Nunca serás mi romcom Capítulo 21
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Capítulo 21

Me quedé quieta un momento, absorbiéndolo como si llevara meses encerrada en un sótano y no cinco días secuestrada por la diarrea, el suero y la sopa de arroz.

—Dios bendiga el exterior —murmuré, alzando la mano a lo Katniss Everdeen en Los juegos del hambre .

Pensé que era buena idea cruzar el patio, asomarme y darle las gracias a mi cuidador.

No fue porque lo imaginara sin camiseta, sudado y empuñando una motosierra…

¡Qué mala es a veces la imaginación!

Di un paso. Luego, otro.

El lugar era bonito, estaba medio en sombra gracias a una estructura de madera cubierta de jazmines.

Dejé de escuchar el sonido para oír otro distinto.

Golpes, el roce de algo sobre madera. Otro golpe seco.

Ese tipo de ruido masculino que, de pronto, se volvió obscenamente atractivo en mi cabeza, porque mi listón erótico venía de una semana de mirar azulejos.

«Tranquila, Vero, vas muy bien. Estás recuperando capacidades».

Seguí andando hasta la esquina donde daba algo más el aire. Entonces vi algo que se movía, de tamaño medio, con caparazón.

Me fijé mejor hasta darme cuenta de que aquella tortuga llevaba un parche pirata con una calavera de cristales en el ojo, lo cual me hizo sonreír.

Me puse de cuclillas para verla mejor, sintiendo el suelo caliente bajo mis pies descalzos.

—¿Y tú quién eres, la capitana Swarovski? ¿Dónde te has dejado el barco y el loro? —reí—. No nos han presentado, capitana… Soy Vero.

Hice una especie de saludo rimbombante tratando de mantener el equilibrio. El animal me miró con profundo desinterés.

Yo lo miré a él.

Y, cuando bajó la vista topándose con mis tobillos, decidió que mi dedo gordo merecía una oportunidad.

Nunca había visto a una tortuga correr, y mucho menos con aquella determinación homicida de un sicario con patas cortas.

Lo vi abrir la boca y se lanzó.

Yo caí hacia atrás como un bicho bola al entender qué quería morder.

—¡Aaah! ¡Quita, quita, quita! —rodé por el suelo tratando de huir.

Sopesé hacerme la muerta; en un documental vi que solo a los carroñeros les interesaban los cadáveres y ese reptil estaba muy vivo. Pero, como era una tortuga tuerta, me lo replanteé; igual le daba por probar porque no me veía bien.

—¡Aparta! —grité con fuerza y le lancé una advertencia—. En otra vida fui tortuga ninja; Donatello, Leonardo, las otras dos, tú y yo somos familia —voceé, rodando de nuevo lo más lejos posible.

El bicho desoyó mis raíces y siguió avanzando con una velocidad que no le correspondía por especie ni por tamaño, y abrió la boca con una fe tremenda en el futuro de su ataque.

—¡Brody! —Lo miré amenazante—. ¡Como sigas intentando comerme, hago contigo una sopa!

No tuve que llamarlo dos veces, supongo que porque ya había oído el griterío y no le hizo falta sumar dos más dos para que el resultado fuera tortuga al ataque.

La puerta del taller se abrió y salió él, cubierto de serrín, con el moño revuelto y esa cara de cabreo que a mí me ponía a mil.

—¿Qué pasa?

—¡Tu monstruo quiere comerme un dedo! —voceé, nada digna, a cuatro patas desde el suelo.

Miró, vio, se sacó una bota y la arrojó lejos.

«¡Qué mala puntería!».

En lugar de alarmarse como una persona normal, se pasó una mano por la frente con cara de «otra vez esta mierda».

—¡Garfio, ve a por ella, chaval!

«¿Garfio? No me jodas…». Acababa de tirar su bota a la otra pu nta del patio como si el tortugo fuera un puto pequinés y fuera a regresar con ella entre los dientes.

«¿Las tortugas tenían dientes?».

Lo curioso es que obedeció: dejó de buscarme a mí y cambió de rumbo con un entusiasmo obsceno.

Ver para creer, al parecer tenía alma perruna.

Me puse en pie con muy poca dignidad, ayudada por sus manazas.

—No fastidies, que tiene complejo de podenco…

—Más bien es un fetichista del calzado y de los dedos de los pies.

Garfio fue directo a por la bota y empezó a frotarse contra ella con una entrega que no necesitaba interpretación.

Estaba boquiabierta.

—¡Jesús! ¿Y lo has llevado al psicólogo para reptiles? Igual es de especie fluida.

Brody se acercó hasta quedarse demasiado cerca. Yo aún tenía el pulso disparado. Él olía a madera, a calor y a hombre que sabe exactamente cómo usar las manos. Muy poco apropiado para mi salud mental.

