Capítulo 13
El día se me había ido sin darme cuenta.
Por la mañana, campamento. Críos corriendo como si les pagaran por chocar entre ellos, uno llorando porque se le había metido arena en sitios que la anatomía no tiene bien señalizados, otro emperrado en que ya estaba listo para coger olas grandes cuando no era capaz ni de ponerse la licra sin quedarse medio atascado dentro.
Yo, pasando de uno a otro con la sensación de que, mientras estuviera pendiente de ellos, igual mi cabeza me dejaba un rato en paz.
Los chavales solían dejarte sin tiempo para comerte la olla.
Bastante tenían ellos con no partirse la crisma y con convencer al mar de que no iba a escupirlos a la orilla como a un calcetín viejo.
Luego me metí en el agua. Nada serio. Nada que me pusiera a prueba más de la cuenta. Un par de olas limpias, el cuerpo respondiendo como si todo estuviese en orden y esa mentira pequeña que a veces me duraba lo justo hasta poner los pies otra vez en la arena.
Salí con hambre, sal pegada al cuello y el runrún de siempre dándome por saco otra vez. Analí me había mencionado un par de veces lo de ir al bar, entre una corrección de postura y un aviso de que a los del grupo avanzado les tocaba teoría de corrientes.
—El bar está en el acantilado, no tiene pérdida, el dueño también es tu jefe y cocina muy rico, por si quieres cenar algo.
Si quieres cenar algo.
Pues sí, resulta que quería y no me apetecía más cocina de supervivencia que, en mi caso, eran platos básicos de pasta, carne picada, atún y tomate .
El primer pensamiento al cruzar la puerta fue que alguien había tenido peor día que yo, y en ese caso el sonido de cristales rotos acompañaba la cara de Harley.
El suelo brillaba mojado, con restos de hielo y hierbabuena repartidos en un radio de metro y medio que solo se explicaba por una bandeja volando sin equipaje de mano.
La camarera tenía ya un trapo en la mano y una expresión entre la resignación y el «esto no lo paga el sueldo».
Mi jefe, detrás de la barra, con camisa beige de lino y bermudas azules, me miró exactamente dos segundos antes de no decir nada.
Observé el local vacío. Algunas de las sillas todavía boca abajo sobre las mesas. La persiana a medio subir, dejando entrar una franja de luz que olía a pueblo costero y encalado.
Solté lo primero que me vino a la boca.
—Ahí va la hostia, jefe. ¿Tan mal os sienta abrir entre semana? ¿Dónde está la gente?
Él dejó escapar algo que podría clasificarse como respuesta humana difícil de descifrar.
A veces me preguntaba si sería una característica de los de Cádiz, por eso de que se comen algunas letras, pero al resto los entendía sin dificultad y Harley parecía desayunar vocales, como si fuera la ruleta de la fortuna.
Alguna vez estuve tentado de decirle eso de «Compro la A»; no lo había hecho porque dudaba que le hiciera gracia.
Mi jefe era extraño. Decían que los andaluces tenían mucho humor... Debía de ser un bulo o que se lo quedaron los demás.
Lo que había aprendido sobre él esta semana era básicamente que los críos se le daban bien, aunque pusiera cara de que le costaba un riñón, y que cuando algo lo sacaba de su temperatura habitual, lo primero que hacía era desaparecer hacia donde estuviera la tarea más urgente.
Lo de la bandeja no lo había visto venir.
Y la cara que se le había puesto al verme entrar tampoco.
—Acabamos de abrir —gruñó al fin.
«Cuatro aes; sabía que debería haber comprado esa vocal».
Miró a la camarera. A mí. Otra vez al desastre del suelo y zanjó con un:
—Voy a seguir preparando las cosas en la cocina...
Y desapareció por la puerta del fondo como si la conversación hubiera terminado porque él así lo había decidido.
«De puta madre».
Yo estaba acostumbrado a la gente seca. En Zarautz el silencio es un idioma y con mi aita aprendí a leer entre silencios antes que entre líneas.
Pero había una sequedad que venía del carácter y una sequedad que venía de otra cosa, y ese tío tenía la segunda variedad.
No era antipático. Era raro. Y lo raro, cuando venía envuelto en alguien que parecía querer mandarte a la mierda mientras te preparaba la cena, tenía su intriga.
No era especialmente mi tipo, eso también era verdad.
Yo siempre había sido más de surferos rubios que van de ola en ola y de campeonato en campeonato, y si te he visto, no me acuerdo, pero sí recuerdo tu lengua en mi polla, campeón. Mucho torso, poca continuidad, y la estabilidad de una banda de gansos en época migratoria.
La camarera se agachó a recoger cristales con una soltura que decía que no era la primera vez que le tocaba recoger el desastre de otro.
—¿Te echo una mano? —sugerí.
Levantó la cabeza. Tenía unos ojos curiosos y de un azul celestial. De los que llevan horas analizando a gente y todavía no han terminado.
—¿Podrían ser las dos?
Su respuesta me gustó. Salté la barra sin dar la vuelta, porque para qué.
—¿Eres el nuevo camarero?
—No, pero sí sé recoger cristales. Si eres vasco, es raro que no sepas de bares y peleas. Nos pasamos la vida de pincho en pincho y de puñetazo en puñetazo.
