Capítulo 18
Tras la conversación con Vero, volví al taller con la sensación de haberme arrancado una astilla a lo bruto.
Años tragándome aquello, años dejando que el recuerdo de Madrid se quedara donde duelen las cosas que no has terminado de entender y, de pronto, iba yo y se lo soltaba a bocajarro, con la voz más calmada de lo que me sentía por dentro y la decencia justa para pedirle perdón mirándola a la cara.
Milagro número uno del día: me había perdonado.
Y no solo eso. No me había tirado el café hirviendo a la cara, que era una opción bastante razonable, y una que yo mismo habría contemplado en su lugar.
El segundo milagro iba a ser trabajar como una persona capaz después de aquello.
No ocurrió.
Intenté concentrarme en un aparador que tenía a medias para la casa rural de los Escobar, lijé dos tablas, rehíce una unión que no necesitaba rehacerse para pasar cinco minutos mirando una gubia como si fuera a revelarme el sentido de la existencia o, al menos, a explicarme por qué cojones Vero seguía teniendo el mismo poder de descolocarme que cuando yo tenía veinticuatro años y todavía creía que mi vida iba a salir más o menos como la había planeado.
No ayudaba que la imagen que me venía una y otra vez no fuera la de ayer, entrando en su habitación mientras deshacía el equipaje, ni la de ella agarrándome la polla creyendo que yo era el orco de su audiolibro, fruto de un sueño vívido; para vívido, mi rabo al sentir aquella palma caliente .
No.
La imagen que más me jodía era la de esa mañana en la cocina.
Descalza.
Con aquel pijama ridículo de aguacates que apenas podía considerarse ropa y que era ideal para utilizarlo como hilo dental entre mis dientes.
A Vero el tiempo le había sentado de muerte.
Más cuerpo, más curvas, más mujer por todas partes.
Nada de esas figuritas de porcelana que se rompen si las miras fuerte.
Ella tenía carne, cintura, pecho, caderas, culo.
Tenía presencia, justo la que a mí me gustaba, capaz de llenar mis manos, mi boca y mis ganas. Todo al mismo tiempo.
Cojonudo.
Me pasé la mano por la nuca y solté el aire por la nariz.
No me convenía pensar en ella de ese modo.
No solo por el novio, que seguía ahí como una farola mal plantada en mitad del paisaje, sino por la otra posibilidad.
La más cabrona. La que me había estado rascando por dentro desde que supe lo de la pulsera y la llave.
Esa que había abierto una posible verdad tras una puerta que llevaba treinta y cuatro años cerrada.
Mi padre. Su madre. Aquel verano.
La posibilidad de que el viejo hubiera dejado otro hijo por ahí, como quien suelta una propina en la barra de un bar.
Papá podía ser muchas cosas: un buen mecánico, un buen progenitor y un hombre con el concepto de la monogamia bastante abierto de piernas.
Windy, mi madre adoptiva, era otra especie rara. O eras muy moderna o estabas locamente enamorada para aceptar según qué dinámicas sin prender fuego a nada. Ella eligió amarlo con todas las consecuencias. Los demás tuvimos que aprender que su idioma del amor era bastante díscolo.
Seguí trabajando una hora más por puro orgullo. Cuando el reloj se acercó a la una y media, me rendí.
Tenía hambre, calor y la cabeza como una feria ambulante. Así que guardé las herramientas, eché el cerrojo y crucé el patio hacia casa con esa mezcla de resignación y esperanza que tiene uno cuando sabe perfectamente que dentro le espera su problema favorito.
Garfio salió a la carrera.
Yo corrí más rápido.
—Lo siento, colega. Hoy te frotas con una piedra.
Juro que le oí protestar.
La cocina estaba vacía y la casa, en silencio.
¿Habría salido Vero y todavía no había vuelto?
Era una posibilidad.
Abrí la nevera, saqué lo que había: pollo asado de la noche anterior, pasta cocida en un táper para montar una ensalada, tomate aliñado, unas verduras frescas… Lo de siempre. Comida de casa. Sencilla, rica y suficiente para no morirte mientras finges que tu vida está bajo control.