—Bueno, la veterinaria no descartó daños neurológicos cuando lo rescatamos. Su tara es bastante llevadera; si tomas la precaución de llevar calzado, no debería amputarte ningún dedo, y no puedo culparlo de que le parezcas apetecible. Ya sabes lo que dicen: de tal dueño, tal mascota —murmuró.

Levanté una ceja con un burbujeo interior que no está pagado.

—¿Te van los quesos?

—A mí me van otras cosas.

Muy bien. Muy bien todo. Nada como una tortuga masturbándose con una bota para reactivar la libido.

Mi cuerpo recordó de golpe que seguía viva, que Brody tenía boca y que yo seguía sin saber si aquello era una excelente idea o una aberración genética.

Miré al tortugo, que se estaba zumbando el zapato con una concentración conmovedora.

—Lo recordaré.

Él siguió mirándome a mí. No a su mascota. A mí. Tragué saliva.

—Perdona, no pretendía interrumpir tu trabajo. Solo quería que me diera un poco el aire.

«Y, de paso, si te veía manejar la motosierra… A nadie le amarga un dulce».

Me aparté un poco, lo justo, no mucho. Bastante para no parecer una completa idiota, o eso esperaba.

—Me alegro de que hayas tenido fuerza suficiente para salir al patio. Tienes mejor cara —dijo al fin, levantando la mano para pasarme el pulgar por la mejilla.

Por poco desintegro las bragas y le pongo mi nombre a una nueva ley de la física.

Sentir su puñetero pulgar en mi cara era un delirio.

—Eso es porque ya no me estoy muriendo por ambos extremos —necesité aclarar—. El nivel estaba bajo.

Una sonrisa muy pequeña le tocó una comisura. Aprovechó para recolocarme un mechón de pelo.

Joder, iba a derretirme como un cubito de hielo si seguía haciendo esas cosas.

Cuando lo tuvo en su sitio, se cruzó de brazos y eso hizo que me fijara más de la cuenta en los antebrazos, poderosos, fuertes…

En la camiseta pegada en algunos puntos por el calor.

Mi cerebro decidió regalarme una imagen de lo que me apetecía lamer cuando ya estuviera bien y la genética demostrara que no estábamos unidos por el ADN.

Intenté alejar los pensamientos impuros y ser una persona razonable.

—Creo que esta noche ya podría echarle una mano a Harley —lo solté porque necesitaba una conversación segura. Una no podía quedarse ahí de pie mirándole el pecho como una perturbada.

Brody negó una vez, sin dudarlo.

—Olvídate de eso. Estás convaleciente.

—Ya casi estoy bien.

—Casi no es bien y soy tu enfermero personal. Yo decido cuándo vuelves al trabajo.

—Harley ha estado haciendo equilibrios toda la semana.

—Harley lleva toda la vida haciendo equilibrios y tú has estado vomitando hasta el apellido. Descansa, lee un rato o escucha uno de esos audiolibros guarros que tanto te gustan y luego te preparo algo de comer.

Mi cabeza, que es una golfa incluso en convalecencia, se quedó con «escucha un audiolibro guarro y te preparo algo de comer» para transformarlo al instante en una lista muy poco gastronómica de cosas que me gustaría llevarme a la boca.

Mi sentido común apareció a empujones .

«Igual es tu hermano».

«Fenomenal. Gracias por aguar la fantasía justo cuando se estaba poniendo interesante».

Abrí la boca para contestarle algo y entonces sonó mi móvil.

Lo saqué del bolsillo del pantalón corto casi por reflejo.

No me dio tiempo a hacer nada más.

Brody bajó la vista a la pantalla.

Yo también.

Adrián ❤️👨🏻‍⚕️

Me cagué en todos mis muertos.

No en voz alta, una aprende.

Noté el cambio en la cara de Brody. Muy poco, lo justo.

Un músculo en la mandíbula. La mirada deteniéndose más de la cuenta.

El tipo de gesto que podría pasar desapercibido y que para mí significó muchísimo.

Brody me dijo que vio mi foto con Adri en el pasado y no hacía falta ser muy lista para saber que acababa de atar cabos.

—Tengo que volver al taller —soltó sin preámbulos.

Levantó la vista hacia mis ojos. Tuve ganas de decir algo, aunque no sabía muy bien qué.

—¿Estarás bien? —quiso asegurarse.

—Em… sí. Claro.

Asintió. Me dedicó una última mirada, breve, seca, pasó junto a mí y volvió al taller, con una sola bota, sin añadir nada más.

Adrián tenía un don sobrenatural para llamar en el peor momento posible, aunque quizá fuera el destino empujándome en el sentido opuesto antes de que cometiera una flagrante estupidez con el hijo del desliz estival de mi madre.

