Capítulo 9
Bajé a la cocina después de cambiarme con la sensación de que acababa de sobrevivir a un accidente doméstico, sexual y paranormal al mismo tiempo.
Me había puesto unas mallas negras de tiro alto, una camiseta blanca ancha remetida por delante y una sudadera gris fina, de esas que una se pone no porque tenga frío, sino porque necesita una capa extra entre su dignidad y el mundo tras lo ocurrido.
No había deshecho todavía el nudo de lo que acababa de pasar arriba. Tampoco el de mi pelo, ya puestos. Pero había una promesa que sí estaba dispuesta a cumplir: café antes de morir. Luego ya, si eso, que el universo siguiera humillándome.
Entré en la cocina y me golpeó el olor.
Café recién hecho, pan tostado, ajo sofrito, tomate y algo caliente en la sartén que olía a gloria bendita y a «igual no estás tan jodida si aquí cocinan así».
Se me revolvió el estómago con una violencia casi obscena.
Llevaba horas funcionando a base de adrenalina, trauma y croquetas, que no deja de ser una dieta bastante poco ética.
Y entonces lo vi.
Estaba de espaldas a mí, ya vestido, moviéndose por la cocina con esa soltura irritante de quien conoce una casa de memoria y además cocina bien. Una forma muy concreta de abuso estético.
Llevaba unos vaqueros gastados que se amoldaban a sus nalgas a la perfección y una camiseta azul oscura que se le tensaba en la espalda y en los brazos como si la tela estuviera pasando un mal rato. El pelo, todavía húmedo, le caía un poco por la nuca .
Ya no estaba verde del todo, gracias a Dios, aunque aún le quedaban restos tenues en la línea de la mandíbula y cerca de la oreja.
Lo justo para recordar que, sí, hacía menos de una hora aquel hombre había irrumpido desnudo en mi habitación armado con un remo, chorreando agua y masculinidad agresiva, mientras la elfa de mi audiolibro pedía a gritos empalamientos épicos.
Una conoce a gente de muchas formas en la vida.
Esa, desde luego, no estaba en mi top diez.
Se giró lo justo al oírme entrar y levantó la vista, y ahí fue cuando me fijé de verdad.
No en la barba, no en lo besable que era su boca. Ni en aquella anatomía de matrícula de honor, aunque también. Me fijé en la cara, en la estructura, en la mirada, en la voz y su acento cuando dijo, con una calma que me pareció casi ofensiva:
—El café está hecho.
Se me quedó el alma quieta.
No, no podía ser. ¿O sí?
O me estaba dando un ictus y el último pensamiento lúcido de mi vida iba a ser «menudo cabrón, qué bueno está».
Porque no era solo que se pareciera, era que compartía con el chico de mi pasado esa clase de semejanza que no te tranquiliza, te amenaza.
El mismo hombre. Trece años más tarde. En la cocina de la casa a la que me había mandado mi madre muerta.
«Ole tú, Elena. Menudo afterlife te estás marcando».
Me aproximé, cogí la taza que me dejó al borde de la encimera y murmuré un gracias que sonó bastante normal para la cantidad de cosas que estaban pasando dentro de mi cabeza.
Porque por dentro estaba deshojando margaritas virtuales:
No puede ser. Es él. No, imposible. ¿Y si no? ¿Y si sí? ¿Y si le digo ahora mismo «tú eres el hijo de puta del Uber»? ¿Y si me tiro por la ventana antes?
Di un sorbo de café y casi gemí. Estaba bueno. Muy bueno. Lo cual me jodió todavía más, porque bastante tenía ya con que el tío pareciera una fantasía erótica de Pinterest para encima descubrir que sabía manejar una cafetera italiana y hacía un café de narices.
Me apoyé en la encimera contraria fingiendo una normalidad de mujer que no acaba de reconocer a un fantasma de su pasado, muy desnudo, que ahora estaba vestido y cocinando huevos.
Lo observé mejor.
Movía las manos con precisión tranquila.
Grandes, de dedos largos, nudillos marcados, alguna cicatriz pequeña. Manos de alguien que trabaja de verdad, no de esos hombres que te hablan de arte con vino en la mano y luego no saben cambiar una bombilla.
Sin avisar, el recuerdo volvió con más fuerza que nunca.
Madrid, trece años antes.
Fuera llovía como si la capital me estuviera escupiendo encima por provinciana.
Llevaba toda la tarde deambulando sola por la ciudad en plan pollo sin cabeza con mochila. Mirando escaparates que no me podía permitir, entrando en tiendas por no mojarme más, fingiendo por teléfono que todo iba genial mientras por dentro estaba más perdida que un turista sin Google Maps.
Tenía veintiún años, una crisis existencial del tamaño de la Gran Vía y las zapatillas empapadas.
