Nunca serás mi romcom Capítulo 15
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Capítulo 15

Me desperté antes de que sonara ninguna alarma.

Milagro nivel: me hago runner y me paso al matcha . Que no iba a pasar, conste, pero el hecho en sí ya merecía un reconocimiento oficial.

Llevaba meses despertándome justo cuando el despertador lo decidía, sin un minuto de margen, como si mi cuerpo hubiera firmado un contrato laboral con el sueño y respetara los turnos con la puntualidad de quien no tiene otra cosa que ofrecer.

Ahora me había despertado sola, antes de hora, y lo más desconcertante era que no me sentía aplastada.

Me detuve, calibrando esa rareza.

Voces. Eso era. Algo se movía en la casa con una familiaridad que no tenía nada que ver con espíritus ni con los crujidos normales de los edificios viejos.

Eran los Pache, que al parecer funcionaban a un volumen de siete de la mañana que en mi piso de La Palma habría constituido una denuncia al presidente de la comunidad.

«Brody no puede ser tu hermano».

Vero, mueve ese culazo ahí abajo y aclara las cosas de una maldita vez.

Abrí un ojo. Luego el otro. Me incorporé poco a poco, con el pelo en modo nido de urraca y el pijama haciendo lo que podía por cubrir lo que había que cubrir, que era mucho para tan poca tela, la verdad.

Salí al pasillo.

La luz de la mañana entraba por la ventana del fondo, iluminando todo lo justo para que pareciera bonito y un poco sospechoso, como esas fotos de casas en venta donde ocultan los defectos con ángulos estratégicos y mucha planta de interior.

Avancé despacio y me topé con los remos colgados en la pared.

Me quedé mirándolos. Luego alargué la mano y acaricié uno por la parte más ancha.

«Quita las manos de ahí, pervertida, que igual esa zona ha rozado un huevo de tu posible medio hermano».

Retiré la palma como si me hubiera dado calambre.

—De verdad, Verónica, qué asco das a veces —murmuré.

Seguí caminando hasta que me planté delante de las escaleras y ahí me paré.

Porque sí, tengo batmofobia, y no, no es miedo a Batman ni a los tíos que van con capas salvando Gotham mientras tú estás en pijama comiendo galletas, por si te lo estabas planteando.

Es miedo a las escaleras. No a unas concretas, eso habría sido más manejable. A todas.

Mi cerebro, que es un cabrón, cada vez que me planto delante de una decide montar un debate interno digno de un programa de tertulia política en horario de máxima audiencia.

No era un «uy, qué pereza» contra un «venga, tira». Era más bien:

«Baja normal, como una persona adulta que tiene treinta y cuatro años».

«¿Normal? ¿Te has fijado en la inclinación? Eso es una trampa mortal».

«Son doce escalones».

«Doce oportunidades de morir».

«No seas dramática».

«Dile eso a la gente que se cae y se parte el cuello, o la cadera, en las zonas comunes de un edificio cualquiera».

—Venga, Verónica —susurré, agarrándome a la barandilla como quien firma un contrato de supervivencia—. Que no es el Everest. Son doce escalones. Do-ce.

Levanté un pie, lo apoyé, nada explotó.

—Uno. —Los nudillos blancos—. Dos. Tres.

Aquello estaba siendo tremendamente fácil.

«Pues claro, idiota, solo tienes que caminar».

—Cuatro.

La rodilla me tembló.

—Vale, ahora sí entramos en terreno hostil.

Cinco.

—Si sobrevivo a esto, dejo la lasaña y me paso a la col.

Seis.

—Mentira, no la dejo ni de coña. Pero lo pienso muy fuerte.

Siete.

—¿Quién diseñó esto? ¿Un psicópata con estudios de arquitectura?

Ocho.

—No mires abajo. No. Mires. Abajo.

Miré.

—Genial, Vero. Premio a la inteligencia visual.

Nueve.

