Nunca serás mi romcom Capítulo 17
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Capítulo 17

El problema de ser buena persona es que acabas aceptando favores que luego te restan años de vida.

A mí me tocó hacer de chófer oficial de India y sus tres amigas hasta Conil porque, según mi hermana, si las llevaba yo llegaban seguras y, además, tenían a alguien que cargara con la sombrilla y la nevera.

No podía ser culpable de un futurible cáncer de piel ni de una deshidratación profunda. Argumento irrebatible.

India iba delante. Mi copiloto no oficial, mi dolor de cabeza favorito y la única persona del planeta capaz de pedirme dinero y vacilarme en la misma frase sin que yo la mandara a freír espárragos.

Detrás iban sus secuaces.

Lucía, hija de Lourdes, la farmacéutica, llevaba un chicle en la boca con el que hacía pompas del tamaño de Pakistán, las gafas de sol rosas en la cabeza y esa energía específica de quien nació para meter el dedo en la herida ajena y luego ofrecerte alcohol de noventa para desinfectar.

Carmen iba pegada al móvil con una tranquilidad sospechosa. India la conocía desde infantil, desde una función escolar en la que mi hermana iba de sirena y la otra, de pez globo, y terminaron peleándose por una corona de purpurina. Desde entonces, inseparables.

En medio estaba María, hija del alcalde y de la dueña de la librería.

Era la mejor amiga de India y su alma gemela cuando se trataba de montarse películas donde no las había…

o donde sí, pero todavía no habían estallado.

Se conocieron de pequeñas, porque a Brody le pareció buena idea llevar a nuestra hermana a la s lecturas de cuentos en voz alta que organizaba su madre.

Ahora devoraba romance de hombres lobo, novelas de frutas infieles y cualquier cosa que TikTok e Instagram señalaran como lectura capaz de arruinarte el bolsillo y el sueño en tres capítulos.

Tenía esa cara de niña formal que engañaba a cualquiera y una mente diseñada para el drama, la tensión no resuelta y los finales con gente besándose bajo la lluvia después de haber tomado decisiones espantosas.

Otra amenaza. Solo que esta llevaba el veneno encuadernado, con cantos tintados.

Alba iba en la ventanilla. Su padre era Tomás, el de la ferretería.

Cara de niña fina y boca de asesina silenciosa.

La más peligrosa de las tres porque parecía la más tímida, y los calladitos siempre son los peores.

Una vez se trajo la pistola de clavos de su padre para hacer con India una competición de apuntalar muñecas dentro del armario. Una homicida en potencia.

Llevábamos ocho minutos en carretera y yo ya estaba valorando opciones de fuga.

—Te juro que, como Marta suba otra story llorando por Álvaro, la silencio de todo —dijo María, sacando medio cuerpo entre los asientos.

—No la vas a silenciar —respondió Carmen sin levantar la vista—. La vas a ver entera y luego nos la mandarás diciendo: «Tías, qué pena».

—Porque me da pena y cringe a la vez.

—Es que Marta es un poco pick me —dictaminó Alba.

—Muchísimo —confirmó India—. Le mandó un audio de cuatro minutos.

—Cuatro minutos no es un audio —Lucía reventó la pompa de chicle que iba mascando, haciéndome temer por la integridad de la tapicería—. Eso es un pódcast.

Miré el retrovisor.

—¿Qué es eso de pick me ? ¿Alguien tiene que cogerla y llevarla a alguna parte?

Las cuatro me miraron como si acabara de confesar que no sabía usar una cuchara.

Y estallaron en risas, las muy condenadas.

India me miró con aquella cara de marisavidilla en potencia.

—Harley, de verdad, eres un viejuno.

—¿Qué? No es culpa mía que los adolescentes de ahora os paséis la vida dándole patadas al diccionario o inventando. ¿Me lo cuentas?

—Una que vive para que la elijan —se adelantó María, con esa paciencia de quien disfruta explicando—. En plan: «Yo no soy como las demás».

—Ah —asentí—. Eso les pasa a muchos.

