Nunca serás mi romcom Capítulo 19
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Capítulo 19

Cuando al fin logramos poner los pies en el suelo del pasillo, la tensión no desapareció. Se quedó allí, suspendida entre los dos, como el humo cuando alguien ha prendido algo y todavía no sabes si va a arder la casa entera.

Se dio la vuelta y la vi bien.

Tenía una telaraña enganchada en el pelo. Otra en el hombro. Polvo en las mejillas. Y aquel pijama de aguacates, ajustado en todas las zonas donde mi paciencia no necesitaba más estímulos.

¿Por qué narices no se había cambiado?

Le quité una pelusa de la clavícula con los dedos.

—Llevas media fauna del desván encima.

Bajó la vista a mi mano. Luego, la subió a mi cara.

—Gracias por rescatarme de una muerte vergonzosa.

—No te he rescatado del todo. Sigues llevando una telaraña pegada a la teta izquierda.

—¿Qué?

Se la buscó con la mano, torpe, palpándose sin encontrar nada. Yo tendría que haber mirado a otro lado. No lo hice. Soy débil, no hipócrita. Me flipaban demasiado las vistas.

—¡Me has mentido, idiota!

—Quieta.

Le aparté suavemente el tirante del pijama y retiré el hilo fino que se le había quedado junto al pecho.

No verbalicé que había otras telarañas que preferiría quitarle con la boca y sin testigos. A veces, la madurez consiste únicamente en no decir la obscenidad correcta en el peor momento posible .

Sobre todo cuando no sabes si esa mujer es tu puñetera hermana.

Ella siguió inmóvil.

—Ya está.

—Qué escena tan decadente —murmuró—. Rescatada de un desván y tú despiojándome de arácnidos.

—Solo te estoy quitando porquería.

—Eso siempre empieza así en los documentales de animales y luego acaba alguien montando un nido.

Bufé una risa.

—Cierra el pico. Venga, que te llevo a llenar la tripa.

—¿Adónde? ¿A la cocina? Qué giro de guion tan salvaje.

Me agaché, le pasé un brazo por detrás de las rodillas y otro por la espalda, y la levanté del suelo de una vez.

El gritito que soltó fue puro teatro y sorpresa.

—Puedo andar, ¿sabes?

—Prefiero asegurarme de que llegas sana y salva abajo en lugar de convertirte en un alma errante con la que deba comunicarme por ouija. Las casas pierden valor si hay que contratar a espiritistas.

Eso la hizo reír.

—Como vuelvas a subir ahí sin mí, te encierro en la peluquería de abajo.

—¿Qué peluquería?

—Ya te la enseñaré.

—¡Bájame!

—No.

—Peso más que una mudanza.

—Lo que pesa es la cantidad de gilipolleces que cargas en la cabeza para soltar algo así.

—Tú mismo. Si acabas con ciática, no me hago responsable.

Me echó un brazo al cuello por puro instinto.

Mal movimiento.

O buenísimo, según para quién.

Noté su cuerpo amoldarse al mío con esa facilidad escandalosa con la que ciertas cosas deberían estar prohibidas.

—Te juro que esto no me gusta nada —murmuró con la boca pequeña.

—Se te nota muchísimo.

«Igual que la felicidad que me estira el rabo hasta el ombligo».

—Estoy indignadísima.

—Y bien agarrada.

—Porque, si me suelto mientras bajas, corro el riesgo de partirme la crisma.

La bajé por la escalera principal hasta la cocina sin aflojar el ritmo. Ella llevaba la cara cerca de mi cuello. Podía verle el polvo acumulado sobre las pestañas, el rubor todavía alto en las mejillas y el cuerpo entero empeñado en volverme idiota.

La senté en una silla con más cuidado del que hacía falta.

—Ya está. Sana y salva. De nada por el rescate.

Puse los platos delante y me senté a su lado, no enfrente. Mucho menos de lo prudente. Ella cogió el vaso de agua y bebió hasta el fondo sin respirar. Dejó el vaso con un golpe seco.

—¿Has encontrado algo útil? —Arranqué un trozo de pan.

—Polvo, cajas, fotos sueltas, una muñeca sin cabeza que va a visitarme en sueños y una colección de revistas viejas con señoras de pelo imposible. Todo muy prometedor.

—Lo que merece la pena debe de estar en las cajas del fondo.

