Capítulo 12
Cuando me dijo mi madre que algún día encontraría mi sitio en el mundo, yo asumí que se refería a una casa con un sofá cómodo, una nevera llena y un hombre que no me obligara a replantearme mi árbol genealógico mientras me subía el sujetador.
Estaba delante del espejo del cuarto de baño, peleándome con el pelo y con un tirante del vestido que se empeñaba en comportarse como un ex tóxico —subo, bajo, molesto, insisto—, mientras el móvil hacía malabares entre la oreja y el hombro.
—¿Pero estás bien? —preguntó la prima Mila desde el otro lado de la línea, con esa voz suya de mujer que desayuna té, escándalos y un desprecio muy trabajado hacia todo lo que sea marca blanca—. ¿Diste con los hombres con los que se marchó tu madre aquel verano?
Me pinté un poco el labial con la precisión de un enfermo de párkinson y resoplé.
—Emmm… no, pero… sí que estoy en la casa. Con los hijos de uno de ellos.
Hubo un silencio.
Uno pequeño.
De esos que duran medio segundo y hacen que la anilla que acabas de tirar creyendo que era un precinto molesto resulte ser la de una granada a punto de estallarte en el pecho.
Sus hijos.
Me congelé con el pintalabios a medio cerrar.
Brody era hijo de uno de los hombres con los que mi madre había pasado aquel verano porque era el hermano de Harley y porque llevaba una de las pulseras.
Y, hasta donde yo sabía, mi madre pudo zumbarse a uno de ellos, a dos o hacer bingo con los tres.
La frase me llegó con retrospectiva. Con montaje cabrón. Con todo lo que sabía de él, lo que no sabía y lo que, por desgracia, había visto con una claridad bastante obscena.
Se me revolvió el estómago.
—¿Vero? —dijo Mila—. ¿Vero, sigues ahí? Hola. ¿Hola?
Claro que ahí. Lo que no seguía en su sitio era mi sistema digestivo.
Porque si Brody era hijo de uno de aquellos hombres, y mi madre también había estado con uno de aquellos hombres, y yo había sido una sietemesina que nunca se había parecido a nadie de mi familia salvo en el gesto de querer prenderle fuego al mundo…
¡Mierda!
¡No se podía tener tan mala suerte!
¡Joder, joder y joder!
La vida, que normalmente iba por libre y con un gusto cuestionable, igual no había sido tan hija de puta trece años atrás, cuando me planteé meterme en la cama del tío del Uber y no se presentó al final.
Que Brody desapareciera antes de acostarse conmigo me había salvado de una desgracia griega con acento de Cai.
Estuve a punto de follarme a mi posible medio hermano.
¡Qué digo a punto!
Me comí la boca con él, ¡dejé que me tocara una teta! O tal vez fueron las dos.
Estuve a punto, con ganas, ilusión, lubricación y alevosía.
Menos mal que desapareció antes que el orgasmo, porque, si no, ahora igual andaba por la vida pariendo sobrinos-hijos o hijos-sobrinos, o como demonios se llamen esas criaturas que deberían venir con libro de familia en formato sudoku.
—Vero, por el amor de Dior —insistió Mila—, ¿te has caído por unas escaleras o simplemente estás procesando algo de manera aparatosa?
Tragué saliva.
Lo de las escaleras hizo que me diera otro mareo porque ahora me tocaba bajarlas de nuevo, que pasaba de subir por la polea exterior.
—Lo-lo siento. Tengo que colgar. Debo irme a trabajar.
—¡¿Cómo que a trabajar?!
—Mañana te llamo, además de casa he encontrado trabajo…
—¡Pero si ibas de vacaciones y en busca de respuestas!
—Ya te lo contaré. Estoy viva, que es lo que cuenta.
Colgué antes de que pudiera seguir porque bastante tenía yo con no vomitarme encima del vestido.
Los pensamientos horribles no desaparecen porque una les diga «ahora no me viene bien». Se quedan, se sientan, cruzan las piernas, piden café con leche, o una Cruzcampo, y se ponen cómodos como si pagaran alquiler.
«¿Y si Brody era mi hermano?».
No lo había vuelto a ver desde la mañana. Lo cual igual era un detalle del destino y no una putada.
India me había tenido secuestrada casi toda la tarde en el salón, entre pulseras de hilo, cuentas de colores y una charla sobre libros que me dejó claro que aquella niña podía tener casi quince años en el carné y el alma de una vampira milenaria con Kindle Unlimited y cero filtros.
Mientras comentábamos lecturas, me enseñó cómo hacía algunas de las pulseras que luego dejaba en un puestecito del mercadillo de los martes.
—Con esto me saco para mis cosas —me había dicho, encogiéndose de hombros—. Brillo de labios, libretas, pegatinas, chorradas. Ya sabes, economía creativa. Brody siempre ha querido que les dé valor a las cosas.
Tenía ese tipo de inteligencia afilada que no iba de sacar matrículas, sino de ver más allá. De pillar antes que nadie por dónde iba el viento y quién necesitaba una colleja. El tipo de persona que en veinte años o tiene un podcast o una secta.
Harley, en cambio, se había ido a echar la siesta con la puntualidad de un reloj suizo.
Según mi nueva amiga, dormía poco de noche y compensaba con dos horas sagradas entre las cuatro y las seis. El único día que cerraba el bar era el domingo, cosa que en hostelería sonaba tan exótica como encontrar aparcamiento en agosto.