Cuando empezó a llover de verdad, pedí un Uber porque solo quería llegar al Airbnb, quitarme la ropa mojada y esconderme del mundo debajo de una manta.
El coche paró frente a mí.
Abrí la puerta de atrás, me metí dentro chorreando y solté un perdón automático mientras intentaba no encharcarle la tapicería.
—No pasa nada —dijo él.
Y entonces levanté la vista.
Madre mía.
No fue «qué mono», no, fue «qué guapo y qué grande».
Fue una hostia en toda la cara, en el pecho y entre las piernas.
Así, sin anestesia. Parecía que alguien me hubiera empujado cuesta abajo y yo hubiese aterrizado directamente encima de un problema con ojos oscuros, pelo largo recogido en un moño que rozaba el techo y cara de actor de telenovela turca que no sabe que está buenísimo, que es el peor tipo de guapo que existe.
No parecía mucho mayor que yo. Veintipocos, mandíbula marcada, boca seria, barba de pocos días.
Una camiseta gris pegada a los hombros por la humedad y las manos en el volante.
Unas manos grandes, de dedos largos, de las que una mira y ya sabe que no va a pensar cosas decentes en lo que queda de semana.
Y la calma. Eso era lo peor, esa cara de no estar intentando gustar a nadie.
La vista puesta en el tráfico. El gesto tranquilo de quien conduce bajo la lluvia en una ciudad infernal como si fuera lo más normal del mundo y no la antesala de una fantasía erótica de alguien con muy poco equilibrio emocional.
Me abroché el cinturón y me senté tiesa.
No me salió ni una palabra. Yo, que hablaba hasta con las plantas del portal cuando me daba el día simpático, me quedé muda igual que una imbécil.
Porque cada vez que levantaba la vista, sus ojos se encontraban con los míos en el retrovisor y me recorría una cosa rarísima por dentro.
Un vuelco. ¿Quién había encendido una bengala en mitad de mi sistema nervioso?
Fuera llovía. Dentro del coche olía a limpio, a lluvia y a él, aunque igual eso último me lo inventé porque ya estaba mal de la cabeza.
Di algo, Vero. Lo que sea. Comenta el tiempo, pregunta cuánto queda, dile que Madrid es horrible cuando llueve, que es lo mejor que te ha pasado desde que llegaste y que se case contigo.
«No. Eso no. Joder».
Tenía que salir del mode novela romántica.
No dije nada.
Él tampoco.
Y el silencio, en lugar de ser incómodo, era peor. Porque estaba lleno de miradas robadas en el espejo y de cosas que yo ya me estaba montando sola como una enferma.
Me pasé todo el trayecto intentando no mirarlo para que no encontraran restos de mi ADN en la tapicería.
Fracasé.
La carrera terminó demasiado pronto, casi al mismo tiempo que la canción que sonaba en la radio. Me dijo el precio. Yo tardé más de la cuenta en reaccionar porque una parte de mí quería decirle algo brillante, divertido, inolvidable. No me salió nada útil.
Le pagué.
Murmuré un gracias y me bajé esperando, sin ningún derecho, a que él dijera algo. A que el coche no arrancara. A que pasara cualquier cosa que no fuera lo que pasó, que fue fundirse entre el tráfico.
Estaba en la acera, bajo la lluvia, viéndolo alejarse con esa sensación espantosa de haber perdido algo que ni siquiera había tenido.
Subí al Airbnb hecha una mierda.
Dejé la mochila en el sofá. Me quité la chaqueta mojada. Me miré en el espejo del pasillo: pelo pegado a las mejillas, ojeras, cara de haber visto algo que no se puede ver.
—No vas a hacer ninguna tontería —me dije.
La Vero de veintiún años, impulsiva, sola y completamente ida, respondió desde dentro con una claridad meridiana:
«¡Y una mierda!».
Mis padres me habían casi obligado a hacer este viaje para que diera pasos por mí misma en la vida y, por una vez que aparecía algo que me interesaba lo suficiente, no iba a quedarme de brazos cruzados. Total, ¿qué podía perder?
«¿El amor propio?».
Eso estaba dispuesta a perderlo ante la posibilidad de volverlo a ver.
Cogí el móvil. Abrí la aplicación. Busqué el trayecto. Había una opción para contactar si te habías dejado algo en el coche.
Me dio la risa.
Luego me dieron ganas de vomitar.
Después, sin pensarlo en exceso porque, si lo hacía, no iba a poder, solicité que me pusieran en contacto con él porque me había dejado algo en el coche.
Paseé por el salón mordiéndome el lateral del dedo, riéndome sola de puro nervio.
Hasta que el móvil vibró.
B.: Me han dicho en central que te has dejado algo en el asiento trasero.
Observé la pantalla.
«Es ahora o nunca, Vero. Si la cagas, que sea a lo grande y memorable».
Y tecleé:
Sí. Mi corazón.