Capítulo 14
Freía huevos a las siete y media de la mañana después de haber dormido una mierda.
No era ninguna novedad. Llevaba años levantándome antes de que el pueblo terminara de desperezarse, poniendo la sartén, sacando el pan, haciendo el café de Harley con la leche caliente y los dos azúcares que se tomaba como si fueran medicación prescrita.
No porque me apasionara ejercer de madre, sino porque era lo que había.
Cuando la vida te pega el hachazo antes de los veinticinco y de repente hay dos personas que dependen de ti, te agarras a lo que puedes.
Harley se agarró al mal humor de haberse quedado huérfano con veintiuno.
India, a crecer con dos hermanos que a ratos parecíamos sus padres y a ratos dos completos idiotas.
Yo aprendí a hacer los mejores desayunos de Punta Salvaje.
Y así llevábamos años.
Puse los huevos en la sartén mientras el sol entraba por la ventana que daba al fregadero.
Saqué el jamón de York que India escondía detrás de los yogures, como si eso fuera a impedir que Harley o yo lo encontráramos en mitad de una gusa.
Oí pasos en el pasillo. El crujido del tercer peldaño, que siempre delataba a Harley.
Apareció en la cocina, el pelo aplastado por un lado y los ojos del hombre que ha perdido la batalla del sueño y ha decidido no pasar el duelo correspondiente.
Fue directo a su café, sacó la leche, echó los dos azúcares sin mirar y lo removió.
Cuatro veces exactas. Siempre cuatro. Después metió el dedo del medio para comprobar la temperatura.
—Algún día te vas a abrasar —dije.
Lo sacó, lo chupó y me dedicó una peineta.
—Y algún día tú dejarás de ser un exagerado. Pero mira, aquí seguimos los dos.
Se apoyó en la encimera y le dio el primer sorbo con los ojos todavía medio cerrados.
—Acho, tío...
Treinta y cuatro años. Nacido en Cádiz, y esa expresión no se la había quitado ni el salitre, ni el tiempo, ni una cantidad razonable de agua caliente.
Era de su madre, que era de Badajoz, y se le había quedado pegada al paladar.
Cada vez que se la oía, por mucho que me riera de él, me hacía un poco de gracia.
Era como escuchar a Windy asomarse por la cocina.
—¿Qué tal anoche? —pregunté, sin apartarme del fuego.
—Como siempre. Un francés empeñado en pedirme «una copa de fino muy fino»... Lo de siempre.
—¿Y el nuevo fichaje? —pregunté con la boca pequeña.
—Viva. Para ser su segundo día y no haber puesto un rebujito en la vida, nada mal.
Resoplé y les di la vuelta a los huevos.
Harley se quedó callado. Dándole vueltas al café otra vez con el dedo, como si no acabara de fiarse ni de su propia taza. Su silencio solía significar que estaba valorando si le apetecía meterse en el barro antes de las ocho de la mañana.
—¿Tú qué tal con los encargos? —preguntó al final—. ¿Ya se te ha pasado el mosqueo de ayer? He visto que ya no te queda rastro de pintura.
Solté la espátula en el borde de la sartén y me giré.
—Sabes que no fue eso lo que más me enfadó.
Su cara hizo una cosa entre resignarse y hacerse el muerto.
—Ya te dije que sentía haberme olvidado de avisar. Necesitaba una camarera con urgencia, Vero apareció, necesitaba ayuda. Y tiene la pulsera.
—¿Cuál? ¿La del resort Pache que le da derecho al todo incluido?
—Mira que eres gilipollas cuando quieres. Me refiero a la de papá.
Se me borró la media sonrisa.
—Harley, no bromees con estas mierdas...
—Siéntate.
—Estoy bien de pie.
—Brody.. .
Apagué el fuego y me senté.
Lo que me contó tardó menos de cinco minutos en salir de su boca, porque mi hermano hacía honor al apellido y, cuando le daba la gana, hablaba como los indios. Mi cerebro ya se encargaba de rellenar lo que él se dejaba por el camino.
La carta de la madre. La llave. La dirección de esta casa.
La pulsera. La búsqueda. Miraba la mesa, el grano de la madera, una mancha vieja de grasa que llevaba ahí desde que papá apoyó las manos tras su última reparación, esa que les costó la vida en una curva.
Nadie la limpió nunca. Algunas cosas se quedan y ya está.
Cuando terminó, levanté la vista hacia el pasillo.
En la pared del fondo había un cuadro. Una foto enmarcada, pequeña, con los colores algo apagados por el tiempo: tres chavales jóvenes, morenos de sol, con pinta de haber dormido poco y reído mucho.
Mi padre en el centro, con veintipocos, con una sonrisa que todavía mostraba de adulto y que ahora reconocía en la cara de India porque la había heredado.
Mi padre hablaba de la casa como si fuera un miembro más de la familia, sobre todo cuando éramos pequeños.
De cómo llegaron a ella. De cómo la levantaron entre él y sus dos colegas.