Me marqué una ensalada completa con lo que encontré. La removí en un bol, serví dos platos generosos sin pensarlo y entonces caí en la cuenta de que aquello empezaba a preocuparme. El cuerpo, cogiendo costumbres por libre, siempre era una mala señal.
Esperé un minuto.
Luego, dos.
Mi tripa rugió.
Fue entonces cuando escuché una especie de crujido, lejano, arriba del todo, y me acordé de la buhardilla.
Le había autorizado para mirar entre las cajas.
—¡Vero! —alcé la voz.
Nada.
Fruncí el ceño y me sequé las manos en un trapo. ¿Y si se había tropezado con tanto trasto? ¿Y si se había hecho daño? ¿Y si llevaba un rato tirada ahí arriba por no querer dar la lata?
La idea me cruzó la cabeza y no me gustó un pelo.
Subí al primer piso de dos zancadas, quizá en una.
—¡Vero!
Agucé el oído.
Sonó una especie de gemido.
—¡Mierda!
Fui directo al fondo del pasillo, donde estaba la entrada a la buhardilla. Aquellas escaleras eran como esas de las pelis: tiras de una cuerda y se despliegan. Altas, angostas y de madera. Asomé la cabeza sin subir todavía.
—Vero, por todos los diablos, ¿estás ahí?
Del techo colgaban motas de polvo como si allí arriba llevaran años celebrando una fiesta privada con las pelusas.
—S-sí —escuché el murmullo suave.
Se me aflojó algo en el pecho.
—No me jodas… ¿Te has hecho daño? Espera, que ya subo .
—E-estoy aquí arriba —bajó su voz desde lo alto, más pequeña de lo habitual—. Antes de que me juzgues, quiero dejar claro que subir me pareció una idea excelente.
Nunca había trepado tan rápido.
Me la encontré allí mismo, de pie, sin sangre, sin heridas visibles y con cara de estar negociando su rendición con una escalera.
Estaba rodeada de cajas abiertas, con el pelo recogido a medias, la cara manchada de polvo y una telaraña pegada en un hombro.
Tenía los ojos enormes, entre avergonzados y desafiantes, como si pretendiera mantener el decoro mientras reconocía que la situación era lamentable.
A mí me entraron ganas de reírme y de comérmela a partes iguales.
—¿Se puede saber qué haces ahí plantada como una gárgola?
—Esperar una muerte lenta o un rescate digno. Lo que llegara antes.
Apoyé un hombro en la pared, medio agachado porque, de pie del todo, casi atravesaba el techo.
—Este lugar no es como para subir de excursión con alegría.
—Ya, bueno, yo tenía que mirar entre las cajas y hay muchísimas. Te juro que me sentí orgullosa de mí misma cuando trepé por esa escalera que parece construida por el enemigo.
No pude evitar la sonrisa.
—Subir no fue un problema, ¿eh?
—Subir estaba chupado. Iba motivadísima porque aspiraba a encontrar la verdad sobre mis orígenes.
La bajada ya es otra historia. He mirado hacia abajo y mi alma se ha mudado del cuerpo.
Creo que mi capacidad para andar, también.
Nunca te lo llegué a contar, pero tengo bastante fobia a las escaleras.
Es algo que llevo fatal y no lo puedo controlar.
Me pasé una mano por la barba. Ya no me parecía divertido. Los miedos nunca lo son.
—¿Llevas mucho ahí?
—Lo suficiente como para replantearme mis decisiones vitales, hablar sola y pensar que quizá debería escribirle una carta póstuma a Harley pidiéndole que, si moría, mi espíritu no lo dejara en paz hasta que cerrara la investigación.
—Qué bonito que, incluso al borde del colapso, sigas teniendo fuerzas para darle misiones a mi hermano.
—Una intenta no perder las buenas costumbres.
El hueco era estrecho. El aire olía a madera vieja, polvo, verano y a ella. Por algún motivo, se las arreglaba para oler limpia incluso cubierta de mierda hasta las pestañas.
Le tendí la mano.
—¿Te ayudo para que no te conviertas en el espíritu tocacojones de esta casa?
No la cogió.
Miró mi palma. Luego, la pendiente. Luego, a mí.
—Tengo una duda importante.
—Sorpréndeme.