Esperé a que la puerta se cerrara antes de descolgar.

—¿Qué haces llamándome a estas horas?

«Genial, Verónica, así se hace».

Miré la pantalla. Casi las doce del mediodía. En Houston, las cinco de la mañana. Normalito todo.

La voz de Adrián llegó cansada y baja. Más grave de lo habitual.

—Perdona… ¿Estabas ocupada? Acabo de llegar del hospital, he doblado turno y no podía dormir pensando en ti.

Aquello me desarmó un poco más de lo que me habría gustado. Hizo que me sintiera una perra.

—Perdona… Deberías descansar, podemos hablar en otro momento y así duermes.

—Lo sé. Es solo que, aun a riesgo de parecer patético, extrañaba tu voz.

Me apoyé contra la pared del patio y solté una exhalación apesadumbrada. El sol me daba en una pierna. Garfio seguía dándole amor al zapato como si le fuera la vida en ello. Una imagen absurda para una conversación que no tenía ninguna gracia.

—Decidimos darnos un tiempo… —murmuré flojito.

—Ya, bueno, solo quería oírte —añadió—. Sé que no es el mejor momento. Sé cómo acabó nuestra última conversación; lamento si te he incomodado.

Adrián. Mi novio, o mi ex, ya no estaba segura… Porque, de hecho, en principio ya no estaba con él.

Nuestra última conversación había sido él pidiéndome que me fuera a Houston para por fin vivir juntos y yo respondiendo algo muy parecido a «necesito unas vacaciones en Sotogrande».

—No me has incomodado, es solo que…

—Te echo de menos.

Cerré los ojos.

No era justo. Mi corazón se aceleró un poco porque, aunque nos hubiéramos dado una pausa, mi organismo lo reconocía como mi pareja de los últimos diez años.

Sería mucho más fácil si no sintiera nada. La indiferencia total tiene sus ventajas, sobre todo ahora.

—Yo también te echo de menos a veces.

A veces.

Ahí estaba el matiz. El pequeño cadáver sobre la mesa.

El tiempo alargándose sobre nosotros. Las videollamadas.

Los reencuentros contados. Las despedidas convertidas en costumbre.

Toda esa historia compartida que, vista desde fuera, tenía pinta de amor grande y, vista desde dentro, a veces parecía un piso piloto donde nunca llegabas a instalarte.

—Quiero pedirte disculpas —dijo él—. Por el ultimátum. Por presionarte. No quería hacerlo así, es solo que te necesito aquí, a mi lado.

Abrí los ojos y miré el patio. El trozo de cielo. La puerta cerrada del taller. El zapato violado por una tortuga tuerta.

—Lo entiendo.

—Estoy dispuesto a esperarte.

No respondí, porque yo no estaba segura de querer que me esperara.

Una parte de mí quería darle las gracias por ser tan comprensivo.

Que era un hombre bueno. Que no era el malo de mi historia.

Que había estado ahí cuando mi madre enfermó y que incluso en la distancia había sido refugio.

Otra parte pensaba en Houston como quien piensa en una camisa que le queda bien a una modelo de internet y luego, puesta, le parece un horror.

Lo peor era que seguía notando el cuerpo de Brody cerca del mío aunque ya no estuviera en el patio.

—No quiero terminar lo que tenemos, Vero.

La frase se me quedó flotando. ¿Qué teníamos exactamente? ¿Una historia larga? Sí. ¿Cariño? También. ¿Rutina? Muchísima. ¿Vida compartida? Cero.

Me froté la frente.

—Creo que es mejor que hablemos cuando termine el verano. Por ahora seguimos en stand by , ¿vale? No voy a pedirte que me esperes si llega a surgir algo que te convence más que yo.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Tan mal estamos?

—No lo sé.

Y esa era la verdad más honesta que podía darle sin romperme la boca con ella.

—Necesito averiguarlo, Adrián. De verdad. No para castigarte. No para marearte. Solo… necesito aclararme y no hacerte daño. Por favor, seamos libres de hacer lo que creamos estos meses.

Lo escuché respirar.

—Vale.

Me dolió ese vale. Más que si hubiera discutido.

—Cuídate —murmuró.

—Tú también.

Colgué sujetando el móvil en la mano, con la pupilas puestas en la pantalla ya apagada como si todavía fuera a salir de ahí alguna respuesta útil.

No salió ninguna, claro.

Volví a entrar en casa un poco más despacio que antes, con el estómago medio asentado, la cabeza hecha un nudo y la sensación bastante clara de que estar sola era una mierda, sí, pero estar atrapada entre dos hombres tampoco era exactamente un plan maestro.