Nunca serás mi romcom Capítulo 16
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Capítulo 16

Ninguno parecía dispuesto a mover ficha, así que abrí la boca. Él me adelantó por la derecha.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde que ayer pensé que estaba en mitad de un sueño raro —respondí—.

Cuando apareció un ogro en el umbral de la puerta con la cara del tío al que le dije que me había dejado el corazón en su asiento trasero y después me hizo ghosting .

Llámame perturbada, pero que entraras en mi cuarto, verde radiactivo, con un arma y cara de querer mandarme al Guadalquivir a palazos era como para confundir.

Luego pensé que igual podía ser una coincidencia y que fueras su primo.

«Ojalá. Ojalá hubieras sido su primo y no mi posible medio hermano, porque te metí la lengua hasta la campanilla y no me apetecía nada descubrir que mi vida amorosa competía en un podcast de relaciones turbias narrado por una señora con voz de Gloria Serra».

Él apretó la mandíbula.

No mucho. Lo justo para que se le marcara el músculo y yo entendiera que había tocado hueso.

—No fue un ghosting .

Se pinzó el puente de la nariz, presionó los párpados y el gesto me descolocó un poco. No parecía un tío buscando una excusa, más bien alguien preparándose para abrir una puerta que llevaba bastante atrancada.

—¿Ah, no? —repliqué, cruzándome de brazos con tanta fuerza que me sorprendió no escuchar el crujido del pijama. Rasgadura de pezones—. Perdona. ¿Cómo lo llamas tú? ¿Desintegración espontánea con cobertura cero?

—Vero...

«Mi nombre en su boca...».

¡Qué poca vergüenza tiene el cuerpo! Al mío le bastaba una sílaba dicha con voz grave para ponerse en modo idiota.

Alcé la mano.

—No, no, no, espera. Déjame adivinar. Te abdujeron los extraterrestres que resultaron ser de una chirigota con la que hiciste un viaje a Tailandia para hacerte monje... Algo lógico. Algo coherente. Algo que no sea desaparecer como un cabrón justo antes de...

No terminé la frase. Él dio un paso hacia mí, aunque nos separaba la barra.

No fue un paso amenazante. Fue el paso de alguien que ya no puede decir las cosas desde la distancia.

—Mis padres murieron en un accidente el día que me fui y, de la impresión, se me cayó el móvil por la terraza.

A mí de la impresión se me vació el cuerpo de golpe.

Lo miré y vi que no estaba improvisando nada. No era pose ni coartada. Tampoco el brillo miserable de quien va a maquillarte una mentira. Tenía la cara tensa, la voz baja, los hombros duros. Los ojos... joder, los ojos.

Ahí no había un hombre cubriéndose. Sino justo lo contrario. Mucho más desnudo que ayer.

Me aferré a la taza y no dije nada.

Si alguien sabía lo que era el duelo era yo, que meses después seguía hecha una mierda y eso que había tenido tiempo.

Una enfermedad larga, que me tuvo viendo cómo la vida le iba soltando la mano a mi madre poco a poco, como una cabrona elegante.

Años para hacerme a la idea, para despedirme, aunque despedirse no sirva para un mojón cuando llega el momento de la verdad.

Él no pudo. Recibió una llamada y se le partió la vida en dos de un machetazo.

¡Joder!

Hice cuentas a toda velocidad. Harley debía de tener veintiuno. India apenas un año.

Fue como comerme un spoiler brutal, de esos que te dejan mirando la pared pensando: «ah, vale, pues ahora todo tiene sentido», y encima acabas llorando.

—Dios... —murmuré—. Lo siento muchísimo, Brody.

Él tragó saliva. No apartó la vista de mí, aunque pareció costarle sostenerla.

—Ese día —continuó, más bajo— desperté con una llamada que ojalá no hubiera recibido nunca. Murieron en el acto y yo tenía que volver cuanto antes porque India estaba con una vecina.

Me costó tragar a mí también.

—Yo... —parpadeé—. No... no lo sabía.

