Capítulo 8
El campamento Salitre funcionaba gracias a una mezcla muy concreta de organización, cinta americana, buena suerte y la firme esperanza de que ningún niño decidiera abrirse la cabeza con una pala antes de las tres.
La buena suerte, eso sí, venía cuando le salía de los cojones.
Yo estaba sentado en el porche de la caseta principal con un café recién salido de la Nespresso en la mano y un calor de justicia pegado al cogote, mirando mi pequeño reino particular como un rey cansado al que, en lugar de corona, le habían dado una libreta llena de alérgicos al huevo, un botiquín a medio reponer y veinte criaturas con energía nuclear y cero instinto de conservación.
Los niños siempre me habían flipado, solo que a veces se me indigestaban, como me pasaba con el cabrales.
La caseta era un bungaló de madera plantado directamente sobre la arena, entre pinos torcidos por el viento, y servía para todo lo que en el campamento no tenía un lugar fijo: despacho, trastero, almacén de pinturas, cajas de camisetas, pelotas, chalecos, rollos de papel, mochilas extraviadas y una cantidad absurda de tesoros inútiles que India se negaba a tirar porque, según ella, «todo tiene potencial si tienes imaginación».
Aquello no era una caseta. Era un cajón de sastre con techo.
El porche tenía dos sillas desvencijadas, que Brody insistía en que le mandara al taller y yo no lo hacía porque sabía que iba un pelín desbordado de encargos; una mesa baja llena de manchas de témpera y una hamaca que nadie usaba bien, y me servía para vigilar medio campamento sin mover mucho el culo.
Desde allí veía las cabañas, la zona de talleres, el comedor al aire libre, los columpios hechos con cuerdas náuticas y madera reciclada y, más allá, la playa.
El mar estaba a pocos pasos. Tan cerca que, cuando subía el viento, la arena se te metía en el café, en los zapatos y en sitios donde uno no quería pensar. Aun así, no habría cambiado aquello por nada.
Tener el Bar Baridad me gustaba, pero Salitre era mi cosa. Mi locura, mi orgullo y mi ruina parcial.
Como mi hermano decía, era un gran emprendedor con una nefasta visión para la economía.
La idea del campamento sin móviles, con plazas limitadas, talleres de verdad, juegos de los que cansan, mar, pinos y niños que llegaban con cara de castigo y a la tercera jornada parecían cachorros soltados en un campo.
Era una idea brutal, una que solo podía llevar a cabo dos meses y tres semanas al año, lo que duraban las vacaciones del periodo escolar, lo cual no era suficiente como para subsistir y por eso tenía el bar.
Las familias repetían, y eso era lo bonito.
Algunas plazas se pagaban enteras, otras a medias y otras no se pagaban, porque no me salía de los cojones mirar a una madre de la limpieza o a un padre que se echaba al mar día sí y día también en su pequeña barca y decirles que su hijo se quedaba sin campamento porque no les daba la vida ni el dinero.
Luego me tocaba a mí encajar las cuentas y hacer que aquello no se hundiera o, más bien, esa parte se la dejaba a Brody, que se le daba mucho mejor.
Los números y yo habíamos decidido de mutuo acuerdo llevar una relación cordial, pero sin excesiva cercanía, porque, cuando nos acercábamos demasiado, alguno salía herido.
Me daba igual dormir solo cinco horas en época estival; a veces no llegaba ni a cuatro.
El campamento y el bar tenían que convivir en el mismo espacio temporal.
Uno me vaciaba la cartera, el otro intentaba compensarlo.
A veces lo conseguía, otras me salía una freidora rota o una semana tonta en la que medio mundo se acordaba de apuntar en la libreta, pero nadie de pagarme a tiempo.
« Acho , tío».
La empresa de mis sueños tenía más remiendos que un pantalón de faena.
Mi hermano lo sabía. Él siempre lo sabía todo. No decía nada, solo suspiraba de esa forma suya que era peor que cualquier bronca .
Le di un sorbo al café y miré hacia la zona de talleres.
India había conseguido que aquella mañana, sin amenazas ni trueques, nueve niños pintaran tablas de madera con peces imposibles, soles bizcos y frases que daban entre ternura y ganas de desheredar a la humanidad.
Había diseñado la actividad, elegido los colores, convencido a tres de las pequeñas de que una raya fluorescente era una decisión estética válida y, de paso, conseguido que un niño de cinco años dejara de llorar porque su tiburón parecía una merluza con rabia.
Tenía catorce años y medio, porque la vida quiso que naciera un 25 de diciembre y estábamos a 25 de junio. Fue un regalazo de Navidad, como decían mis padres, y tenía una cabeza que iba siempre dos calles por delante del resto.
A veces me dejaba sin palabras. No se lo decía porque luego no había quien la bajara del altar.
Era lista, rápida, incisiva y más avispada que el hambre.
Llevaba el pelo negro recogido en dos trenzas boxeadoras de las que se escapaban mechones por todas partes, los brazos llenos de manchitas de pintura y esos ojos atentos suyos que no se perdían una.
