Capítulo 7
Cerré la puerta del baño de un portazo, con la mano en el pomo, echando aire por la nariz como si tuviera alma de retinto y así fuera a ordenarse algo.
No se ordenó una mierda.
Porque seguía siendo verdad. No una alucinación, no una cara parecida, no una jugarreta del cansancio, la pintura o el cabreo que llevaba encima desde las nueve de la mañana.
Ella. Su preciosa cara y esos ojos que seguían cortándome el aliento con la misma intensidad.
Trece años después, seguían en el mismo sitio, bajo sus largas pestañas. Clavándose del mismo modo. Recordándome por qué el azul era mi color predilecto, su azul.
Abrí el grifo otra vez y me metí debajo del agua con la esperanza bastante ridícula de que, ya que no podía diluir la situación, al menos diluyera el verde y dejara pensar a la parte del cerebro que no se había visto afectada por su presencia.
No hubo suerte.
Agarré la esponja rara que India me había obligado a comprarle porque, según mi hermana, arrastraba las pieles muertas, las malas energías y no sé qué más tonterías.
Una porquería con pinta de nube seca y tacto de lija.
Le eché doble ración de su jabón exfoliante, el mismo que olía a coco y castigo. Mis pelotas lo sabían demasiado bien por el día que me equivoqué y se me ocurrió lavarlas con él.
Empecé a restregarme el brazo como si así fuera a sacarme el tinte, el susto y la imagen de su trasero de la cabeza.
—¡La madre que los parió a todos!
A Harley el primero.
Porque una cosa era contratar a alguien para el bar y otra muy distinta meterme a una extraña en casa sin avisar. Bueno. Una extraña no, a esa extraña, porque mi hermano no tenía ni puñetera idea de quién era Vero.
Su nombre se deslizó sobre mi lengua con la misma facilidad con que un helado se derretía al sol.
Ella estaba en mi casa. Ocupando la habitación de mis padres. Sin dedicarme ni media palabra sobre si me había reconocido o no, y la incertidumbre me estaba matando.
Puede que el camuflaje verde la hubiera despistado. O puede que yo no hubiera llegado a ser lo suficientemente importante como para marcarla tanto como ella a mí.
Golpeé el puño contra los azulejos.
«¡Joder!».
No entendía qué hacía aquí.
Esa era la pregunta que me reconcomía. Tenía claro que Harley le había ofrecido TTPC: techo, trabajo y pensión completa en nuestra casa, y ya nos apañaríamos con las cuentas.
Mi hermano era así, veía un marrón con piernas y ya estaba montando una solución antes de preguntar si había sitio o suficiente dinero.
Harley tenía dos trabajos que se retroalimentaban y le daban lo justo como para pagar sueldos, porque mi hermano era incapaz de cobrar en exceso por sus servicios y productos.
Por fuera podía parecer un poco sieso; sin embargo, jamás dejaría a un niño sin campamento porque no pudiera pagar, o a alguien del pueblo sin cerveza fría una noche de calor.
Era especialista en subvencionar necesidades ajenas; de llegar a fin de mes ya me ocupaba yo.
Mi hermano era un caso aparte, pero ella… ¿Por qué Punta Salvaje? ¿Por qué ahora?
No por mí, eso seguro. De la forma en que me fui, dudaba de que quisiera verme de nuevo.
Vero era de Las Palmas, lo recordaba a la perfección. Su acento musical era de los que no se olvidan y te penetran cuando bajas la guardia. Sus salidas de tono y esa forma tan suya de reírse de todo, como si la vida no pesara, eran lo que más me fascinó cuando nos conocimos.
Recordaba más cosas de las que me convenía por salud mental, y ninguna me servía para entender por qué acababa de aparecer en mitad de mi casa, desatando el caos, como si el tiempo no hubiera pasado .
Me pasé las manos por la cara, porque la idea seguía taladrándome.
«No ha venido por ti. Las mujeres solo aparecen trece años después en las películas y suelen ir acompañadas de un hijo bajo el brazo en busca de una pensión, y los dos sabemos que eso no llegó a suceder».
El 12 de julio una llamada lo cambió todo.
Ni siquiera tenía el recuerdo entero. Solo fragmentos punzantes. La fecha, el suceso, el pellizco feo que seguía donde lo había dejado, aunque llevara años haciendo como si no.
Apreté la mandíbula y me restregué el hombro.
El cabreo regresó. La confusión también. Y esa sacudida por dentro, esa forma tan rápida y tan poco limpia de volver a notar cosas que creía enterradas. Como si alguien hubiera abierto una puerta que llevaba años atrancada y lo hubiera hecho de una patada.
Cerré los ojos.
Error.
La vi otra vez. Plantada en mitad del cuarto con aquel pijama diminuto, el pelo revuelto y esa boca suya soltando barbaridades como si no acabara de echarme mano a la palanca de cambios para comprobar si yo existía de verdad.
Se me tensó todo.
Porque lo peor no era el susto, ni los audiolibros guarros, ni verla ocupando el mismo espacio, respirando el mismo aire que yo. Lo peor era cómo había reaccionado mi cuerpo frente a su cercanía, plantearme la posibilidad estúpida de que se hubiera pasado todos aquellos años buscándome.
El mero planteamiento me hacía sentir como un idiota, como si no tuviera treinta y siete años y suficientes pelos en los huevos para saber que no era verdad. Nadie te marca así en tan poco tiempo.
Tenía un taller, una casa, dos hermanos y demasiadas responsabilidades encima como para ponerme a hacer el subnormal por una mujer que el tiempo debería haber dejado en su sitio.
Lejos.
Era una mera casualidad. Eso o alguien ahí arriba tenía muchas ganas de cachondeo y había decidido reírse de mí.
Vero estaba cambiada. Más cuerpo, más curvas por las que querer derrapar, más centímetros de mujer que recorrer. Y yo siempre había tenido debilidad por las chicas que no pedían perdón por ocupar espacio. Por las que encajaban bien entre unas manos grandes. Ella era justo de esas.
—¡Mierda!
Ya volvía a estar empalmado. Apoyé la frente en la pared un momento.
No sabía nada de su vida. Quizá estaba casada.
Quizá tenía hijos. Quizá había rehecho todo lo que yo había roto sin darle opción a nada.
No necesitaba que la vida viniera a desordenarme por segunda vez a través de sus idas de olla, su mirada o ese pijama, que debería considerarse desestabilizador mental.
Abrí los ojos y me miré el brazo.
Menos verde. Algo era algo. Ahora solo parecía que sufriera algún tipo de afección hepática.
Respiré hondo, cogí el bote de jabón y me lo vacié directamente sobre el cuerpo para un segundo lijado.
Mientras me frotaba el alma, pensé en Harley.
En cuanto lo pillara, iba a explicarme qué coño había hecho con pelos y señales.
Mientras tanto, iba a asegurarme de ir vestido la próxima vez que me cruzara con Vero.
Cerré el grifo.
El silencio cayó y, con él, la única verdad que importaba.
Ella estaba aquí, en Punta Salvaje, bajo mi techo, y, por mucho que intentara convencerme de que era una casualidad de mierda, sabía que no era cierto.
Porque hay cosas que uno cree olvidadas hasta que vuelven a plantarse delante, y entonces descubre que no estaban muertas, solo esperando a ser recordadas.