Capítulo 8 #2
—Mira que eres desgraciaíto —murmuré para mí—. Menudo ojo la Analí.
Silbó el final del partido, lanzó el balón a uno de los niños y se pasó una mano por la nuca.
El sol le cayó encima con ese descaro de mediodía que aquí no perdona a nadie.
Luego echó a andar hacia el agua sin prisa, con esa forma de moverse de quien está cómodo dentro de su propio cuerpo.
Ni chulo ni exhibicionista; peor, natural.
Entró en el agua sin dudar, se hundió de cabeza y desapareció bajo la superficie .
Parte del café se me cayó encima del pantalón y solté unos cuantos improperios porque seguía muy caliente.
—Eso te pasa por mirar como si te fuera la vida en ello.
India se puso a mi lado con la bandeja vacía de pinceles. Me miró a mí, miró al mar, donde Iker salía del agua sacudiéndose el pelo hacia atrás, y volvió a mirarme con esa cara de capulla silenciosa que heredó de nuestra madre, solo que en versión adolescente y sin piedad.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
—India.
—Harley.
—No me toques los cojones.
—Yo no lo hago, pero, por cómo miras al nuevo, te gustaría que él sí…
Después dicen que si las nuevas generaciones están apollardada s con las pantallas… Pues, desde luego, mi hermana no; estaba al quite de todo y menudas salidas tenía la muy bruja.
La miré. Ella levantó las cejas. Yo respiré hondo y decidí que, si la estrangulaba, tendría que contratar a otra persona para las manualidades y no estaba el mercado laboral para tirar cohetes.
Se le dibujó una sonrisita mínima antes de cambiar de tema.
—¿Crees que Brody habrá podido quitarse la pintura?
Resoplé.
—Eso espero, por nuestro bien. Mira que equivocarte de producto y coger pintura para tejidos permanente.
—No fue culpa mía. Alguien debió de cambiar las cajas de sitio y ponerlas con el material de pintacaras.
—Pues da gracias a que el campamento acaba de empezar y no les hayamos devuelto a los padres a sus hijos con cara de hijos de Shrek.
India siguió mi mirada hacia la playa, donde dos de los críos más tocapelotas seguían dándole al balón a escondidas.
—Algunos vienen así de serie. No haría falta maquillarlos.
Me reí por la nariz. Ella también. Ahí estábamos bien los dos, en esa clase de complicidad que no necesita explicarse porque viene de lejos. De haber pasado demasiado juntos. De haber perdido demasiado pronto.
Cuando nuestros padres murieron, ella solo tenía un año, y yo, veintiuno.
—Anda. Llévate al grupo al comedor antes de que me desmonten la playa .
—A tus órdenes, jefe explotador.
—Y no me vuelvas a mirar así.
—¿Así cómo?
—Como si supieras cosas.
—Es que las sé.
—Vete.
Se fue silbando y reuniendo a los pequeños por el camino. La seguí con la vista un momento, y, cuando volví al mar, Iker se estaba acercando.
Cada paso era peor que el anterior.
El sol le marcaba la cicatriz de la ceja. La barba le ensombrecía la mandíbula. El agua le bajaba por el pecho hasta perderse por debajo del bañador. El tipo de imagen que hace que uno se plantee por qué el universo no reparte mejor las desgracias y las ventajas comparativas.
« Acho , tío. Así no se puede trabajar…».
No me di cuenta de que los dos niños conflictivos seguían jugando al vóley. Ni de que la pelota venía hacia mí con una mala hostia preciosa.
—¡Cuidado! —gritó alguien.
Tarde. El balonazo le dio de lleno a la taza y el café hirviendo me cayó por encima, pecho, barriga y muslo incluidos.
—¡Me cago en la leche!
Me puse de pie de un salto sacudiéndome la camiseta blanca como si eso fuera a solucionar algo. El calor me mordió la piel y durante dos segundos mi expresión debió de asemejarse a la de una vieja a la que le han cambiado la tila por ácido.
Iker llegó corriendo. Se agachó delante de mí y alzó la vista.
—¿Estás bien? ¿Te has quemado?
«Tan cerca…».
Ese olor a sal, a mar y a hombre recién salido del agua. Sus facciones marcadas. Los ojos clavados en mí con una atención de la buena, no de compromiso.
Se me atascó la lengua de una forma humillante.
—Yo… sí… no… acho …
«Fantástico. Premio Nobel de la conversación».
Iker giró la cabeza hacia los dos culpables, que se habían quedado tiesos con el balón y cara de funeral.
—¿Qué os dije de cuando termina el partido?
Los dos tragaron saliva.
—Que… que no siguiéramos ju gando.
—Pues ya está. Al comedor, ahora, y ya veremos si os damos helado de postre o acelgas.
No levantó la voz. No hizo falta. Los niños salieron disparados como si les hubiera prometido enterrarlos en la arena hasta septiembre.
Volvió a mirarme.
—Lo lamento, jefe, en serio. Algunos de esos críos son mortales, aunque ninguno peor que yo a su edad. En el norte somos bastante brutos, ¿sabes?
Ahí tenía que haber contestado algo normal.
Me salió un ruido en gavioto. No sabría reproducirlo ni con ensayo previo. Algo entre un sonido estrangulado y agudo, que podría pasar por el de uno de esos pájaros que tanto odiaba a la caza de pescado.
Iker frunció el ceño, no sé si preocupado o pensando que el café me habría afectado a las cuerdas vocales.
Me giré sin ceremonia. Sin explicación, sin gloria; bastante ridículo había sido ya.
A unos metros, India se había parado al oír el grito. Tenía la bandeja apoyada en la cadera y se estaba mordiendo el labio para no reírse. Negó con la cabeza, con esa mezcla de ternura y ganas de vacilarme que solo ella sabía ponerme delante.
No añadí nada más.
Seguí andando hacia la caseta con la camiseta pegada al cuerpo, el café secándoseme encima y una sola idea martilleándome las sienes.
La pinta de pena que debía de haber dado delante de Iker no tenía nombre. Olía a derrota, café de cápsula y calentón mal llevado. Y eso no iba a perdonármelo en toda la semana.