Capítulo 20
Había formas más dignas de avanzar en el tiempo que perder cuatro días de tu vida cagándote viva.
No muchas, seguramente. Alguna habría. Yo, desde luego, no la conocía.
El domingo me desperté con el estómago haciendo cosas raras y una fe bastante ridícula en que se me pasaría con una infusión, paciencia y negar la realidad con la intensidad adecuada.
El domingo por la noche ya había entendido que aquello no era una indisposición, sino un ajuste de cuentas del universo.
Uno muy feo. De esos que te dejan sin glamour y sin nada que llevarte a la boca que no salga despedido media hora después.
Del váter a la cama. De la cama al váter. Y, entre medias, el noble arte de preguntarte si una podía morirse de puro bochorno.
Porque una cosa es estar mala en tu casa, con tu pijama viejo, tu cepillo de dientes, tu cubo de confianza y la posibilidad de oler como una criatura derrotada sin testigos.
Y otra muy distinta hacerlo en la casa del hombre al que llevabas trece años sin superar del todo, con su hermano entrando y saliendo a ver cómo seguías y una adolescente ultrasensible a la enfermedad ajena al otro lado del pasillo.
Todo mientras coexistías con la posibilidad real de desintegrarte por ambos extremos, tratando de no convertir la vivienda entera en un foco infeccioso.
Muy romántico todo. Jane Austen habría vomitado por empatía.
Me incorporé despacio en la silla de la cocina y miré el desayuno que Brody me había dejado preparado antes de irse al taller .
No había nota. Claro que no había nota. Brody no era un hombre de post-its con corazoncitos ni frases tipo «que te mejores, princesa». Gracias a Dios. Si me hubiera encontrado un mensaje cariñoso después de haberme pasado tres días oliendo a hospital de campaña, me habría tirado por el balcón.
Lo suyo era más práctico, más él.
Una bandeja de madera sobre la barra. Dos tostadas, un poco de pavo cocido, un plátano, una infusión dentro de un termo para que conservara el calor y una taza grande en la que volcarla.
Al lado, una caja de galletas saladas abierta, como si hubiera querido dejarme claro que, si el cuerpo se ponía tonto otra vez, no pensaba consentir que muriera por no haber hecho los deberes de la dieta blanda.
Volqué el contenido del termo y le di un sorbo a la infusión, arrugando la nariz.
No sabía a gloria. Sabía a resignación con hierbabuena. Aun así, era lo más sólido que había mantenido dentro en días, así que me pareció un regalo de los dioses.
Había bajado por mi propio pie, que a esas alturas ya era casi un milagro administrativo.
Con lentitud, agarrándome a la barandilla como una señora de noventa años que se niega a reconocer que quizá la escalera no es su fuerte, y había llegado a la cocina sintiéndome una heroína nacional.
Una floja, pálida y medio deshidratada, sí, pero heroína al fin y al cabo.
Miré la tostada y sonreí un poco al imaginar las enormes manos de mi cocinero particular preparándola.
Llevaba un año siendo la que sostenía, así que encontrar a alguien que te cuidara sin pedirte nada a cambio era, técnicamente, un lujo.
Hubo un momento, el martes por la mañana, en que habría vendido un riñón por poder comer una tostada sin que mi cuerpo organizara una revuelta.
Cogí un trozo pequeño. Lo mastiqué a conciencia. Esperé, crucé los dedos y me puse una mano en la tripa, como si un bebé fuera a darme una patada. Solo que no había bebé. Solo intestino y, ahora que palpaba, un poco menos de tripa.
Suspiré al no sentir nada.
Ningún mareo, cero náuseas ni amenaza de esprint al baño.
Seguí.
A veces la felicidad adopta formas rarísimas. Aquella mañana, la mía tenía forma de pan tostado y pavo cocido .
Mila se habría horrorizado si me viera en ese estado, devorando comida de convaleciente como si estuviera en una experiencia gastronómica Michelin. Supongo que eso me consolaba un poco.
Resoplé sola.
«¿No querías bajar de peso, Vero?».
Pues no hacía falta acudir a una de esas clínicas caras en las que te matan de hambre por seis mil euros a la semana. Ya se ocupaba el universo de vaciarte sin tocarte la cuenta corriente por una gastroenteritis demoníaca.
Esto no era la ley de la atracción. Era, más bien, la ley del atracón. Mis deseos funcionando de maneras creativas y profundamente ofensivas.
Me contuve y suspiré con fuerza.
La primera noche no fue tan mala. La segunda, ya sí. La segunda fue el tráiler honesto del infierno. A la tercera dejé de distinguir si me dolía más el escozor del culo o la vergüenza de saber que todo el mundo en aquella casa tenía clarísimo lo que estaba pasando al otro lado de mi puerta.
Harley me vio hecha un cromo lunes, martes y miércoles por la mañana, recién duchado, con el café en la mano y una cara de sueño del tamaño de Cádiz.
Yo estaba doblada sobre mí misma en el sofá del salón, con una manta hasta la barbilla, el pelo como si me hubiera peleado con una toma de corriente y la piel de ese tono entre blanco y cadáver joven que no le sienta bien a nadie.