Se le escapó una media sonrisa amarga.

—Claro que no. No pude decírtelo, en lo único que podía pensar era en llegar.

Ni siquiera hice las maletas, cogí cuatro cosas, salí cagando leches y me metí en el coche sin saber muy bien cómo.

No podía pensar, conduje completamente roto, con las lágrimas emborronándome la visión.

Recuerdo tramos sueltos del viaje, gasolineras, el volante apretándome las manos, una canción sonando no sé cuántas veces...

cosas así. Fue raro, como si no estuviera del todo dentro de mi cuerpo.

Y, cuando por fin logré centrarme un poco, pensé en lo que había dejado en Madrid.

No me refiero a la ropa, me refiero a ti. Fui a echar mano al móvil y...

—No lo tenías.

Asintió una sola vez.

—No. Se rompió, se me cayó cuando me dieron la noticia. Se hizo añicos igual que mi vida. Tu número estaba guardado en la memoria del teléfono, no en la SIM, así que no sabía cómo localizarte. Tampoco sabía tu apellido. Tenía demasiadas cosas encima, demasiadas, y no quiero que suene a excusa.

Se pasó la mano por la nuca y por un instante dejó de parecer el tío grande, fuerte y capaz de arreglarte media casa con un serrucho y dos clavos. Ahí solo vi a alguien al que nadie le preguntó si podía con todo aquello. Alguien al que le tocó poder porque no quedaba otra.

Mi cabeza empezó a encajar piezas a una velocidad absurda.

Madrid. El silencio. La nada. Su desaparición. Su vuelta al pueblo. Harley. India. La casa. Su futuro. Todo.

—No puedo ni imaginar cómo debió de ser aquello —dije, y me salió más bajo de lo que esperaba—. Tus hermanos... tú...

Soltó aire por la nariz. Se apoyó con una mano en la encimera, sin llegar a sentarse.

—Fue muy jodido. De la noche a la mañana tuve que enterrar a mis padres y hacerme cargo de mis hermanos con veinticuatro años.

Llenar neveras, pagar facturas, hacer de hermano mayor, de padre, de adulto responsable...

todo a la vez. Y te aseguro que no estaba para sostener a nadie, apenas podía mantenerme de pie. No me quedó otra.

Se calló un momento. Miró hacia la ventana de la cocina, luego a una veta de la barra, luego volvió a mí con esfuerzo.

—¿Qué iba a hacer? —preguntó, casi sin voz—.

¿Localizarte? ¿Qué iba a decirte? «Oye, mi vida se ha ido a la mierda, vente conmigo y de paso hundimos la tuya también».

Puede que no nos conociésemos de mucho, pero las semanas que pasamos juntos fueron suficiente para que entendiera que no eres de las que dejan a las personas en la estacada cuando ves que te necesitan.

No, no lo era.

Me mordí el interior de la mejilla.

—Eras muy joven. No podía hacerte algo así, por mucha conexión que hubiera sentido. Habría sido un mierda, un maldito egoísta.

Vale. Hostia. Podía entenderlo y... eso dolió.

No porque sonara mal. Porque sonaba cojonudo.

Porque yo había construido durante trece años una versión de aquella historia en la que él era un cobarde y yo la imbécil a la que dejaron con las ganas, el corazón a medio abrir y cara de payasa.

Era más fácil odiar a un tío que se borra porque sí que aceptar que la vida, a veces, es una cabrona que no te deja ni sitio para despedirte.

Noté algo feo retorciéndome por dentro. Una mezcla rara de alivio y angustia, de comprensión y ganas de volver atrás a pegarme a mí misma por todas las veces que lo llamé capullo en mi cabeza.

—No quise ignorarte —murmuró—. Solo... pensé que lo mejor era darte la vida que merecías. La que yo no podía ofrecer. Sé que te hice daño y lo lamento, no supe hacerlo mejor.

Me aferré a la taza. El café ya estaba tibio, pero lo necesitaba en las manos.

—Yo pensé que... —empecé.