La observé pinchar la ensalada de pasta. Parecía más relajada ahora, con ese brillo que se queda cuando el susto baja y el cuerpo empieza a acordarse de otras cosas.

—Mañana, si te ves con espíritu, puedo acompañarte —murmuré—. Te ayudo a revisarlo todo y dejamos de jugar a «encuentra tu posible paternidad entre telarañas».

Levantó los ojos.

—No hace falta. Apenas cabías. Puedo pedírselo a India o a Harley.

—Ya sé que no hace falta. Lo voy a hacer igual. Ellos no podrían bajarte de ahí.

«Ni les dejaría tocarte para hacerlo».

No discutió.

Comimos un momento en silencio. De los buenos. No de esos incómodos donde se te escucha hasta la culpa al masticar. Más bien, de los que se llenan con cubiertos, vasos y el ruido del verano entrando por la ventana.

Vero rompió el aire primero.

—¿Cómo era tu padre? ¿Os parecéis? Me refiero a… ya sabes. ¿Era de esos hombres que entran en una habitación y ya parecen un problema?

Sonreí por la nariz.

—De esos hombres que entraban en una habitación y, si no era un problema, lo montaban en media hora.

Eso le arrancó una sonrisa.

—Era divertido, muy bueno con las manos y un puto seductor. A casi todo el mundo le caía bien. Eso era parte del peligro.

Masticó saboreando.

—Como tú.

Me giré a mirarla.

—Yo no soy así.

—No exactamente igual. Lo tuyo es distinto.

—Ilumíname.

Jugó un poco con el tenedor.

—Tú no llegas haciendo ruido. Llegas y ya está. Como si el sitio se recolocara solo al verte. No necesitas hacerte notar para que te noten.

Joder.

No me esperaba eso.

Mucho menos dicho por ella, con esa cara de estar comentando el tiempo cuando, en realidad, te está metiendo una llave inglesa en el pecho.

Aparté la vista al plato.

—Él era más fácil que yo —admití—. Más luminoso. Más… a su puta bola. Yo salí más seco, supongo. Eso lo heredé de mi madre o de la cabrona de la vida, qué sé yo.

—Tú no eres seco.

Me reí por la nariz.

—Lo soy. Aunque contigo, menos.

La vi notar la frase. No se movió mucho, solo lo justo.

Me serví más agua.

—Fui fruto de mi padre y una historia fugaz con una extranjera —seguí—. Turista. Verano, alcohol, playa, calentón… esas cosas. Nada profundo. O eso pensaba él. Luego no volvió a saber de ella. Hasta que un día apareció un crío con una carta en el umbral de su puerta.

Vero se quedó quieta.

—¿Tu madre te abandonó?

Asentí.

—Según Windy, mi padre abrió y se encontró a un niño callado, una mochila ridícula y una nota que venía a decir algo así como: «Es tuyo. He cumplido durante tres años. Te toca». Más fina, seguramente. Ella jamás contaba las historias sin adornarlas un poco.

—¿Y ya estaba Harley ?

—Harley tenía seis meses. Imagínate el panorama. Un bebé en casa y, de repente, otro crío más que te plantan como si viniera de un sorteo cabrón.

—Ella nunca volvió.

—No.

No hizo falta añadir nada más. Bastaba con eso. La ausencia ya hacía todo el ruido sola.

—¿Nunca se plantearon buscarla y pedirle cuentas?

—No. Mi padre me metió en casa y punto. Windy asumió su otra maternidad como si le hubiera tocado una rareza más del universo Pache.

Supongo que se cagó en sus muertos por dentro unos cuantos días.

Igual, unos cuantos meses. Luego me quiso como si hubiera salido de su tripa o de una maceta, qué sé yo.

—Eso no pasa todos los días.

—No. Fui afortunado.

Bebí un trago.

—Mi padre no tenía una visión especialmente estrecha del amor —seguí—.

Si te soy sincero, siempre me sorprendió que no hubiera más Pache sembrados por el mundo.

Windy lo llevaba bastante bien. Se querían muchísimo.

Había amor, había broncas, había libertad y había unas normas internas que solo entendían ellos. A su manera, funcionaban.

Vero trazó círculos con el borde del vaso.

—Por eso no te extraña lo de mi madre.

No era una pregunta. Era una piedra dejada en mitad de la mesa.

No me hice el loco.

—No —contesté—. No me extrañaría que hubiera tenido algo con Elena.

Se humedeció los labios.