—Si me caigo y muero, que alguien borre el lugar del suceso en mi historial de búsquedas.

Diez.

—Estoy sudando. ¿Por qué estoy sudando? Solo estoy bajando escaleras. Es-ca-le-ras.

Once.

—Un paso más y soy oficialmente una heroína.

Doce.

Apoyé el pie en el suelo y solté el aire con la honestidad de quien acaba de hacer algo que nadie le va a aplaudir pero que sabe perfectamente lo que costó.

Sigo viva.

Levanté la cabeza y di un par de pasos más por inercia, y fue entonces cuando llegué a la cocina y lo vi.

Orcando. Desteñido, sí, pero Orcando, al fin y al cabo, apoyado en la encimera con una taza en la mano y el pelo húmedo todavía de la ducha, con una camiseta azul que debería quedarle holgada si no fuera porque alguien con criterio muy específico le había esculpido el cuerpo así y no tenía ninguna intención de disculparse por ello.

Cero verde. Cero desnudo. Cero remo en la mano.

Peor, porque de su color estaba jodidamente guapo.

Mi cerebro conectó con mi útero e hizo cortocircuito. Una chispa, humo y a tomar por culo el sistema operativo.

No puedes. Podría ser tu hermano.

«Lo sé».

«¿Lo sabes?».

«Sí».

«¿Y?».

«¡Y que alguien me traiga un cubo de agua fría, por favor!».

Brody me miraba. Yo logré reaccionar más o menos cuando India dijo algo sobre que enseñaba un poco el culo y que a su hermano le molestaba ver carne, que venía siendo la frase con la que menos me apetecía que me recibiera una cocina un sábado por la mañana.

El calor me subió a las mejillas y miré hacia abajo con disimulo de emergencia.

Por favor, que no se me haya salido una teta.

Todo en orden. Relativo, pero en orden.

Hubo algo de short , algo de mi pijama, algo de una discusión sobre la moda y los criterios del siglo pasado, y yo respondí por puro instinto sin procesar, porque mi cabeza seguía en otro sitio.

Los últimos ocho meses me había despertado sola todos los días.

En silencio. Y ahora esto parecía Gran Hermano edición Punta Salvaje y yo no había leído las bases de la convocatoria.

Cuando quise darme cuenta, tenía un café entre las manos, Harley e India habían desaparecido por la puerta principal con la velocidad de quien tiene un plan y no quiere que nadie lo discuta, y lo único que me había quedado claro antes de que cerraran era que mi jefe había puesto al corriente a su hermano sobre lo que había motivado mi incursión en el pueblo.

Ah, y la petición de que no me asustara.

Lo cual significaba que Brody sabía por qué estaba en su casa.

Lo que no sabía era que yo sabía quién era. Dos días con ese dato flotando entre nosotros como un globo que ninguno quería pinchar y demasiados «sabías» para una conversación que, a las ocho de la mañana, en pijama de aguacates, era excesivo.

La verdad me pesaba más que las tetas sin sujetador, y eso ya era decir.

Lo miré.

Me miró.

Y, sin sopesarlo, sin ensayarlo, sin darme tiempo a filtrar, entoné un «ha llegado el momento, no lo postergues más o se va a necrosar».

Así que abrí la boca:

—Soy la chica de Madrid —dije.

—Soy el tío del Uber —dijo él.

Lo dijimos al mismo tiempo, como un equipo de verdades sincronizadas.

Abrimos los ojos con sorpresa.

Porque habíamos pensado lo mismo aunque lo hubiéramos vestido con palabras distintas.

Y porque no hubo sorpresa, solo ese reconocimiento incómodo de algo que los dos sabíamos desde el primer segundo y que, por algún motivo que ninguno iba a admitir en voz alta, dejamos crecer.

Los dos sabíamos que no iba a resolverse solo. Los dos hicimos como que no .

No podía.

Trece años comprimidos en una cocina que olía a café.

¿Y ahora qué?