—Ni se te ocurra bajar esta noche al bar. Todavía no estás bien.
—Harley… Yo creo que hoy…
—Ni hoy ni mañana. Tienes baja laboral esta semana.
—Me sabe fatal dejarte solo.
—A mí me sabe fatal que parezcas la niña del exorcista después de una semana en Benidorm Fest. Quédate quieta, que, si es un virus, no quiero contagiar a toda la clientela.
En eso tenía razón.
—Necesitas otro camarero.
Él me miró por encima de la taza. Ojos de persona agotada. De esas que no han dormido suficiente y ya han decidido odiar el amanecer antes del primer sorbo de café.
—Puedo apañarme. Lo importante es que te recuperes.
—No, no puedes. Lo necesitas. Te vas a reventar.
—Gracias, madre.
—No te pongas chulo, que llevo cuatro días deshidratándome por los dos.
Eso le arrancó media sonrisa. Casi un milagro .
—Ya me apañaré. Iker no ha dejado de ir ni una sola noche —murmuró con la boca pequeña.
Ahí sí levanté la vista del todo.
—¿Y?
—Y, como quien no quiere la cosa, si veía mesas sucias, se llevaba los vasos, los botellines… y les pasaba el trapo.
—Te dije que ese chico era el indicado.
—A cambio de cerveza y cena.
—Pues mira qué bien. Barato te sale para la ayuda que te está haciendo, aunque podría mejorarse si me hicieras caso…
Harley se pasó una mano por la nuca. Ese gesto suyo tan de hombre que está incómodo y preferiría arrancarse una uña antes que reconocer por qué.
—Ya te dije que era mejor no mezclar y, además, todavía no sé si tu idea es lo que necesito para el bar.
—No estoy mezclando nada. Estoy diciendo que, si un tío te está ayudando todas las noches y encima tiene abdominales, igual conviene que no te hagas tanto el digno y aceptes lo que el universo te está brindando.
Me lanzó una mirada que habría cuajado leche.
—A ti te queda muy poca fuerza, pero se te da de vicio tocarme los cojones.
—La justa para seguir haciéndolo desde la cama o desde tu mente, si hace falta.
Se terminó el café de un trago y dejó la taza en la encimera.
—Descansa. Y, lo dicho, ni te acerques al bar con esa cara de mártir con retortijones.
Se fue al campamento y yo volví a la cama sintiéndome un estorbo con patas.
India me trajo agua y galletas por la tarde, con esa mezcla suya de pena sincera y ganas de convertir cualquier desgracia ajena en anécdota de sobremesa.
Harley llegaba de madrugada, oliendo a bar y estrés, y se pasaba a preguntar cómo estaba antes de su siesta de mediodía.
El miércoles llegó la prueba de ADN, porque el universo, cuando reparte humillaciones, no sabe cerrar la mano.
Me pareció hasta gracioso que creyera oportuno mandarme a hacer pruebas biológicas justo cuando no era capaz de mantener dentro ni una triste manzanilla, así que aplazamos lo del hisopo hasta que no me dieran arcadas.
No era plan de mandar el bastoncillo cubierto de vómito .
El jueves, cuando por fin pude sostener el cuello sin sentir que me pesaba la cabeza quince kilos, nos hicimos la prueba. Bastoncillo por la cara interna de la mejilla. Nada dramático. Muy poca épica para la cantidad de ansiedad que cabía en aquel tubito de plástico.
Brody también lo hizo y se ocupó de llamar a la mensajería para que vinieran a buscar el sobre cerrado.
Él no preguntaba con frecuencia cómo estaba. Le bastaba mirarme y ponerse en modo enfermero.
Entraba. Abría ventanas. Cambiaba sábanas.
Me dejaba suero que le vendieron en la farmacia.
Me preparaba arroz blanco, zanahoria hervida, puré de patata, tortilla francesa, esa clase de comida insípida que yo odiaba con toda mi alma.
Sin embargo, me la comía sin rechistar porque me la ponía delante.
No puso una sola pega al mal olor; mi cuarto olía a cualquier cosa menos a peonías. Ni una mueca. Ni medio comentario. Eso fue casi peor: soportar que un hombre tan bueno entrara en tu dormitorio con un barreño, recogiendo lo que hiciera falta de una víctima del apocalipsis intestinal.
De las fantasías posibles con Brody, aquella no estaba precisamente en el top ten .
Y eso que había seguido queriéndomelo empotrar incluso con fiebre.
Ahora era viernes.
Viernes.
Había desayunado sólido. No me había mareado. El mundo seguía siendo una mierda, sí, pero una bastante menos líquida que la del lunes.
Me terminé la tostada, me limpié las migas de los dedos y decidí que merecía aire. Aunque fuera cinco minutos. Aunque tuviera el pulso de una anciana y las piernas de un cervatillo recién parido.
Abrí la puerta del patio y el olor me dio en plena cara.
Flores, mar, madera recién cortada. Plantas calentadas por el sol de principios de julio. Algo de serrín flotando desde la ventana que daba al taller y el sonido de algo eléctrico manejado por… él. Porque, claro, hasta una radial podía sonar sexy si la tenía Brody en las manos.