Capítulo 10
Volví al presente justo cuando él apartaba una sartén del fuego y vertía el contenido en un plato.
—Ya que mi hermano te ofreció pensión completa —dijo sin mirarme del todo—, imagino que a estas horas no te bastará con el café.
Me lo puso delante. Pan tostado con tomate. Huevos revueltos. Jamón. Un chorro de aceite con ajo que olía a ganas de llorar del gusto.
Mis tripas rugieron en alta definición.
Cerré los ojos y se me escapó un sonido que no era exactamente un gemido, pero que tampoco era otra cosa. Aspiré el aroma con fuerza para centrar toda mi atención.
—¡Joder!
Cuando los abrí, me estaba mirando. No con descaro. Mucho peor: con ese silencio que te desnuda más que si volviera a aparecer con el remo y la polla al aire.
Mis tripas volvieron a entonar la Quinta Sinfonía de «ponte delante y te como a ti».
—Pues sí que tienes hambre —dijo al fin.
Pinché un poco de huevo, me lo llevé a la boca y cerré los ojos otra vez.
—¡Madre de Dios!
—¿Está malo?
Abrí un ojo.
—Si estuviera malo, lo escupiría sobre la encimera y empezaríamos una enemistad digna de Jennifer L. Armentrout.
—¿De quién?
—Déjalo. Está espectacular.
—Ya me quedo más tranquilo.
Levanté la vista a tiempo de verlo coger una taza y servirse café. Ni se sentó. Se quedó apoyado en la encimera de enfrente, lo bastante cerca como para ponerme nerviosa y lo bastante lejos como para que no pareciera que lo buscaba. Que seguramente era peor.
Comí otro bocado porque era eso o decirle directamente «te conozco», y cabía la posibilidad de que el hermano de Harley no fuera el tío de Madrid, sino alguien exacto a él que se hubiera ahogado en el Manzanares.
Habría muerto allí mismo, sobre los huevos revueltos, y no era el final que tenía previsto para este verano.
—Así que tú eres el hermano mayor —dije, con toda la sutileza de un elefante en una tienda de porcelana.
—Eso parece.
—Harley no me había dado muchos detalles.
—Harley da pocos detalles cuando cree que está salvando al mundo.
Estaba intentando hacer memoria. Del tío de Madrid no recordaba haber hablado del nombre de sus hermanos, ni del pueblo donde vivía.
—Tu hermano no me dijo de qué trabajas. ¿Eres chef?
—Carpintero. Entre otras cosas.
¡El de Madrid era escultor!
—¿Carpintero? ¿Como san José?
—Eso he dicho. Aunque santo no soy.
—Muy misterioso.
Hubo un silencio. El mar se oía de fondo, lejano. La casa crujió en algún punto y entre nosotros estaba el pasado, sentado en la mesa como un quinto invitado sin educación y sin invitación.
Harley apareció en la puerta con una mancha enorme en la ropa y cara de haber empezado el día discutiendo con alguien y no haber ganado. Detrás venía una jovencita muy guapa que intuí que era su hermana menor.
Nos observó a los dos y levantó la barbilla.
—Hombre, la forastera sigue viva y tú ya no pareces el increíble Hulk. Eso es buena señal.
—La buena señal es que sigas con la cabeza sobre los hombros —le devolvió Orcando.
A falta de nombre, le ponemos un buen mote. Hasta que alguien dijera su nombre, mi cerebro iba a seguir llamándolo así .
La chica me miró con interés instantáneo.
—¿Tú eres la nueva camarera de mi hermano?
—Sí, me llamo Vero —pronuncié con fuerza en busca de una señal—, encantada.
Mientras lo decía, Orcando ni se inmutó. Nada. Reacción nula. O era muy bueno disimulando o yo me estaba haciendo una paja mental del tamaño de la península.
—Soy India.
—Me encanta tu nombre.
—No te encantaría tanto si tu apellido fuera Pache.
«India Pache», procesé mentalmente y mis comisuras se alzaron solas.
—Puedes reírte si quieres, estoy acostumbrada —su resignación me hizo pensar en una actriz veterana.
—No me causa risa, me parece muy original. Yo lo usaría siempre junto al apellido, rollo advertencia. Si te pasas conmigo, te arranco la cabellera.
Su expresión mutó a algo muy parecido a la aprobación.
—Es un buen eslogan, me caes bien. Usaré esa salida la próxima vez que alguien me toque los…
—India —la cortó Orcando.
—…abalorios —cerró ella sin pestañear ni medio segundo.
Harley fue hacia la cafetera como si la cocina fuera su territorio natural, que seguramente lo era, y entonces Orcando abrió la boca.
