba nada a esa cara suya de querer mandar a la mierda a la humanidad en bloque.
Luego, en cuanto algo se salía de control, le aparecía el gruñido.
No una bronca. No un drama. Un refunfuño seco, muy suyo, como si el universo fuera un empleado inútil al que llevaba años tolerando por compasión.
No llenaba silencios.
Los dejaba existir.
Y eso también me gustaba.
Hay gente que habla porque le aterra quedarse quieta. Harley no. Te miraba, valoraba si merecía la pena responderte y, si abría la boca, lo hacía una vez. La frase justa. A veces para ayudarte. A veces para rematarte. Casi siempre para dejar claro que había entendido más de lo que parecía .
Yo, que llevaba años rodeado de chavales de circuito, entrevistas de mierda, patrocinadores y entrenadores con complejo de profeta, empezaba a valorar aquello como se valora un día sin viento cuando llevas semanas tragando arena.
El problema era que Harley no entraba en mi catálogo habitual por ningún lado, y eso me estaba tocando bastante los cojones.
No había mucho misterio con mi historial.
Surfistas. Deportistas. Tipos esculpidos por el mismo entrenador personal de siempre.
Hombros grandes, confianza absurda, cuerpos hechos para que una marca de neoprenos te pague por existir y cabezas que, con suerte, servían para algo más que recordar horarios de mareas.
Gente fácil de leer, de follar, de olvidar.
Gente que sabía exactamente el efecto que provocaba y trabajaba con eso como otro músculo más.
Harley no.
Él era otra cosa. Más delgado. Más contenido.
Menos evidente. Más peligroso, precisamente por eso.
De esos a los que igual no miras dos veces hasta que te fijas bien en cómo se le fruncen las cejas, en esas pestañas infinitas, en la boca bien delineada, en el modo en que apoya el peso en la barra cuando está cansado, en cómo se le tensan los antebrazos al levantar un cajón, en esa forma suya de quedarse inmóvil, que es puro aguante.
Definitivamente, no me habría fijado en él.
Y, sin embargo, me divertía que no cuadrara en mis estándares.
Me divertía bastante, de hecho. Además, tenía un buen culo y yo siempre he sido de culos.
Quizá el catálogo estaba agotado. Quizá llevaba tanto tiempo buscando la misma cara en distintos cuerpos y el cuerpo, que es un cabrón bastante más listo que uno, había decidido prestarle atención justo al que no tocaba.
Sin abrir debate. Como hacen las cosas que importan de verdad y te pillan de vacaciones.
Aquella noche llegué con una idea nueva y muy pocas ganas de hacerme el inocente.
Nada épico. Nada declarado. Solo quería comprobar qué pasaba.
No mucho, lo justo, lo necesario.
Pequeños ajustes.
Empecé arrebatándole una bandeja.
—¿Dónde van estas? —pregunté, levantando tres botellines.
Harley ni me miró mientras secaba una copa.
—A la mesa del fondo. Los de la camisa de palmeras.
Me acerqué a la barra en lugar de salir disparado .
—Si hoy te ayudo a servir, ¿me das algo más?
Paró en seco y me miró.
—No te he pedido ayuda.
—Lo sé, pero ya que me he puesto…
—¿Qué quieres, Iker? ¿Más comida?
—No estaría mal… También podrías darme una indicación más personal. Trabajo mejor bajo supervisión motivadora.
Agité las cejas.
Levantó la vista.
Ahí estaba. Ese segundo de pausa que ya le conocía. No largo. No descarado. Solo lo justo para que a mí me diera por dentro una pequeña risa.
—Lo que te puedo dar es otra bandeja —dijo—. Y deja de decir tonterías, que el bar está lleno.
—Lo está porque vienen a verme —le guiñé un ojo y él soltó un gruñido—. Podrías probar a relajarte, jefe; arrugar tanto la cara te pasará factura a tu edad.
—Estoy relajadísimo y solo te saco tres años.
—Sí, pero a ti se te notan los pliegues en la frente de tanto pensar…
—Déjate de gilipolleces y de marear. ¿Sirves las cervezas o te vas?
—Ay, hay que ver lo mandón que te pones cuando quieres…
Fue a quitarme la bandeja de la mano, pero no lo dejé. Hice un juego de muñeca para que nuestros dedos se rozaran. Nada deliberado en exceso. Apenas un contacto que duró medio segundo más de lo estrictamente necesario.
Y entonces lo sentí: un puto chispazo.
Podía ser fruto de una descarga repentina, producto de la electricidad estática. Mi experiencia me decía que se trataba de otra cosa.
¡Ay va la hostia!
Lo notó, claro que lo notó.
No apartó la mano de golpe, que habría sido muy evidente. Pero el gesto se le cortó una décima, un mal ritmo, una interferencia en sus ojos marrones.
Bonito.
Me fui con la bandeja y las cervezas antes de que me diera la risa allí mismo.
La noche siguió así. Yo entrando y saliendo con la naturalidad de quien no está provocando absolutamente nada.
Él funcionando como siempre y, a la vez, no del todo.
Le costaba contestar. Algún que otro silencio raro al girarse y encontrarme mirándolo.
