Nunca serás mi romcom Capítulo 11
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Capítulo 11

Salí de la cocina con las llaves del taller apretadas en el puño y una erección de mierda.

Ahí estaba, recordándome que, por mucho que uno tenga treinta y siete años, pague la hipoteca que tuvo que hacerle a la propiedad para que Harley tuviera su bar y sepa distinguir un nogal de una chapuza con barniz encima, el rabo seguía teniendo el criterio de un crío de dieciséis con las hormonas en llamas.

La vida era una maravilla.

Trece años sin verla. Trece putos años. Y ahora estaba en mi cocina, con mi café, en una de las banquetas que hice, mirándome con esos ojos como si no supiera que me estaba desarmando solo con respirar en el mismo radio que yo. Desafiándome con sus respuestas rápidas.

¿O sí lo sabía?

No estaba seguro de nada, solo de que el tiempo, como al buen vino, le había sentado de escándalo.

Crucé el patio intentando no pensar, que era exactamente lo mismo que intentar no respirar, y me encontré con Garfio en su rincón de siempre, junto a la maceta que India se negaba a tirar aunque la planta llevara muerta desde el año pasado.

El tortugo había arrastrado a su nueva pareja: mi bota.

La tenía entre las patas delanteras y la estaba trabajando con una devoción que daba un poco de envidia, la verdad.

Resoplaba satisfecho, sin complicaciones de ningún tipo.

Lo miré sin detenerme.

—Tú sí que sabes, colega.

Garfio ni levantó la vista. Siguió a lo suyo con una entrega conmovedora.

—Cero dramas, cero explicaciones pendientes, cero tortugas del pasado apareciendo en tu casa trece años después para recordarte que sigues siendo el mismo gilipollas de siempre.

—Hice una pausa—. Igual debería aprender de ti y tirarme objetos inanimados.

Vida sexual resuelta, sin preguntas incómodas. Eres un visionario.

El muy cabrón jadeó como si me diera la razón, abriendo la boca por bulerías.

Abrí el taller y entré.

Ahí dentro el aire era otro. Siempre lo era.

Olía a serrín, a barniz, a aceite de teca, a la cola que se quedaba impregnada en las grietas del banco aunque la limpiaras y al salitre que se colaba por las juntas altas de las ventanas, porque el mar, en Punta Salvaje, no pedía permiso para meterse donde le daba la gana.

Era un olor que me ordenaba por dentro. Era mi refugio, el lugar en el que me resguardaba cuando algo se torcía y el olor hacía siempre lo mismo: ponía las ideas en fila sin preguntarme si quería.

Las herramientas colgaban en el panel de la izquierda.

Gubias, formones, escuadras, los cepillos ordenados de menor a mayor con esa lógica que solo yo entendía y que Harley llamaba manía de soltero con exceso de tiempo libre, cuando el que tenía exceso de tiempo libre era él para meterse en mis cosas y también estaba soltero.

El banco central ocupaba el medio, ancho, con el pino marcado por años de trabajo y algún corte que me sabía de memoria como una cicatriz propia.

A un lado, los encargos en curso; al otro, los terminados.

En el fondo, las maderas clasificadas: nogal, castaño, iroko, pino viejo de casas del pueblo, un tablón de roble de una embarcación que ya no navegaría más.

Había días en que trabajar aquí era lo más parecido a rezar.

Otros era simplemente una forma elegante de no romperle la cara a nadie.

Hoy era lo segundo.

Cogí la pieza que tenía entre manos desde el martes, una mesa auxiliar de olivo para la pensión de la señora Remedios, que me había mandado cuatro mensajes en una semana preguntando si ya estaba y a la que le iba a cobrar recargo por ansiedad si seguía así.

Me senté, agarré el cepillo y empecé a trabajar el canto de una de las patas porque el encaje no me terminaba de convencer .

El sonido me asentó un poco. El roce de la cuchilla sobre la madera buena tiene una resistencia justa, una textura que las manos reconocen antes que la cabeza, y yo llevaba suficientes años en esto como para dejar que los dedos trabajaran solos mientras el resto de mí intentaba no irse al garete.

No lo conseguí.

Mis ojos se fueron solos a la estantería del fondo. Tercera balda, casi tapada por un jarrón sin terminar y un lote de marcos para una casa rural de Vejer. Ahí estaba, como siempre. Una pieza pequeña que no tenía encargo ni nombre de cliente ni fecha de entrega porque esa era mía.

La hice durante el invierno en que mis padres ya no existían, y sí, digo mis padres porque, aunque Windy no fuera la que me parió, me adoptó sin hacer preguntas cuando la que me tuvo en sus entrañas me dejó abandonado en la puerta de esta casa con tres años y medio y cero explicaciones.

Eso la convirtió en mi madre, por lo menos en todos los sentidos que importan.

Llevaba desde julio sin tocar una herramienta.

Desde el momento en que mi vida se puso en pausa.