—Podrías haberme comentado el pequeño detalle de que habías metido a una desconocida a dormir en la habitación de nuestros padres —dijo, con esa voz plana que era peor que el enfado porque no le costaba nada.
—No es una desconocida —respondió Harley, sirviéndose café con una calma que era en sí misma una declaración de guerra.
—Para mí sí lo era cuando irrumpí en una habitación ajena y me encontré un puto audiolibro de apareamiento fantástico a volumen de rave .
India se llevó una mano a la boca.
—¿Apareamiento fantástico?
La miré y calculé que tenía edad suficiente para saber algo más que sobre polinización.
—De orcos —puntualicé, porque una, ya que queda como una degenerada, al menos que sea con precisión.
India asintió, con el respeto de quien reconoce a alguien de los suyos.
—¿Lees libros de orcos que se aparean? A mí me gustan los de faes .
—¡¿Pero qué clase de libros os dan en el instituto?! —La voz de Orcando sonó como la de un hombre descubriendo en tiempo real que había perdido el control de su casa.
—No me los dan en el instituto, son los que tú me compras de mi lista de Amazon —respondió India, con una inocencia tan construida que era casi una obra de arte.
Harley soltó algo entre tos y risa. Orcando le apuntó con el dedo.
—No pienso gastar un euro más en marranadas. Y tú —cambió el dedo de dirección— podrías haberme avisado.
—Yo no sé lo que lee.
—Me refiero a tu nueva camarera y habitante de esta casa.
—Solo es temporal. Necesitaba curro y techo, yo tenía ambos —comentó como si fuera lo más normal del mundo, porque para él seguramente lo era.
—Esta casa no es un hostal benéfico.
—Relájate, hermanito —intervino India—. No tiene pinta de robar la plata, si es que tuviéramos.
—Gracias por el voto de confianza —murmuré.
Orcando cogió las llaves del cuenco sin que nadie se lo pidiera y volvió a pasar por la cocina con esa energía de hombre que ya no estaba discutiendo por mí ni por la habitación, sino por algo mucho más viejo y más suyo.
—¿Adónde vas? —preguntó Harley.
—Al taller.
—No has comido nada —miró de reojo la sartén.
—No tengo hambre, cómetelo tú.
Mentira como una catedral. Un tío tan grande no podía tener un estómago tan pequeño y la cocina olía demasiado bien para que eso fuera verdad. Pero su voz sonó tan cerrada que nadie añadió nada.
India hizo una mueca que valía por mil palabras. Harley cogió el plato que quedaba en la encimera y empezó a comer con la tranquilidad de quien lleva años reciclando los cabreos ajenos como combustible.
Orcando llegó a la puerta. Y, antes de salir, giró apenas la cara hacia mí.
—Intenta no poner más escenas de apareamiento a todo volumen.
—Intenta no irrumpir desnudo en habitaciones ajenas armado con un remo —repliqué antes de pensarlo.
Sus ojos en los míos.
Tres segundos. Los suficientes para que algo flotara entre medias sin nombre ni autorización.
Y se fue. Sin portazo. Pero dejó la misma onda expansiva.
Tenía las pupilas clavadas en la hoja de madera.
Harley silbó como quien acaba de ver explotar una bombona y decide no acercarse con un mechero.
India me puso un vaso de zumo al lado en silencio, que fue una de las cosas más consideradas que alguien había hecho conmigo desde que había llegado a este pueblo.
—Vale —dijo luego, muy seria—. Necesito que me cuentes lo del audiolibro de orcos con todo lujo de detalle. Y por qué mi hermano entró desnudo en tu cuarto con un remo.
—India… —murmuró su hermano—. Eres pequeña para determinadas cosas.
—¡Tengo casi dieciséis!
—Catorce y medio.
—Los números son una imposición del sistema igual que el género. Si yo me siento de dieciséis, los tengo, madura.
Él la miró con la cara de quien lleva bastante tiempo teniendo esta conversación y sigue sin encontrar la respuesta correcta.
Yo sonreí sola, con el zumo en la mano.
Tenía que ser él.
Su cara, su voz, esa comisura que se movía cuando algo le hacía gracia, aunque no quisiera que se le notara.
El del Uber. El de Madrid. El de las tres semanas que terminaron en silencio y en yo mirando el móvil como si fuera a aparecer una explicación que nunca llegó.
Si hay algo peor que un ghosting , no es el ghosting , son las preguntas sin respuesta.
El bucle de porqués que llevas años fingiendo que ya no está porque da mucha vergüenza admitir que sigue ahí, intacto, esperando que alguien le dé por fin una respuesta.
Necesitaba que las rodillas dejaran de temblarme y que mi corazón dejara de comportarse como una adolescente con datos ilimitados. Tampoco era tanto pedir.