Capítulo 12 #2
La barra ocupaba toda la pared de la derecha, larga, de madera artesana con ese brillo mate de lo trabajado a mano, no de lo comprado a golpe de catálogo.
Taburetes de cuero rojo algo desgastados en los bordes, de esos que llevan ahí más años que tú y tienen pensado seguir.
Abanicos de lunares en las paredes, fotografías en blanco y negro del pueblo, farolillos de cristal de colores colgando del techo que de día no hacían nada especial y que de noche convertían el sitio en otra cosa.
Al fondo, un pequeño escenario, apenas elevado del suelo, con un micrófono y un taburete y más posibilidades de las que ese sitio estaba aprovechando.
Y luego la terraza, el plato fuerte.
Un espacio circular que combinaba mesas altas con conjuntos de sofás tipo chill out al borde del acantilado, con unas vistas que te cortaban la respiración. El mar ahí abajo, la luz de las seis tiñéndolo todo de naranja, el horizonte tan limpio que daban ganas de hacer algo recordable.
¡Aquel lugar debería estar por todo Instagram!
No se servía fuera, solo en barra, lo cual ya me dijo todo lo que necesitaba saber sobre por dónde le entraba el agua al barco.
—Esto tiene un potencial brutal —murmuré, girando sobre mí misma.
—Ya, el problema es que los recursos son los que son —dijo Harley desde detrás de la barra.
Sonreí y me puse manos a la obra, acatando las indicaciones que me daba con suma paciencia.
Estuvimos una hora preparando lo necesario. Mientras yo cortaba limones y colocaba hileras de vasos que irían a la guerra, arranqué con una batería de preguntas que me dejaron un poco más claro quién era mi jefe.
Estudió un grado de Dirección de Servicios de Restauración y, al terminar, decidió ir a la universidad porque el turismo era el futuro, según sus padres. No obstante, abandonó al segundo año y se puso a trabajar porque no le llenaba la carrera y por necesidad.
Estuvo un tiempo combinando cursos online de animación y dinamización mientras servía mesas y era ayudante de cocina aquí mismo. El empresario turístico que compró el terreno en la época de la burbuja estaba convencido de que iba a forrarse con este sitio y no se forró una mierda.
Puso el bar en venta, era eso o cerrarlo. Harley lo habló con su hermano y ahí vino la oferta de compra y la hipoteca sobre la única propiedad que tenían los hermanos Pache.
Hablé sin pensar:
—Eso no fue quedártelo. Eso fue tirarte de cabeza sin comprobar si serías capaz de reparar la fuga.
—Sí —suspiró—, pero esto no es una piscina, por si no te has fijado hay acantilado con vistas al mar delante y yo soy imbécil con vocación.
No dije nada. Solo miré el sitio.
Encanto, sí. Clientela fija, también. Pero carta corta, ambiente escaso entre semana y un aire de lugar bonito que aún no había terminado de ser lugar imprescindible. Como una canción que ya tiene la melodía, pero le falta que la letra sea pegadiza para dar el reventón.
Se nos echó encima la hora de abrir sin darnos cuenta. Harley estaba colocando la última bandeja de encurtidos cuando apoyé los codos en la barra.
—¿Puedo hacerte una pregunta sin que pongas esa cara de que vas a matarme usando el picahielos?
—Aquí el hielo viene en bolsas, dispara.
—¿Nunca has pensado que este sitio necesita más chispa?
Él me miró. Yo seguí.
—Es precioso, tiene rollo, personalidad, gente a la que le gusta venir y un escenario, pero ayer parecía medio dormido. Es como estar frente a una tía buenísima que va a comprar el pan con un chándal de los ochenta porque nadie le ha dicho que puede arrasar si se cambia de ropa.
Harley entrecerró los ojos.
—¿Es tu manera de decirme que este sitio parece el hogar del heroinómano ?
Me reí por lo bajo.
—No sé si sentirme halagado o insultado en nombre del local.
—No, hombre… Es que le veo tantas posibilidades que… —Chasqueé la lengua—. ¿Nunca te has planteado montar un Bar Coyote a la gaditana?
Se quedó inmóvil con una pinza en la mano.
—¿Un Bar Cipote?
—¡No, tonto! ¿Es que no has visto la peli?
Algo con identidad. Música, show , un punto gamberro.
Camareros en el escenario de vez en cuando, noches temáticas, flamenco-pop, rumba, hits para cantar borrachos.
El tipo de cosas que hacen que la gente venga a beber, pero también a estar.
A mirar, a quedarse, a echarse fotos y a reír.
Necesitamos personas que corran la voz, convertir este sitio en trending topic , el sitio al que todos quieran ir aunque te pille a doscientos kilómetros.
—Suena agotador.
—Suena a rentable.
Refunfuñó. Lo cual en Harley ya había identificado como una forma bastante sofisticada de escucha activa.
—Aquí la gente no quiere circo. Este pueblo es de surf y relajación.
—La gente dice que no quiere circo hasta que ve un espectáculo del Circo del Sol. Tú dame una buena pista iluminada y una camarera con actitud y verás lo que consigo.
—¡Has llegado hace un día!
—Precisamente, tengo mirada de fuera. Detecto las cosas antes de que se les coja cariño por costumbre.
Iba a contestar algo cuando la puerta se abrió.
En cuanto levantó la vista y vio quién entraba, se le fue la bandeja entera de rebujitos de bienvenida de las manos.
Vasos, hielo, líquido, hierbabuena y vergüenza salieron volando como si hubieran decidido independizarse todos a la vez.
Me giré por puro instinto.
El tío que acababa de entrar tenía pinta de haber sido diseñado por alguien con acceso ilimitado a Midjourney y cero respeto por las personas normales.
Moreno, alto, atlético, barba de pocos días, camiseta de tirantes abierta en los sitios estratégicos, pelo revuelto por el viento y una expresión entre cansada y seca que debería venir regulada por Sanidad.
Miré el suelo, la bandeja, a Harley, petrificado detrás de la barra como si acabara de ver entrar a un inspector de Hacienda, con las bebidas en el suelo y una expresión que yo no había visto en su cara desde que aterricé aquí.
El recién llegado arqueó una ceja.
—Ahí va la hostia, jefe —murmuró con voz grave y acento del norte—. ¿Tan mal os sienta abrir entre semana? ¿Dónde está la gente?
No sabía quién era. Lo que sí sabía, con la claridad tranquila de quien lleva media vida observando a la gente desde el asiento del conductor, era que Harley lo conocía.
Y que ese conocimiento le había costado una bandeja entera de cristal, media botella de rebujito y, aparentemente, también el habla.
Cogí un trapo del mostrador. Alguien tenía que hacer algo útil.
Y en ese momento supe dos cosas.
La primera: aquel tío tenía que ser el fichaje estrella del que Harley no me había dicho ni mu.
Era básico. De primero de bar.
Porque si algo atraía a los hombres era un local lleno de mujeres.
¿Y qué atraía a las mujeres?
Exacto.
Chupitos fríos, buena música y camareros con hombros como los de ese tío.
La segunda: acababa de asistir, en primera fila, al momento exacto en que a Harley Pache se le desconfiguraba el sistema nervioso.
Puede que yo hubiera llegado a Punta Salvaje buscando respuestas, pero mi jefe tenía un problema bastante más urgente y yo acababa de encontrarle una solución con bíceps.