Capítulo 13 #2
Todos decían que tenía instinto animal, que mi alma era de pez.
Si veía una pared seria, pensaba en la línea, en el timing , en el subidón. No en el fondo, nunca en el impacto, jamás en la posibilidad de que una serie te metiera debajo y te dejara allí el tiempo suficiente para que el cuerpo empezara a hacer cuentas que nadie quiere hacer.
Ahora sabía que incluso los que nos creemos con la posibilidad de ser leyenda podemos terminar bajo una de ellas.
Sabía lo cabrón que podía ponerse el mar cuando decidía recordarte que no eras nadie.
Lo que pesaba el agua cuando no acariciaba, sino aplastaba.
Lo eterno que podía volverse un segundo sin oxígeno.
Lo fácil que era pasar de querer ser el tío más recordado de la historia del surf a debatirte entre la vida y la muerte con un tío sacándote del infierno en moto de agua.
Nunca quise ser uno más.
Eso lo había dicho mil veces y con toda la soberbia del mundo.
Si algún día iba a convertirme en un tío correcto con la tabla atada al tobillo, a pillar olitas sin alma, a sonreír para la foto y decir que lo importante era participar, lo dejaba.
Para eso no me había partido el cuerpo. Para eso no había salido de Zarautz ni me había comido aeropuertos, neoprenos húmedos y entrevistas con gente que pronunciaba mal mi apellido.
Yo quería ser Iker Echevarría Landa, el Dios de Zarautz.
Poseidón tenía un sentido del humor bastante hijo de puta: tuvo que escuchar a los comentaristas porque decidió quitarme la corona y darme un zasca en toda la boca, demostrarme quién era de verdad el puto dios con una lección que no olvidaría en la vida.
Ahora me pasaba los días preguntándome si no había quedado reducido exactamente a eso que más había despreciado. Un tío con nombre, con vídeos, con pasado y acojonado.
Miedo, qué palabra de mierda.
Mi aita nunca la usaba. Mi fisio tampoco. Los sponsors , menos. Ellos hablaban de tiempos, de plazos, de reconectar, de no perder el año, de la narrativa del regreso. Qué bonito todo cuando el pecho que se cierra es el del otro .
Por eso me había largado a la otra punta de la península en cuanto pude. Mi pueblo se me había quedado pequeño de preguntas, de caras conocidas, de gente que me quería bien, pero me miraba raro, como si estar vivo tuviera que bastarme.
En Punta Salvaje podía fingir que estaba allí por el campamento, por el verano, por los críos. Que enseñar a chavales a amar el agua era una parada táctica y no un escondite con vistas.
«Mírame a mí, no a la ola».
«Respira primero».
«No te pongas duro, joder, que así es peor».
Con los niños no me costaba. Con ellos seguía saliéndome el Iker bueno. El de antes, el que todavía sabía darle a alguien confianza sin preguntarse si a él le quedaba suficiente.
Unas risitas a mis espaldas me devolvieron al presente.
Me giré despacio.
Cuatro chicas, veintitantos, moreno de playa, móviles en ristre. La más lanzada llegó primero.
—Perdona, ¿eres Iker Echevarría?
La tentación de decir «no, soy su primo el feo» me duró medio segundo.
—Depende de para qué y para quién.
Se rieron. Menos tensión. Coquetear se me daba bien, aunque las tías no me pusieran nada.
Nunca me había escondido en el armario; por muchas hostias que me hubieran calzado, siempre me declaré abiertamente gay.
Y eso, lejos de motivar a las mujeres, parecía atraerlas más; me convertían en un puto reto.
—Te hemos reconocido. Estuvimos en Peniche el año pasado y te vimos surfear.
—Y te seguimos en Instagram —añadió otra desde detrás—. Las cuatro.
—Qué honor —dije, llevándome la cerveza a la boca.
No era el típico capullo con la gente que se acercaba así.
Primero, porque yo también había estado ahí admirando a los mejores.
Segundo, porque bastante mierda circulaba ya por el mundo como para ir regalándola de vuelta.
Me hice las fotos con las chicas. Respondí un par de preguntas.
Firmé una funda de móvil, que seguía pareciéndome un soporte discutible para dejar huella, y les di algo de charla.
—¿Vas a competir este verano? —preguntó una al final.
La sonrisa se me quedó quieta medio segundo.
—Ya veremos. De momento estoy aquí currando y cogiendo sensaciones.
No era mentira. Tampoco verdad del todo. La clase de respuesta que aprendes a dar cuando no estás para abrirte el pecho delante de desconocidas en una terraza con vistas.
Antes de que se fueran, el móvil me vibró, lo que me dio una excusa para largarlas.
—¿Me disculpáis? —Ellas asintieron y se despidieron de mí con dos besos y dándome las gracias.
El móvil vibró de nuevo.
No hizo falta que mirara la pantalla para saber que no era nada bueno. Las buenas noticias no suelen avisarte con ese zumbido de alarma discreta.
Aita .
Desbloqueé con el pulgar.
Tiene dos mensajes nuevos.
Ni hola. Ni qué tal. Ni una sola palabra que no oliera a ultimátum envuelto en sangre familiar.
Releí el mensaje mientras abajo rompía otra serie contra las rocas de Punta Salvaje. Apoyé el móvil boca abajo sobre la mesa y me pasé la mano por la nuca.
Desde dentro del bar me llegó la voz de la camarera riéndose de algo. Clara, viva, con esa alegría que me había sentado tan bien.
Levanté la vista al mar.
Esconderse en Punta Salvaje estaba muy bien.
El problema era que hasta los escondites más bonitos tienen fecha de caducidad y el mío acababa de recordármelo por WhatsApp.