De las risas, las hogueras, los veranos y de que cada uno tenía una llave.
Para él, aquel sitio siempre sería su hogar.
Y, además de los socios fundadores, como los llamaba, había una mujer.
Una desconocida que se ganó su amistad, la llave y el corazón del grupo aquel verano. Elena.
Cuando llevaba un par de cervezas, en ocasiones, hablaba de ella. De la hoguera, de lo guapa que era, de lo perdida que estaba, y Windy lo miraba de una forma rara cuando salía el tema. No del todo celosa, sino como quien recuerda algo que vivió demasiado cerca como para necesitar explicaciones.
—Vero está convencida —siguió Harley— de que uno de esos hombres es su padre, lo cual podría significar...
Me había llevado el café a los labios.
Lo escupí a lo bestia.
—¿¡Cómo!?
—Joder, Brody, avisa.
Harley se miró la camiseta. Una de las gotas le había impactado en el brazo.
—¿¡Que avise!? ¡Avisa tú antes de soltarme eso mientras desayuno!
—Tomarte un café no puede considerarse desayunar —replicó imitando mi voz, porque esa era una de mis frases más repetidas.
—Harley, qué cojones acabas de sugerir.. .
Alzó las manos.
—Es sietemesina, ¿vale? No se parece a su padre ni a nadie de la familia. Elena le dejó la llave, la carta, la pulsera... y Vero piensa que su madre pudo querer que averiguara sus orígenes de verdad. Que pudo acostarse con uno de ellos. O con los tres. Ya sabes cómo eran y cómo van los cálculos.
Me cagué en la puta por dentro. O quizá en voz alta. Tampoco lo tengo claro.
Primero el universo me había devuelto a Vero pintado de verde, con un remo tapándome la polla mientras ella escuchaba un audiolibro guarro. Y ahora, por si el chiste no había quedado claro, me añadía esta mierda.
Ahí arriba debía de haber alguien muy cabrón con horas muertas y una afición enfermiza por tocarme los cojones.
Me apoyé en la encimera y cerré los ojos. Solo uno; más tiempo ya era concederle al destino una carcajada en la cara.
—¿Y no pensaste —dije lentamente— que esto era información urgente?
—Ayer la urgencia era que dejaras de parecer un lagarto radiactivo y no le arrancaras la cabeza a la nueva antes del primer turno.
—¡Según lo que acabas de contarme, Vero puede ser nuestra medio hermana!
Harley apretó los labios.
—No te pongas dramático. A ti te dejaron en la puerta y nadie te preguntó nada.
—No me pongo de ningún modo. Solo reacciono ante la obviedad de que mi hermano ha tenido a bien guardarse durante veinticuatro horas una información que afecta directamente a esta casa, a esta familia y, por desgracia, a mi estabilidad mental.
Por primera vez en la mañana me miró con pesar.
—Lo siento, de verdad. Necesitaba ayuda, apareció y venía con la llave y la pulsera. Ya sabes lo que dijo papá al respecto: la puerta de esta casa no se cierra a ninguno de los que tienen llave ni a los suyos. No tenía dónde quedarse, así que... me salió traerla.
—Eres imbécil.
—Eso dices siempre.
—Y poco precavido.
—Puede.
Iba a añadir algo más cuando sonaron pasos bajando la escalera. Pasos de India, que tenían ese ritmo específico de las adolescentes que no tienen ninguna prisa y todo el tiempo del mundo para tocarte los huevos.
Apareció en la cocina con un short tan diminuto que la primera palabra que me vino a la cabeza fue una, y la segunda también. Y las dos eran la misma.
La miré atragantándome con mi propio corazón.
—¿Eso son unas bragas? Dime que se te ha olvidado ponerte el pantalón.
India se paró y bufó.
—Es un short .
—Pues se te ha quedado pequeño. Habrá que ir a comprar ropa.
—La talla es perfecta. Me llegó la semana pasada. La moda es esta.
—¿La moda es enseñar media nalga?
—La moda no es llevar un burka.
—De un burka a esa miseria van tres pantalones, dos blusas y cinco faldas. ¿Qué les pasa a los fabricantes de ropa?
Se sirvió zumo como si la conversación no fuera con ella.
—El textil es la industria que más contamina, estos son reciclados. Además, la moda es una forma de expresión y mis nalgas son mías.
—Mientras vivas en mi casa, mi corazón preventivamente infartado también cuenta y esas nalgas también son asunto mío. Te cambié los pañales durante un año y medio, por no hablar de que te enseñé a limpiarte el culo.
—Nunca hagas nada esperando algo a cambio. Tus años de cambiapañales no te garantizan que yo haga lo mismo en un futuro.
Harley se rio por lo bajo. India era su debilidad. Bueno, la de los dos.
—Pues debería contar.
Vació el vaso en un santiamén y yo le serví las tostadas con los huevos.
—¿Tú no vas a decirle nada? —refunfuñé, acuchillando con los ojos a mi hermano.
—Va a la playa. Eso le va a durar menos que nada.