Tenía la boca de nuestra madre. La creatividad y el pronto de Brody.
Y una capacidad natural para meterse donde nadie la llamaba que, en ocasiones, me daba ganas de esconderla en una caja con ventilación hasta que cumpliera treinta.
La playa de Salitre estaba pegada a la del muelle, repleta de kayaks , con una red de vóley, y estaba medio tomada por la última actividad antes de la comida.
Los pequeños jugaban a un lado y a otro de la red, con normas muy flexibles y cero sentido del ridículo. Los mayores intentaban parecer competitivos mientras se distraían cada doce segundos con una ola o con el hecho de estar, sencillamente, vivos, pisando arena y en verano.
Y allí estaba Iker.
Mi problema con abdominales.
No era justo llamarlo así cuando ni siquiera había hecho nada.
O precisamente por eso, porque el cabrón no tenía que hacer nada para volverme un poco idiota cada vez que lo miraba.
Le bastaba con existir a una distancia prudencial y dejar el resto en manos de mi imaginación, que, por desgracia, trabajaba rapidísimo cuando se trataba de hombres que me entraban por los ojos como canción del verano en chiringuito lleno.
«Ma-yo-ne-sa, se me sube, se me sube a la cabeza…».
«¡Dios, él sí que se me subía a la cabeza, a la cabeza y a otras zonas en las que me encantaría verlo!».
Lo había contratado casi sin querer, igual que me pasó con Vero, porque era un puto facilón y la vida me colocaba en situaciones de escasez laboral.
Me faltaba un monitor deportivo porque el chico que venía cada verano había aprobado unas oposiciones de bombero y decidido, en un gesto imperdonable de responsabilidad adulta, mejorar su vida.
Analí, la chica que llevaba la escuela de surf y mi única amiga, que conocía mejor que yo mis propias averías, me llamó el martes pasado, cuando estaba a punto de buscar en Wallapop a algún tarado sin antecedentes penales:
—Tengo aquí a un tío que busca algo para el verano, está recuperándose de una lesión y no es un inútil. Además, es de los que te gustan, totalmente tu estilo. Hace mucho de lo de Christian, aprovecha.
—Necesito un trabajador, no alguien que me destroce el corazón.
—No he hablado de amor. Este tío solo necesita algo temporal y podría cubrir muy bien la función de desatascador sexual. Piénsatelo.
—No quiero mezclar curro con sexo. Además, puede que no sea gay.
—Lo es.
—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Te ha pitado el radar?
—No, pero sí que lo conozco de las revistas y es un abanderado de la causa. No tiene problema alguno con su sexualidad y cero pluma, de los que a ti te ponen en modo san Bernardo.
—Vete a la mierda.
Ella rio.
—Se pasará mañana; yo iré por la noche después de que lo contrates para celebrarlo. Te quiero.
Analí colgó y, como dijo, Iker se presentó en el campamento a la mañana siguiente.
Camiseta de tirantes negra, mochila pequeña, cara de querer que no lo marearan y una cicatriz en la ceja que a mí, desde el segundo uno, me tocó algo por dentro de una forma peligrosamente estúpida.
Surfero vasco, piel tostada, hombros anchos, brazos limpios de gimnasio, llenos de agua y sol.
El pelo revuelto sin un orden fijo, como si peinarse le pareciera una ofensa personal.
Y esa hendidura en la barbilla, medio escondida bajo una barba de dos días, que se me quedó grabada en la cabeza como una idea indecente.
No sabía cómo se sentiría esa barba en mi cuello si le daba por rozarlo.
Ni pensaba permitirme averiguarlo.
La entrevista fue una cosa digna de museo. Él habló poco. Yo menos. Parecíamos dos hombres adultos haciendo una competición no verbal a ver quién aparentaba menos afectado.
Era tres años más joven que yo y estaba mucho más bueno.
Siempre he sido mono de cara y con cero motivación para el culto al cuerpo.
Me contó que había sufrido una lesión, que físicamente estaba casi al cien por cien, pero la cabeza seguía frenándolo. No se veía listo para volver al circuito. Necesitaba algo para ocupar el tiempo mientras arrancaba con sus rutinas de entrenamiento y no pensar tanto.
Acepté antes de lo que debía y le habría ofrecido el cuarto en el que ahora estaba Vero si no me hubiese dicho que había alquilado una de las casitas cerca de la zona de surf, donde el viento se te mete en los dientes y el mar tiene más genio.
Mi nuevo monitor no necesitaba techo ni llegó con explicaciones raras de por qué había aparecido en el pueblo, solo hacía falta ver las olas.
Punta Salvaje era el destino favorito de los surfistas más aguerridos y adictos a la adrenalina.
Ahora lo tenía allí, en mitad de mi playa, pitando el final del partido con una soltura irritante.
No llevaba la camiseta puesta.
La había dejado sobre una roca.
Lo que me jodía no era que se le vieran los abdominales ni la uve de la pelvis ni la forma en que la cicatriz de la ceja parecía todavía más obscena con la sal seca en la piel. Lo que me jodía era lo mucho que yo me estaba fijando.