Capítulo 11 #2
Revisaba la pantalla como un imbécil integral mientras la aplicación me avisaba de que tenía tres solicitudes sin atender. Pasé de ellas porque solo podía pensar en una cosa.
Respondí antes de que me diera tiempo a ser prudente, que la prudencia es una virtud estupenda para la gente que no acaba de leer algo así bajo un diluvio de Madrid.
B.: ¿Por qué no me dijiste nada?
V.: Porque me dio vergüenza.
Me pasé la mano por la cara, sonriendo solo dentro del coche como el gilipollas más feliz de la ciudad. E hice algo que me podía costar el trabajo y me importaba una mierda.
B.: ¿Quieres que te mande un WhatsApp?
Retuve el aire como si respirar pudiera estropearlo.
V.: Sí.
Así de simple.
«Sí».
Sin un «depende», sin un «para qué», sin una duda razonable que me pusiera en mi sitio. Solo eso, una afirmación rotunda y la curva entera de mi vida girando un grado sin que yo lo supiera todavía.
Acaricié el borde de la escultura con el pulgar y la volví a dejar en la balda.
Jamás olvidaría las tres semanas siguientes.
Los paseos. Las charlas que empezaban por cualquier tontería y acababan siendo lo más importante del día.
Sus malditas risas. La capital convirtiéndose en otra ciudad cuando iba con ella, menos hostil, más nuestra.
Le enseñé los rincones que me importaban de verdad, los bares pequeños, una plaza escondida, un mirador donde se quedó callada un minuto entero porque el cielo estaba naranja y a ella se le notaba todo en la cara, siempre, como si no hubiera aprendido a esconderlo o hubiera decidido que no valía la pena el esfuerzo.
Me dijo que había venido a Madrid a hacerse las preguntas que la gran mayoría se hace en una vida entera, que no sabía qué hacer, que estaba perdida porque con veintiún años parece que lo que elijas deba ser para toda la vida, hasta que la muy cabrona te demuestra que no es así.
Que a los veintiún años no eres el mismo que a los veinticuatro, que basta un golpe de mar para cambiarte el rumbo, y que a los veinticuatro puedes estar haciendo lo mismo que a los treinta y siete, no porque quieras, sino porque no tienes más cojones.
Lo decía sin rabia, con renuncia, porque había aceptado que la vida funciona así y ya no le pedía explicaciones.
A las dos semanas la besé.
No fue el mejor beso de mi vida. Eso sería mentira y las mentiras cómodas solo funcionan hasta que alguien las comprueba. Pero sí fue uno digno de almacenar. De esos que no parecen el primero, sino algo que llevaba tiempo buscando dónde estallar.
Aquel tiempo fue un premio antes de tocar fondo.
La vida se había encargado de demostrarme que, a mayor felicidad, más grande es la hostia que te llevas, y todo lo que sube tiende a estrellarse.
Siete días después de aprender que necesitaba coger aire para poder seguir besándola, de que mis manos se hubieran hecho adictas a su piel y mi lengua a sus jadeos entrecortados, sonó el teléfono con un número de Punta Salvaje y el paréntesis se cerró sin avisar.
Con él se fueron mis padres, mi rumbo, mis planes y la única mujer en mucho tiempo que me había hecho querer tenerlos.
No me avergüenza reconocer que el Brody soñador de aquella época se entretuvo pensando en la posibilidad de esculpir en una isla si la incluía a ella entre sus brazos.
Esa última parte no se la dije nunca.
Volví a la banqueta, cogí la lija del ochenta y regresé a la mesa de olivo. La trabajé con más fuerza de la que necesitaba.
Porque ahí fuera, a unos metros, estaban aquellos planes de futuro que jamás hice míos.
Ahí, con mis hermanos, estaba la Vero real, no la que había rehecho cien veces en la cabeza. La de ahora, con trece años más y esa boca que me moría por silenciar.
Otra cosa no, pero nuestros encuentros eran de enmarcar y yo sin haber encontrado la manera de explicarle lo inexplicable en los veinte minutos que habíamos estado a solas.
Varias veces estuve a punto de interrumpir la conversación para soltar un: «¿En serio que no te acuerdas de mí?».
Quería decírselo en cuanto bajara, después de haberle dado tiempo a darse cuenta, cuando ya no tuviera aspecto de troll , porque el verde podía haberla despistado.
Estaba convencido de que una vez de mi color me reconocería, y que entonces podría contárselo de una vez. Tarde, sí. Trece años tarde. Pero mejor eso que seguir callado como un cobarde.
Lo que no le iba a decir era el resto.
Que cuando recibí la llamada pensé en ella antes de que se me resbalara el teléfono. Que me planteé pedir su número a central con alguna excusa de mierda porque no lo había guardado en la tarjeta SIM.
Que había querido explicárselo todo y pedirle que esperara, y que no lo hice porque ¿qué le iba a ofrecer?
¿Un futuro criando a una bebé de un año mientras el chico con el que llevaba cero coma dos enrollándose enterraba a sus padres?
No iba a hacerle eso. Bastaba con que se jodiera el futuro de uno de los dos.
Ella necesitaba descubrir el mundo y a sí misma, no verse arrastrada por las obligaciones de un tío al que apenas conocía y que de repente tenía una familia a su cargo y cero planes.
Puede que tampoco la buscara porque me aterraba la respuesta que pudiera darme .
Eso era lo más probable. Que debajo de todo el razonamiento noble hubiera simplemente miedo. De los de verdad. De los que no tienen nombre bonito ni excusa presentable.
Y ahora que la vida me la ponía delante, no me había reconocido.
O sí y me odiaba tanto como para decírmelo a la cara porque tenía que seguir viviendo bajo mi techo.
No lo sabía, y lo peor de no saberlo era que no podía dejar de darle vueltas, y darle vueltas significaba pensar en ella, y en que iba a ser una temporada muy larga.
Larguísima.
Y ya intuía que me iba a salir como el culo.