Ella le estampó un beso sonoro en la mejilla.
—Así no vas a ningún sitio —asumí, plantándole el plato delante.
—Voy exactamente así a Conil.
—Si quieres ir, te cambias.
India no era capaz de entender que tenía un físico muy llamativo y que algunos tíos son gilipollas.
—No me lo cambio.
—India.
—Brody. —Me señaló con el vaso vacío—. Relájate. Las chicas llevan shorts desde los sesenta.
—Ha llovido tanto desde entonces que los tuyos se han encogido más de la cuenta.
Cogí mi tostada y ella le dio un bocado sin preguntar, en lugar de comerse las suyas. Se recogió el pelo con una goma como si la conversación hubiera terminado porque sí.
—Para tu información, me lo pedí en mi última cesta de Shein —añadió, mascando—. Esa que tú pagaste con la tarjeta.
—Pues voy a empezar a supervisar tu ropa y tus libros. En dos semanas estarás leyendo La Regenta y con pantalones por los tobillos.
—¿Por qué no supervisas tu gusto en mujeres en lugar de mi carrito? A ti lo que te hace falta es una novia. Te acercas a los cuarenta y estás aburrido.
Harley soltó el aire por la nariz. No exactamente una risa, pero en el mismo dialecto.
Fue entonces cuando se oyeron pasos nuevos en la escalera. Más lentos. Con el ritmo de alguien que acaba de despertarse y baja porque le ha llegado el olor del café o el ruido del caos, que en esta casa venía a ser lo mismo.
Vero apareció en el umbral con ojos de sueño y el pelo aplastado por un lado, frotándose un ojo, y con un pijama de aguacates tan pequeño que el pantalón le llegaba bastante por encima de medio muslo y la camiseta enseñaba un trozo de tripa sin ninguna intención de volver a su sitio.
India la vio y sonrió como si acabara de encontrar una prueba judicial.
—¡Lo ves!
Vero parpadeó, todavía aterrizando.
«Ya lo creo que la veo. Demasiado bien».
—¿El qué? —preguntó.
—Tu pijama. También enseñas un poco el culo. Mi hermano está anticuado y le molesta ver carne.
«Si es la tuya, no me molesta una mierda», pensé mirando a Vero, y ese era precisamente el problema.
Ella bajó la vista, procesó la información con la lentitud de quien sigue a medio camino entre la cama y la realidad, y tiró del bajo del pantalón con las dos manos. El pantalón volvió a su sitio exacto en cuanto lo soltó.
—Se me ha quedado pequeño —murmuró con pesar—. Últimamente me ha dado por comer mucho.
Se me escapó antes de pensarlo.
—¡Lo ves!
Vero levantó la cabeza hacia mí. Medio colorada, medio ofendida, con la marca de la almohada todavía en la mejilla y una maraña de pelo sobre el hombro.
El conjunto no debería haberme excitado ni un milímetro, su aspecto no debería haberme afectado en absoluto, pero mi cuerpo seguía con su criterio habitual de adolescente con fiebre y la escaneó a voluntad.
Aparté la vista.
—No iba por ti —me excusé, carraspeando.
—¡Haya paz! —Harley dejó la taza en la pila—. Vero, come algo y descansa, que hoy tienes el día libre. India, tira, que tenemos que llegar a Conil antes de que se llenen las playas buenas y todavía falta hacer la ruta para recoger a tus amigas. Ya te pillaré otro short por ahí.
Mi hermano la cogió por los hombros e hizo que nuestra posible medio hermana ocupara su banqueta.
—Soy el chófer oficial —le explicó a Vero, mientras yo me ocupaba de llenarle una taza de café.
—Yo de eso tengo un máster. Si queréis, puedo conducir yo.
—Tú descansa. Esta noche te necesito entera en el bar. Y de paso puedes pedirle ayuda al gigante gruñón con tu búsqueda. Lo he puesto al día sobre el pequeño misterio que has venido a indagar.
India frunció el ceño.
—¿Qué misterio?
—Tira, pesada —la empujó mi hermano.
—¿Qué misterio, Harley? —insistió.
—Uno que no es tuyo todavía. Venga, o no me da tiempo a hacer la ruta y recoger a tus amigas.
—En esta casa se esconden demasiadas cosas.
—Demasiadas cosas, excepto tus nalgas. ¡Ponte crema o tendrás que sentarte en un flotador! —le ordené.
Ella me lanzó un beso, le dijo algo al oído a Vero y se llevó otra tostada para el camino, colgándose la bolsa de playa al hombro.
Harley agarró las llaves y, antes de salir, se volvió hacia mí para señalarme con el dedo.
—No la asustes.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no. Con esa cara tuya, o te sale un papel para una peli de terror o a ella cinco contracturas.
La puerta principal se cerró y la casa se quedó en silencio.
Sin Harley refunfuñando junto a la cafetera. Sin India metiéndose con todo lo que decía. Sin excusas.
Solo la cocina, el café humeando, las tostadas a medias y Vero. Y yo. A solas.
«Joder...».