—¿Que te había dejado tirada? —completó él—. ¿Que no me gustabas lo suficiente?

No sonaba a reproche. Sonaba a alguien que llevaba mucho tiempo sabiendo exactamente la clase de hijo de puta que debió de parecerle.

—Sí.

Se pasó la mano por la nuca otra vez, apesadumbrado.

—No fue así.

Ahora lo sabía. Y ahí seguía esa electricidad de mierda que no se va ni aunque la vida te dé un mamporro y te cambie el decorado años después.

—Fueron tres semanas —dije, más bajo—. Tres semanas y luego desapareciste. No podía pensar otra cosa. Pensé que no era suficiente, que te habías dado cuenta de que no era nada y volví a la isla.

Le cambió la cara al escucharlo. Le dolió, le dolió de verdad.

—Para mí no fuiste «nada» —dijo. Luego negó con la cabeza, frustrado consigo mismo—. Joder, no. Eso jamás. Fuiste... —se le quebró un poco la voz, apenas una muesca—. Fuiste todo lo que quería intentar antes de que mi vida se fuera al carajo y no pudo ser.

No supe qué contestar.

Porque no sonaba bonito. Bueno, quizá un poco sí.

Lo repasé como una tonta, intentando no hacerme demasiadas ilusiones con un pasado que seguía teniendo más agujeros que un queso gruyere , pero notando igual el calor subiéndome por el pecho.

—Cuando logré que mi vida se estabilizara —continuó— quise encontrarte.

No voy a mentir, no fue de inmediato. Me costó mucho levantar la cabeza.

India era un bebé y no dejaba de llorar.

Yo la cogía y solo podía pensar que mis padres no iban a volver para verla crecer.

Harley estaba hecho un lío. Y yo me vi vendiéndolo casi todo para no hundirnos del todo.

Hice de mi habilidad para la escultura, para el arte, una profesión menos poética que nos daba de comer.

—Se pasó la lengua por el labio, seco—. Cuando por fin tuve algo de fuerza, localizarte fue bastante más difícil de lo que imaginaba, aunque sabía que te debía una disculpa muy bestia.

Yo no dije nada, me daba miedo abrir la boca y que se me colara algo blando.

—No podía pedir tu número en un trabajo que también dejé de la noche a la mañana. Dudo mucho que me lo hubieran dado, y aunque lo hubiese conseguido... pensé que me habrías bloqueado. Yo lo habría hecho. —Bajó la mirada, casi avergonzado—. Así que hice algo un poco ridículo.

—¿Qué hiciste?

Ahí sí levantó la vista, con un gesto raro, medio resignado, medio consciente de que iba a quedar como un perturbado.

—Un dibujo.

Parpadeé.

—¿Cómo?

—Un dibujo tuyo. De memoria. Lo subí al buscador de Google junto a tu nombre y el de tu isla, sin demasiadas esperanzas porque no tenía nada más. Estuve semanas probando cosas, buscando mal, seguramente, hasta que me salió una foto tuya.

No sé por qué, de todas las cosas que me había dicho, esa fue la que más me alucinó.

—Había dado contigo —continuó— y ya era tarde. Estabas sonriendo, al lado de un chico. Era de tu Instagram, quedaba bastante claro por el texto que era tu novio, un futuro médico. Se os veía bien juntos, no le encontré sentido a insistir.

«Adrián...».

Pensar en él en estas circunstancias hizo que me sintiera mal.

Se encogió de hombros, aunque el gesto no tenía nada de ligero.

—La vida pasó.

Asentí con un nudo feo en el pecho.

—Sí. —Me pasé una mano por el pelo, nerviosa—. Menuda puta mierda, ¿eh?

Se le escapó una risa breve, pequeña, de puro agotamiento.

—Bastante.

—O sea —continué, hablando rápido otra vez porque mi sistema nervioso no conocía otra forma de sobrevivir—, que yo llevo trece años pensando que eras un capullo integral y resulta que te acababa de caer la hostia más grande del universo.