Soltó una risita por la nariz y siguió recogiendo sin darme demasiada cancha.
—Es bueno saberlo. Si no trabajas aquí, ¿por qué le has llamado jefe? ¿Es una expresión vasca?
Debía de ser nueva, si no conocía a sus propios compañeros.
—Es mi jefe, pero en el campamento. ¿Tu primer día?
—El segundo, aunque solo estaré en verano.
Asentí porque yo tampoco estaría mucho más tiempo.
Me agaché con ella a recoger los trozos más grandes.
—¿De qué parte del País Vasco eres?
La miré alzando las cejas por su rápida deducción auditiva.
—Veo que has estado atenta a mis orígenes.
—Me caen bien los del norte. Mi madre era muy fan de Arguiñano —dijo entonces, con una naturalidad que me cogió a contrapié—. Lo veíamos todos los días e intentaba que le hiciera alguna que otra receta.
Que hablara de su madre en pasado no era buena señal, así que tomé el camino fácil .
—¿Y te salían sus recetas?
—Al carbón.
La carcajada me salió sola.
—Hostia, pues tienes mérito; a mí cocinar se me da lo justo como para llenar la barriga y poco más.
—Ella decía que era un problema de foco, no de talento. Yo le decía que, si el pollo sale negro por fuera y crudo por dentro, el foco ya da igual.
Volví a reír. Esa chica parecía tener la virtud de aligerar las cargas ajenas y eso me gustaba.
También su voz. Tenía esa música de isla, un acento que no se anunciaba a sí mismo, y una forma muy natural de decir barbaridades como si fuera el sitio exacto donde debían estar.
—Tú eres de... —Ladeé la cabeza—. ¿Fuerteventura? —me aventuré.
—La Palma. —Me miró con una paciencia muy medida.
—Más volcánica. Más verde.
—No tiene nada que ver con Fuerteventura. Eso es puro desierto, base militar y cabras.
—También hay buenas olas. Yo también vengo de la costa.
—¿Eres monitor de surf en el campamento Kikiwaka?
Sonreí agarrando un cristal entre los dedos.
—Se llama Salitre. Y hago un poco de todo lo que tenga que ver con deporte.
—O sea, monitor vitaminado.
—Más bien tío útil.
—Ya...
Terminamos de dejar la barra decente sin cortes que lamentar y ella escurrió el trapo.
—Te invito a lo que quieras por la ayuda. Aunque no sé hasta qué punto tengo autoridad para regalar bienes ajenos cuando llevo aquí menos que una barra de pan. No obstante, dudo que al jefe le importe que nos ayudemos entre compañeros. Por cierto, me llamo Vero.
—Iker. Con una cerveza fría y algo de picar me conformo.
—¿Cazón en adobo? Harley me dio un trozo y estaba de muerte.
—Perfecto.
Los primeros clientes empezaron a entrar y yo me afané en echarle una mano bajando las sillas y guiñándole un ojo.
Una pareja con ganas de terraza salió al exterior. Dos mujeres del pueblo, que venían a lo que venían, me echaron un buen repaso carcajeándose y fueron hacia la barra.
El bar se puso en marcha con esa lentitud engañosa de los sitios que parecen medio vacíos hasta que de repente no puedes apoyarte tranquilo en ninguna parte.
Vero me pasó la cerveza bien fría y el plato de cazón.
—Cortesía de la casa, vasco de los bares.
— Eskerrik asko .
—Espero que eso sea gracias y no «me cago en tus muelas»...
Volví a reír.
—Es broma, que esa me la sé. Que aproveche —comentó antes de ir a atender a las nuevas clientas.
Me llevé el botellín y el plato conmigo, mientras de fondo sonaba un tema de los primeros de Rosalía.
Salí a la terraza.
Elegí una de las mesas altas pegadas al borde del acantilado. La que tenía mejor vista de la zona que le daba nombre al pueblo, la de los surfistas: Punta Salvaje.
El mar allí no posaba, no hacía bonito para la foto y ya. Rugía, tenía mal genio y el atardecer le estaba metiendo fuego a la superficie para que las olas parecieran cuchillas naranjas rompiendo una detrás de otra con una convicción que casi daba envidia.
Le di un trago largo a la cerveza.
Estaba lo bastante helada como para doler un poco en la garganta.
Me acomodé con el ruido del agua abajo y el sabor de la cebada en la boca. El cuerpo por fin quieto después de todo el día y la cabeza en pleno tirabuzón.
La película de los últimos meses me alcanzó otra vez; daba igual las veces que intentara dejarla en pausa, volvía a mí sin descanso, como una puta pesadilla que me hacía regresar a Nazaré.
Había días en que bastaba una foto mal sacada en redes, una moto de agua pasando a lo lejos, el simple sonido de la espuma cerrando, para notar cómo se tensaba algo por dentro.
No el cuerpo; ese ya casi no protestaba.
El manguito rotador seguía avisando a ratos, como un vecino pesado que no olvida una deuda antigua, pero funcionaba.
Las costillas hacía tiempo que dejaron de tocarme los huevos.
Respiraba, entrenaba, nadaba, dormía; bueno, dormir era mucho decir, pero el organismo seguía haciendo su trabajo .
El problema no era el mar.
Ni la tabla.
Ni las olas.
Era yo.
Antes del accidente entraba al agua con una confianza insultante.