El momento en que pensó que yo no lo veía —mientras lo observaba a través del reflejo de uno de los ventanales— y me miró desde el otro lado de la barra con una cara que no era la de un jefe valorando si estorbaba o ayudaba.
Aquello era otra cosa. Estaba ahí. No dije nada, me limité a anotarlo.
Analí apareció cuando el bar ya iba lanzado.
Entró oliendo a un perfume de esos que auguran noche movida y con esa mirada de saber demasiado, que era bastante su marca personal.
Era guapa de la hostia. Si no compartiéramos gusto por los rabos, seguro que me la habría tirado. Saludó a Harley con la confianza de siempre, me dio un golpe en el hombro al pasar y esperó a que él se metiera en la cocina para acercarse con una ración de chicharrones de Cádiz.
—El domingo hay fiesta blanca —dijo, apoyando el codo—.
Hoguera, música, los hippies que todavía quedan en el pueblo haciendo de hippies del pueblo.
Todo el mundo de blanco, fuego, gente bailando mal y creyendo que lo hace bien, tres tambores, dos guitarras y algún iluminado hablando del cosmos después de fumarse media provincia.
—El domingo es mañana.
—Ajá.
—Planazo.
—Te pega menos de lo que te convendría, vasco. Estás en edad de disfrutar.
Le di un trago a mi cerveza.
—¿Y tú qué sabes de lo que me conviene? —pregunté, desviando los ojos hacia la ventanita de la puerta, que me permitía ver a mi jefe moviéndose.
Ella rio sin disimulo.
—Vaya, vaya. Te pone Harley, ¿eh?
Lo soltó así. Sin servilleta, como se dicen las verdades en los pueblos cuando te tienen cogida la matrícula.
No negué nada. Tampoco confirmé.
—Me pone bastante el salmorejo —respondí—. Y aquí lo cocinan bien.
Soltó una carcajada.
Lo bueno de no negar algo es que a veces equivale a decirlo en voz alta. No insistió, que también por eso me caía bien. Se limitó a sonreír, guardándose una carta para usarla más tarde, y se fue a una mesa con un grupo de alumnas que hacían ojitos en mi dirección.
Yo seguí trabajando, pero ya tenía la idea cerrada.
Cuando algo se me metía entre ceja y ceja, era difícil sacarme de ahí.
Al final de la noche, cuando el bar empezó a vaciarse y las últimas conversaciones se fueron apagando, me quedé ayudando a recoger. Sillas arriba. Suelo pegajoso. El cansancio bueno de cuando has hecho algo físico y durante unas horas no has tenido tiempo de pensar.
Harley barría detrás de la barra con esa cara de final de jornada que en otro hombre sería hastío y en él parecía estado natural.
Subí la última silla de la fila del fondo y me acerqué.
—Analí me ha hablado de la fiesta blanca que hay mañana.
—Ajá.
—Hoguera, música, las costumbres del pueblo. Lo típico de vuestra secta costera.
—No es una secta.
—Depende de cuántos nudistas espirituales acaben dándole a la ayahuasca. —No sonrió, pero casi—. ¿Te vas a dejar caer?
Él siguió con la escoba.
—¿Adónde?
—A la fiesta, jefe. Estaría bien que alguien me enseñara cómo funciona Punta Salvaje cuando no está detrás de una barra o delante de una legión de críos.
Harley se quedó petrificado.
—Yo no voy a ese tipo de cosas y seguro que voluntarios no te faltan. Serán mucho más divertidos.
Chasqueé la lengua.
—Pues quizá deberías empezar a vivir más y a currar menos. No haces otra cosa que trabajar. ¿Por qué no te desmelenas un poco, jefe?
Entonces sí me miró.
Serio. Cansado. Guapo, de esa manera discreta que ya empezaba a tocarme seriamente la moral.
—Tengo el pelo corto, por si no te habías dado cuenta.
Se me escapó la risa.
No la sonrisa estratégica. No la media mueca de quedar bien. Una risa limpia, desprevenida, de las que te salen cuando algo te pilla con la guardia baja y no te da tiempo a protegerte. Me sorprendió hasta a mí.
A él, más.
Se quedó mirándome como si acabara de verme por primera vez sin el resto del ruido alrededor.
Negué con la cabeza, todavía con esa risa bailándome en la boca.
—Ya, bueno, no lo decía en sentido literal. Haz lo que quieras. Pero yo voy a ir, y me encantaría que estuvieras.
Lo dije directo, sin esconderlo detrás de una broma.
Bajé la última silla, me limpié las manos en el pantalón y cogí la mochila.
—Buenas noches, jefe.
Me fui antes de que respondiera o de que yo decidiera quedarme a ver cómo lo hacía.
Al salir a la calle, el mar seguía sonando ahí abajo, oscuro, ajeno, igual que todas las noches. Cerré la puerta a mi espalda y caminé sin girarme.
Podía imaginármelo perfectamente donde lo había dejado, con la boca apenas abierta y esa expresión de hombre al que le acaban de agitar un avispero sobre la cabeza.
Y, joder, su imagen me acompañó todo el camino a casa. Por una vez, hizo más ruido que el miedo habitual por no llegar a las expectativas que todos tenían puestas en mí.