Volví a mirarme al espejo.
El vestido no estaba nada mal. De tirantes, corpiño ajustado, falda con caída suficiente como para no enseñar la isla bonita al agacharme.
Se lo había visto a una creadora de contenido en TikTok, quien te daba un código de descuento para Shein Curve. Tuve que comprarlo, era más barato que una tostada con aguacate y era de esos milagros textiles que te empujan la personalidad y las tetas hacia arriba con un entusiasmo casi religioso.
—Bueno —murmuré—. Si hoy tengo que enfrentarme a un posible hermano muy follable, al menos lo haré con buen escote.
Bajé agarrándome mucho a la barandilla y con las rodillas temblando.
Harley me esperaba junto a la puerta, con las llaves del bar en la mano. En el sofá estaban India y otra chica, morena, pelo rizado, piercings discretos y cara de haber leído fanfiction ilegal en horas lectivas.
Las dos levantaron la vista a la vez.
—¡Guau, estás preciosa! —soltó India.
—Me encanta, tu outfit lo es todo —remató la otra sin despeinarse.
Me llevé una mano al pecho.
—Voy a llorar y todavía no he fichado. Menos mal que el rímel es waterproof .
India sonrió y señaló a la chica.
—Ella es María, mi BFF . María, esta es Vero, la nueva camarera del Bar Baridad y mi nueva amiga.
—¿La de los audiolibros de orcos? —preguntó María con total naturalidad.
Giré el rostro hacia India.
India emitió una risita culpable. De esas que no inspiran perdón, sino ganas de estrangular con una pulsera de macramé.
—Tranquila, es de las nuestras. Aunque a ella le van más los hombres lobo y las novelas de frutas infieles.
—Con razón tiene esa cara de haber sobrevivido a fanarts turbios —murmuré.
Harley, detrás de nosotras, resopló.
—Dios las cría y ellas…
—Montan una LC —rematé.
Las dos adolescentes se echaron a reír como si acabara de fundarse una nueva religión y yo fuese la mesías con extra de tetas.
Harley señaló la puerta con el pulgar.
—No la liéis. Brody sigue en el taller.
—Qué poca fe —comentó India, dándole vueltas con el dedo a su trenza.
—Más bien conocimiento de lo que sois capaces de hacer —corrigió él.
Salimos a la calle.
Era viernes, 26 de junio, y la luz tenía esa mala costumbre de ponérselo todo bonito a Cádiz aunque tú fueras por dentro como un boquerón pasado por aceite reutilizado.
El aire olía a sal y a calor pegado a las paredes encaladas.
El pueblo se bañaba en luz dorada, de esas que son capaces de hacerte creer que todo podía arreglarse con una cerveza fría y un beso bien dado.
Harley caminaba a mi lado sin abrir la boca.
Aguanté medio minuto. Que ya es nota en mi historial de autocontrol.
—Oye… respecto a lo de tu hermano…
Él movió la mano como espantando moscas.
—Hoy no ha tenido un buen día y en parte tiene razón. Se me pasó contarle que teníamos nueva inquilina. Espero que no haya sido muy desagradable y lo puedas olvidar.
«¿Olvidar?».
«Ese monumento desnudo, chorreando, armado y con una polla de dimensiones suficientes como para aparecer en el libro de los récords de los rabos memorables».
Me aclaré la garganta.
—Estoy acostumbrada a que me pasen cosas inesperadas.
Conduzco una guagua, así que pocas cosas me sorprenden.
Una vez recogí a una panda de activistas nudistas que protestaban contra el plástico usando solo pintura corporal y chanclas hechas con cajetillas de condones.
Uno llevaba el culo pintado de tortuga y otro, los pezones con brillantina biodegradable.
Después de decirle a veinte personas en bolas que no podían validar su bono transporte por higiene, pocas cosas me impresionan.
Harley me miró de lado.
—No sé si eso me tranquiliza o me preocupa.
—A mí tampoco me quedó claro.
Siguió andando unos pasos y luego dijo:
—Mi hermano no es mala gente. Parece que está enfadado con la vida, pero es que a veces la vida también es un poco hija de puta y nos enfada a los dos.
Lo dijo tan llano que no sonó a frase de taza, sino a dato contrastado.
Además, últimamente yo también iba montada en ese barco.
Me mordí la lengua y luego, porque una es débil y curiosa y gilipollas por momentos, pregunté:
—Bueno… igual su novia le sirve de alivio.
«Por favor, di que no tiene».
«Por favor, di que no tiene».
«Por favor…».
—No tiene novia.
«¡Bien!».
«¿Pero qué dices? ¡Que podría ser tu hermano, enferma, y que tuviese novia era tu solución! Además, ¡tú sí tienes novio!».
«Yo lo tengo en pausa, como las puntas del pelo, gracias por preguntar».
«Podría ser tu hermano».
«Dios, mamá. ¿Por qué?».
Los diálogos conmigo misma eran agotadores.
Tampoco es que pudiera echarle la culpa del todo a mi madre. Si el hombre con el que estuvo aquel verano se parecía a Brody, la entendía más de lo que me convenía.
Llegamos al final de la calle y Harley levantó la persiana del bar.
El nombre le venía al pelo. El local y las vistas eran una barbaridad de las buenas.