Puse música. Mi lista de Katy Perry mezclada con country y pop británico, porque el coche era mío y me daba la gana. En cuanto sonó The One That Got Away , las cuatro se pusieron a cantar.

Agradecí que no fueran swifties de corazón.

La paz sobrevivió exactamente lo que duró el tema. En cuanto empezó el siguiente, que era de los Beatles, Carmen arrugó la nariz.

—Quita eso, por favor.

—Parece música de padre divorciado —añadió Lucía, que de eso sabía bastante.

—O de hombre que entierra algo en el campo y luego le oculta que tiene una cabaña en el bosque a su mujer —remató Alba.

Cedí.

Pusieron uno de esos temas que se bailan en TikTok y cuya letra era un espanto. No sabía quién cantaba. Solo que sonaba a algo tan inapropiado como pegadizo.

Y eso hizo que la idea de Vero, la de convertir el Bar Baridad en un Bar Coyote a la gaditana, me empezara a rondar otra vez.

Me fui a dormir diciéndome que era una ocurrencia inadecuada de una mujer recién llegada.

Luego me pasé más de media hora dando vueltas en la cama recordando cómo medio bar había revoloteado alrededor de Iker sin que él hiciera absolutamente nada para provocarlo.

Como si llevara un imán cosido a la camiseta.

Como si el cabrón hubiera nacido con un foco encima que fuera con él a todas partes.

El flautista de Hamelín, pero con tabla de surf en vez de flauta.

Y, claro, uno piensa «flauta» y el cerebro, que es un cerdo con recursos ilimitados, decide irse a una zona anatómica muy concreta que no era apta para las menores que parloteaban en el asiento trasero.

«Acho, tío».

—Oye —dijo India de pronto, con esa voz de falsa inocencia que solo usan las hermanas pequeñas con facultades de mentalista—. ¿Iker cuántos años tiene?

Por poco me atraganto con mi propia saliva.

Lucía dejó de mascar.

Carmen levantó la vista del móvil.

Alba inclinó apenas la cabeza.

—Ni idea —dije.

—Mentira —dijo India—. Le pediste los datos para hacerle el contrato.

«Bruja» .

—No es mentira. Se los pasé al gestor sin mirar.

«Y una mierda. Miraste su carné del derecho y del revés. Por poco memorizas el número de expedición».

María se inclinó entre los asientos.

—Pues ayer, en el campamento, no parabas de mirarlo. Te vi desde la playa. No te juzgo, está muy bueno, aunque a mí me van más los hombres lobo o los vampiros milenarios.

Que a una cría de quince años le pareciera que estaba bueno un tío de treinta y uno me pareció preocupante.

—Iker podría ser vuestro padre.

Silencio.

Luego Lucía frunció el ceño.

—Bueno. Tampoco te pases. Mi padre es más mayor.

—A ver, padre no —se sumó Carmen—. Pero por hermano pasa.

—Salvo que no lo es —añadió Alba.

—¿Y? —pregunté, inquieto.

«Nota mental: no hacer trayectos de más de tres minutos con adolescentes, porque te la pueden liar».

María se encogió de hombros.

—Que los de nuestra edad son unos pesados. Todo el rato con el móvil. Dicen bro cada dos palabras. Se creen misteriosos por no responder y dejarte en visto.

—Y haciéndose fotos en el espejo como si alguien se las hubiera pedido —añadió Lucía.

—Los mayores hablan más y tienen mejores abdominales —apuntó Carmen, tan risueña como si estuviera comentando el tiempo.

—Pues yo no tengo —puntualicé.

—Tú sí tienes, solo que escondidos.

Mi hermana, siempre protegiéndome incluso de mí mismo.

—Gracias, pero si no los tengo, no los tengo y no pasa nada. Hay que celebrar la diversidad corporal, e Iker sigue siendo mayor para vosotras.

—Pero no para ti —proclamó Alba, observándome como si supiera algo que las demás no—. Además, es gay. La madre de Lucía lo buscó por internet.

Casi me estampo con uno que no respetó la línea continua.

Solté un improperio. Ellas pegaron un gritito por la maniobra.