—Más o menos. Yo llevo trece años pensando que te debía una explicación.

—Pues ya la tengo. Y aquí estamos. Tú con una camiseta que te sienta de muerte y yo con un pijama de aguacates que se me ha quedado chico. Todo muy digno.

La comisura de su boca se movió apenas.

—Te queda bien.

Parpadeé.

Me entró calor de golpe. Qué rabia me daba que todavía pudiera pasarme eso.

—Demasiada carne a la vista, ¿no? —tiré de uno de los pocos comentarios que había logrado registrar antes de que me estallara la cabeza.

Él me sostuvo la mirada sin apartarla.

—La carne en tu cuerpo es vicio.

No lo dijo en tono baboso. No como una frase de barra de bar ni como un tío que te suelta algo para quedar de campeón. Lo dijo como si fuera una verdad absoluta. Una evidente para él. Y eso me dio más vergüenza todavía.

Bajé la vista hacia mis muslos, inútilmente.

—Ah. Sí, ya bueno. Aunque no me quedara bien es lo que hay. Soy de comer y a las penas... lasaña.

—Menudo imbécil soy... Al final Harley va a tener razón, no te he puesto el desayuno y tienes que estar desmayada.

Se dio la vuelta y se puso a servírmelo, y a mí se me removió algo dentro con una violencia absurda.

Porque ahí estaba, el mismo chico al que le di mi corazón. El puto chico de Madrid. En su cocina poniéndome comida en un plato. Como si los años que llevábamos sin vernos no hubieran sido una pared, sino una curva larguísima que nos había devuelto, magullados y todo, al mismo punto.

Cuando dejó el plato delante de mí se me secó la boca, no por lo que había en él, sino por sus manos.

Grandes, con cicatrices diminutas. Las reconocí antes de querer reconocerlas.

Mi imaginación, que es una cerda sin escrúpulos, las llevó a mis mejillas. Luego al cuello y a mis tetas. Abrí la boca con ganas de que la llenara con la suya.

—Sigues hablando igual de rápido cuando te pones nerviosa —apuntó.

—Y tú sigues teniendo esa manía de mirarme como si supieras cosas que yo no —repliqué.

—Quizá las sé.

Solté una risa nasal.

—Lo dudo. No sabes nada, porque ni yo sé quién coño soy.

Eso lo dejó callado un momento.

—Ya, sí, sobre eso... Si quieres, arriba hay una buhardilla llena de polvo y documentos de mi padre. Quizá encontremos alguna respuesta.

—Quizá.

—Estás en tu casa, en la de Elena. La puerta siempre está abierta porque aquí nunca pasa nada, así que puedes salir y entrar cuando quieras.

—Está bien saberlo. Echaré el pestillo de mi cuarto por si le da por entrar a un caníbal en serie mientras duermo. Ya sabes... por lo de la carne viciosa.

«Qué creativa, Vero. Nobel de literatura a la estupidez improvisada».

Brody volvió a sonreír.

No una sonrisa grande. Algo pequeño. Casi íntimo.

—Haces bien, eres la hostia de apetecible como para no hincarte el diente.

«¡Ay, Dios mío! ¡Orcando, devórame ahora mismo!».

Me pegó otro de esos repasos lentos, de arriba abajo, y yo con una sola plegaria en el cerebro:

«Por favor, no seas mi hermano. Por favor. Por favor».

¿Venderían tests de ADN en la farmacia?

Iba a acercarme en cuanto me quitara las legañas.

—Nos vemos luego. Estaré cruzando el patio, en el taller, por si me necesitas.

«Llevo necesitándote toda la vida».

Asentí y no añadí nada más por si acaso.

Solo lo miré marcharse y entendí algo que llevaba años fingiendo no saber.

Aunque lo hubiera intentado con todas mis fuerzas. Aunque hubiera seguido adelante. Aunque hubiera llenado el hueco con rutina, trabajo, un novio correcto y todos los «esto es lo que toca» del mundo.

Nunca lo había hecho.