Mi entrepierna dio un brinco y maldije a todos mis ancestros, en concreto, a los de mi padre.

—Cuando vi la pulsera, la carta y la llave, no pensé que se tratara de algo así —murmuró—.

Después empecé a atar cabos, a mirar fechas, a pensar en que fui sietemesina, en que no me parezco a nadie y en que mi madre me mandó aquí con recuerdos que había guardado durante treinta y cuatro años… y ya no sé qué pensar.

Me moví alterado.

—Yo solo sé una cosa.

—¿Cuál?

—Que también necesito saberlo.

El aire cambió.

No se volvió más denso; se volvió más limpio. Como cuando dejas de esquivar una herida y decides meter el dedo de una vez, aunque escueza.

Ella asintió muy despacio.

—He estado mirando laboratorios esta mañana —confesó—. Hay uno que te manda las pruebas a casa. Se hacen aquí, vienen a recogerlas y, en una semana, te dan el resultado. Me refiero a un test de ADN. Ya sabes, para salir de dudas.

Una semana.

Me pareció una eternidad, una condena, un milagro. Todo a la vez.

—¿No hay otra más rápida?

Le salió una risa breve, cansada.

—Lo he mirado a conciencia, créeme.

Bajó la vista al plato.

—También entenderé si no quieres hacerlo.

La corté antes de que terminara.

—Sí quiero.

La frase quedó en el aire cargada de significados que no convenía tocar. Ella lo notó. Yo también. Ninguno hizo el favor de disimular.

Vero dejó el vaso en la mesa.

—No hacía falta que lo decidieras tan rápido.

—Sí hacía falta.

—Podías pensártelo.

—No quiero pensar de más cuando se trata de ti…

«¿Qué coño estás haciendo?».

«Lo de siempre. Cagarla con estilo».

No reculé.

Apoyé los antebrazos en la mesa.

—Hazlo —insistí.

—¿El qué?

—Pide la prueba ya.

Me sostuvo la mirada.

—¿Seguro?

—Vero, me está comiendo la incertidumbre igual que a ti. Cuanto antes lo sepamos, antes dejamos de imaginarnos desgracias.

Ella respiró hondo.

—Ya la he pedido .

Parpadeé.

—¿Qué?

—Esta mañana. Antes de subir al desván. Lo siento. Pensé que, si no querías hacértela tú, podría hacérmela con Harley para salir al menos de la duda, aunque tu consentimiento mola más.

—Qué detalle. Me encanta saber que, para ti, cualquier Pache vale.

Eso sí la hizo soltar una carcajada.

—No seas imbécil.

—Estoy haciendo un esfuerzo titánico por no serlo.

No añadí que yo ya me había imaginado otras cosas. Muy distintas. Con ella. Demasiadas. Y que me convenía saber de una puta vez si estaba deseando a una mujer o cavando mi propia tumba con el árbol genealógico de pala.

Si en una semana aquel test decía que no compartíamos sangre, iba a tener que hacer un esfuerzo muy serio por no tirarla sobre la mesa de la cocina, mandar los tomates a la mierda y besarla hasta que se nos olvidaran los nombres.

Y si decía que sí, me tocaría aprender a vivir con la crueldad exacta que gasta el universo cuando quiere ponerse creativo.

Apoyé una mano en la mesa, cerca de la suya.

No la toqué.

—Y, hasta que llegue el resultado, vas a hacerme un favor.

—Uy. Ya estamos.

—No vuelvas a subir sola a la buhardilla.

—Eso ha sonado a orden.

—Lo es.

—Qué mandón te has puesto desde que me has bajado en brazos. Se te ha subido al ego.

—Se me ha subido otra cosa desde hace días. Y te aseguro que el ego no es.

Abrió mucho los ojos.

Y ahí, justo ahí, supe que lo había dicho. En voz alta. Como un completo hijo de puta. Como un hombre al que la prudencia ya se le estaba yendo a tomar por culo.

Ella dejó el tenedor sobre el plato.

—Brody…

No sonó escandalizada. Sonó tentada, y eso me remató.

Me puse en pie con el plato medio lleno.

—Voy a por más pan. Se ha acabado y la panadería cierra. Acaba sin mí.

Me puse en marcha antes de cometer más estupideces, abrí la puerta y la oí .

—Cobarde.

«No te haces una idea. Espérate a que tenga el resultado y me lo cuentas».