Miré al frente. La carretera. El cielo. El mar al fondo. Me pregunté si existía alguna posibilidad de que este viaje acabara antes de que me mataran con sus comentarios.

—Necesito concentrarme. ¿Podéis dejar en paz a mis trabajadores y hablar de vuestras cosas?

—¿No te gusta Iker? —insistió María.

—No.

«Mientes».

—Pues entonces deberías apuntarte a First Dates —sugirió Alba. Menuda cruz de criatura.

—No me voy a apuntar a First Dates .

—¿Por qué no? La madre de Lucía quiere ir —Carmen parecía realmente interesada, y mi hermana me observaba con las cejas alzadas.

—Porque no —zanjé.

—Harley, deberías fluir —comentó India—. Mis amigas tienen razón.

Aniquilé a mi hermana con la mirada.

—¿Fluir?

—Sí. Sin etiquetas, sin presión. Dejarte llevar.

—¿Pero tú me has visto pinta de río o qué? Yo no busco ningún Guadiana. Que aparece, desaparece, se mete bajo tierra tres semanas y luego resurge como si nada en mitad de Extremadura. Ese tipo de fluir me lo ahorro.

Todas se miraron y empezaron a partirse de risa.

«Que si cómo mola tu hermano», «que si qué salidas tiene»… En fin.

Me dejaron en paz el tiempo justo para llegar a Conil.

En cuanto aparqué, salieron disparadas. Bolsas, toallas, cremas, la sombrilla maldita y la nevera.

Las seguí por la arena como un hombre que ya ha aceptado su destino con resignación, las dejé instaladas y esperé a que llegaran al agua para marcarme un chiringuito en toda regla. Me atrincheré en el más cercano.

Pedí una Coca-Cola bien fría y me senté con la espalda contra la pared y el mar delante.

El lugar ideal para hacer inventario de mi vida sentimental.

No tenía mala suerte en el amor, tenía esperanza, que era peor. Porque la esperanza siempre me salía bastante cara.

Mi currículo era lo bastante extenso como para saber que se me resistía el correcto .

Mi primer novio fue un chico de Badajoz.

Me enamoré de él en un curso de hostelería; supongo que influyó que tuviera el mismo acento de mi madre y una voz tan bonita que la primera vez que me dirigió la palabra se me cayó una bandeja.

Duramos cuatro meses. Me dejó porque lo nuestro era «demasiado intenso» y él era uno de esos que querían fluir con un montón de afluentes.

Desde entonces, cada vez que alguien usa esa palabra, me acuerdo del Guadiana y de que algunos ríos no merecen la espera.

Luego vino el de Cádiz.

Prometía bastante. Lo conocí el primer año de carrera en una fiesta.

Era guapo, sexy , tenía los dientes perfectos y ardía solo con mirarlo.

Lo llevábamos bastante bien hasta que se me ocurrió decirle que, además de quedar los fines de semana para empotrarnos en su cama, estaría bien hacer otras cosas.

Como dar paseos, ir al cine o incluso hablar.

No volvimos a quedar.

Mi última relación, la más duradera, terminó hace un par de años.

No hubo tragedia.

Fue uno de mis camareros. Llevábamos tres años currando juntos y cero peleas acumuladas.

Éramos tan compatibles que no hubo un momento exacto en que algo se rompiera.

Un día me di cuenta de que llevábamos semanas hablándonos como dos compañeros de piso sin planes de futuro.

Lo dejamos. Y, además de a mi último novio, perdí a mi mejor camarero, porque se marchó a servir en un crucero.

No lloré mucho, eso fue lo más triste. Que solo doliera un poco.

Me bebí la Coca-Cola mirando el agua.

Vi a India saltar una ola con las otras. Pensé en lo pequeña que era cuando la cogí en brazos por primera vez, con veinte años y una vida que se me había venido encima de repente. Ahora me dejaba sin palabras más de lo que me gustaría.

Ella siempre estaba en el centro del universo. Tanto para Brody como para mí. Los dos orbitábamos a su alrededor y, sin querer pensarlo, pensé en él.