Sin ganas de crear, sin espacio para nada que no fuera sobrevivir al día siguiente: criaba a una niña de un año, vivía con un hermano de veintiuno que acababa de terminar la carrera y no sabía qué hacer con el dolor, igual que me pasaba a mí, y cada mañana me levantaba pensando que tenía que ser útil antes que nada. Antes que artista. Antes que yo mismo.

Hasta que una tarde entré en el antiguo taller de motos de mi padre, en el que ya apenas quedaba nada porque lo habíamos vendido todo para costear los funerales e ir tirando mientras nos reponíamos.

Me metí allí con cuatro herramientas de la carrera y otras cuatro compradas por internet, con la idea vaga de forjarme una carrera más útil que esculpir, sobre todo cuando nadie te conoce y tienes que llenar la tripa de tu familia.

Me puse a tallar sin pensar. Con un retal sin destinatario. Por pura necesidad, como quien necesita salir a correr o romper algo, solo que yo lo único que sabía hacer cuando me ahogaba era coger la madera y dejar que las manos decidieran.

Curvas entrelazadas en una ola que sujeta algo que intenta salir.

Terminó siendo una sirena. No una de las que habría hecho Disney: una real, de líneas desbordantes, pelo alborotado y mirada abierta al mundo. De las que están hechas de carne y sal .

Varias partes las pinté en azul. No uno solo, varios. Azules hondos por dentro, más rotos en los bordes de las escamas, con un toque más claro donde la madera tenía más veta. Tardé tres noches en dar con la mezcla exacta.

Y, aun así, me quedé corto.

Porque el tono de los ojos de Vero no existía en ningún bote.

Dejé el cepillo encima del banco y fui a cogerla.

La madera encajó en la mano como algo vivo y me volvió de golpe lo que era incapaz de olvidar, como siempre que la tocaba, con esa capacidad asquerosa que tienen los recuerdos de aparecer enteros y sin avisar cuando uno menos los necesita.

Seis años llevaba en Madrid cuando entró ella en el coche.

Llovía a mares cuando me entró el servicio. Tardé nueve minutos en llegar, los suficientes para empaparla de una forma casi obscena.

Subió atrás pidiendo perdón por mojar el asiento y yo levanté los ojos al retrovisor y me quedé un segundo más tonto de la cuenta.

Con el pelo calado enmarcando aquellos dos faros que me observaban inquietos, preocupados a través del cristal.

Aspecto de no tener ganas de hablar con nadie y menos con un tío que no la dejaba de mirar.

Me obligué a apartar la vista, aunque mi cerebro la recreó de inmediato.

Un septum de aro fino lanzaba destellos desde su nariz cada vez que pasábamos bajo una farola.

Guapa, sí, pero no solo eso. Era la forma de ocupar el asiento trasero.

No estaba sentada en uno de los lados como hacía todo el mundo, sino en el centro, con los ojos claros llenos de algo que no era dulzura sino vida acumulada y mala leche bien administrada.

Me removió por dentro antes de abrir la boca.

Cuando habló, reconocí el acento. Tal vez algunos podrían haber creído que era latina, podría haber pasado por una con esas curvas, pero yo reconocí el deje canario. Me había pasado parte de la carrera compartiendo piso con un chico de Tenerife.

Lo que todavía no sabía era que el de Vero era uno de esos que no se olvidan porque te entran por un sitio que no sabes defender.

Reconduje la ruta dos veces. Dos. Yo, que me conocía Madrid como la palma de mi mano después de seis años haciendo mía la capital.

La segunda vez casi me meto por una calle de sentido contrario y tuve que inventarme que había una obra para no parecer lo que era: un hombre al que se le había ido la cabeza por culpa de una mirada en un espejo .

Ella ni siquiera pareció escuchar, así que cerré la boca y no volví a hablar más.

La dejé en su portal convencido de que ya estaba.

Una de esas historias mínimas que duran lo que dura el trayecto y luego la vida lima.

Me despedí, arranqué, me dije que era un gilipollas, que no podía flecharme por una chica que seguramente había venido por turismo y se iba a encontrar con su novio.

Decidí regresar al curro, no pensar en que mis tripas se habían removido.

No era uno de esos que pensaba que no existía el flechazo; joder, era artista y vivía enamorado de piezas que tan solo había visto una vez. ¿Por qué no de una chica?

Me dirigía a casa porque por hoy ya había terminado la faena, cuando me entró el aviso del sistema.

La última pasajera reportaba un objeto olvidado.

¿Qué? No me había fijado.

«Normal, solo tenías ojos para ver dónde se ceñía de más su camiseta».

Paré junto a una acera, revisé el asiento, el suelo, el hueco de la puerta. Nada. Ni bolso, ni auriculares, ni una puta servilleta; igual se había confundido y se dejó lo que fuera que estaba buscando en otro sitio. Le mandé un mensaje con el pulso un poco acelerado, lo reconozco.

B.: Me han dicho en central que te has dejado algo en el asiento trasero.

La respuesta tardó dos segundos en llegar, dos putos segundos y una respuesta que me desencajó la mandíbula.

V.: Sí. Mi corazón.

El mío se marcó un Ferrari. De cero a cien en dos segundos.

—¡Hostia puta! —solté en voz alta.