—Si me caigo y te arrastro en el efecto dominó, ¿morimos los dos o solo yo?
«Si llego a tenerte encima de mí, no será para frenar una caída».
—No pienso dejar que te pase nada mientras estés conmigo, palabra.
—Qué tranquilizador…
Sus labios hicieron un amago de sonrisa temblorosa.
—Venga. Bajo un par de peldaños contigo.
Me sostuvo con la mirada y luego alargó la mano con un suspiro de resignación.
La agarré.
Su palma estaba fría. La mía, no tanto. Tiré despacio para instarla a avanzar y noté cómo apretaba los dedos instintivamente, cuando miró hacia abajo y vio lo empinada que era aquella mierda.
—Joder.
—Mírame a mí.
—No me des órdenes como si fueras un general orco a punto del asedio.
«Ya lo creo que querría asediarte. No precisamente aquí».
—Céntrate y mírame a mí.
Lo hizo.
Mucho mejor eso que verla perder el color de la cara.
—Vas a bajar conmigo delante. Un peldaño cada vez. Sin prisa.
—Fácil para ti, que, si quisieras, estarías ahí abajo de un salto.
—¿Quieres que te baje a hombros?
—No soy un torero ni tenemos que celebrar mi triunfo en una corrida.
«Dame tiempo».
¡Mierda de pensamientos!
«¡Podría ser tu hermana y tiene novio!».
Logré que fuera bajando poco a poco, a su ritmo. A mitad del tercer peldaño se descompuso un poco.
Lo noté en la respiración.
En cómo se le tensó el brazo.
En el modo en que el cuerpo se le fue hacia delante un instante.
No me lo pensé. Subí el peldaño otra vez, le puse la mano libre en la cintura y la acerqué a mí hasta que quedó prácticamente pegada.
—Brody…
—Quietecita.
—No hables así.
—¿Así cómo?
—Como si fueras a… yo qué sé. A domarme.
Bajé la cabeza hasta casi rozarla.
—A ti no hay quien te dome.
Sus labios se entreabrieron apenas.
La escalera era estrecha. Ella estaba encajada entre mis brazos, la barandilla y todas mis malas ideas.
Yo podía sentirle la respiración en el cuello, el calor de las piernas, la blandura gloriosa de sus pechos aplastándose contra mí cada vez que el equilibrio vacilaba.
Un festival para el autocontrol y una masacre para el mío.
—Vamos a hacer una cosa —murmuré.
—Mientras no sea soltarme aquí y fingir que fue un accidente…
—Ni aunque quisiera podría.
Me miró de un modo que me planteé seriamente tumbarla sobre la buhardilla para recordar que la humanidad se fundó gracias a la procreación entre miembros de una misma familia.
¡En el fondo, todos éramos hermanos!
Gruñí para mis adentros.
—Voy a darte la vuelta.
—¿Perdón?
—Así no verás la bajada.
—Eso suena bastante raro.
—No lo será.
«Y yo tendré unas vistas increíbles a tu culo».
«¡Por todos los santos, para ya!».
La giré con cuidado. Su espalda quedó contra mi pecho porque yo también me di la vuelta. Un brazo mío rodeándole la cintura.
—Ahora agárrate a la barandilla con las dos manos y ve bajando. Yo estoy aquí, justo detrás de ti. Si resbalas, no hay impacto.
Y ahí sí.
Ahí fue peor, jodidamente peor .
Porque verla de frente me ponía bruto. Tenerla así, encajada en mí, con el culo apretado a la altura exacta de mis pensamientos menos cívicos, me convirtió en un santo por obligación y en un desgraciado por naturaleza.
—Ni se te ocurra dejarme caer…
—¿Te fías de mí?
No contestó enseguida. La noté tragar saliva.
—Sí.
«Menos mal, porque yo no. Ahora mismo no sé ni lo que te haría. Bueno, sí lo sé».
—Pues bajemos sin prisa.
Lo hicimos.
Yo, marcando el paso. Ella, respirando como si estuviera cruzando un puente colgante sobre el infierno. Cuando al fin puso el pie en el suelo del pasillo, no la solté enseguida.
Y quizá ese fue el verdadero problema: que, cuando por fin la tuve a salvo, seguí sin querer soltarla.