El problema con Iker no era que estuviera bueno. Eso era más que evidente.

Tampoco que trabajase para mí, aunque mi última experiencia en ese terreno no hubiera sido precisamente brillante.

Lo que más me frenaba era otra cosa: que había llegado a Punta Salvaje con el contador puesto. Se iría al final del verano. Su estancia era temporal. Analí me lo había dicho con todas las letras y él también.

No podía encapricharme de un deportista de élite en pausa, sin planes de echar raíces en ningún sitio. Yo quería algo estable. Tenía dos negocios, un campamento que me vaciaba la cartera con una regularidad admirable y un bar que necesitaba algo más que una idea descabellada y un empujón.

Él era de olas grandes, de competición, de gente siguiéndolo a todas partes.

No teníamos nada en común.

Bueno. Casi nada, salvo los cromosomas que determinaban nuestro sexo.

Yo no era uno de esos tíos por los que alguien se gira. Era normalito, delgado y, en conjunto, podría catalogarme de apañado. Dudaba mucho que pudiera despertar en Iker una motivación que fuera más allá de que le pagara la nómina.

Él, en cambio, estaba para memorizarlo de arriba abajo.

Tenía unas manos de la hostia. Por no hablar de la cicatriz de la ceja y de esa hendidura de la barbilla que daban ganas de pasarle la lengua. El tipo de detalles que producían un efecto que prefería no analizar mientras estaba sentado en un chiringuito de Conil.

Pedí otra Coca-Cola.

Y así me pasé casi toda la mañana.

Las chicas comieron bajo la sombrilla y ahí sí que las acompañé.

Cuando se hartaron del mar, fuimos de tiendas.

Dos horas entrando y saliendo de establecimientos cargados de ropa y complementos.

Salí con tres bolsas en la mano que nadie me había pedido que sostuviera y la certeza renovada de que el comercio minorista es una forma muy sofisticada de castigo.

A las cinco y media volvimos al coche.

Carmen, medio dormida. Lucía, con las gominolas. María, leyendo un libro. Alba, mirando el móvil. La música bajita de fondo. India apoyaba la cabeza, satisfecha, en la ventanilla.

Verla así me hacía feliz.

Fui dejando a cada una en su casa.

—Adiós, Harley.

—Gracias, Harley.

—Lo he estado pensando y lo del Guadiana tiene mucho sentido. Yo tampoco busco tío con complejo de río.

—María, bájate del coche.

Cuando por fin me quedé solo con India, bostezó y dijo con los ojos medio cerrados :

—¿Te gusta?

—Soy gay y no me van las niñas, eso sería asqueroso.

—Mi mejor amiga no, tonto. Iker.

—Ya te he dicho que no —mascullé con la boca pequeña.

—Estaba probando a ver si esta vez no me mentías —respondió tan tranquila—. Solo no hagas lo de siempre.

Pero qué lista era la condenada.

—¿Qué es lo de siempre? —Sabía con exactitud cómo picarme.

Giró la cara hacia mí. Tenía sueño, sí. Pero no tanto como para no ver lo obvio.

—Montarte la película tú solo y empezar a sufrir antes de tiempo. Podrías plantearte disfrutar el momento, para variar. Los Pache somos ese tipo de personas a las que les cambia la vida en un instante y sin avisar.

No respondí. Tenía la virtud de dejarme sin palabras.

Apagué el motor. Apreté el volante, mirando la calle vacía.

La muy cabrona siempre tenía razón.

Lo que pasa es que saberlo no servía de una mierda.

Ella bajó diciendo que se iba directa a la ducha.

Yo me froté la cara, solté el volante y me bajé del coche, adelantándola por la derecha.

—Antes voy yo, que curro.

—¡Eh, eso no se vale! ¡Tengo sal y arena en el culo!

—Ya te la sacarás después de arrancar cabelleras, India Pache.

—¡Igual es la tuya!

Intentó atraparme, no lo logró. Llegué al baño antes.

¡Premio!

La ducha era lo primero. El bar, después. Y ya vería qué hacer con el surfista.