Capítulo 6 #2
Di un salto atrás tan torpe que casi me llevo por delante la maleta. El móvil seguía vomitando porno de orcos a pleno pulmón y yo me arrojé hacia él, mortificada, para apagarlo de un manotazo asesino.
El silencio que quedó fue tan brutal que casi prefería que el orco siguiera empotrando a la elfa.
Nos miramos.
Él seguía inmóvil, empapado, desnudo y respirando fuerte. Con una cara que oscilaba peligrosamente entre el homicidio y la incredulidad.
Yo seguía en pijama de Temu, despeinada, sin sujetador, con la decencia hecha puré y la certeza de que acababa de toquetearle la polla al hermano mayor de mi jefe nada más conocerlo.
No, peor.
Ni siquiera lo había conocido todavía.
—Bueno —dije al fin—. Esto se ha puesto raro rapidísimo.
Él abrió la boca y tuvo la decencia de girar el remo para que la parte de la pala cubriera su esplendoroso miembro.
—¿Quién cojones eres?
La voz me golpeó como otra cosa que no necesitaba en mi sistema nervioso. Grave, rasposa, enfadada, sospechosamente familiar y con un deje que me hizo pensar cosas improcedentes sobre ser castigada contra una pared por el Gigante Verde.
Yo también abrí la boca y la cerré, porque lo primero que salió fue la Vero sin filtro con una de sus frases lapidarias: «La mujer que acaba de agarrarte el nabo como si estuviera en la frutería para comprobar si está en su punto». Decidí que no era una presentación elegante.
A ver, si analizaba las cosas fríamente, acababa de cometer un allanamiento, pero yo no era culpable de que se hubiera plantado así en el interior del cuarto.
Así que me crucé de brazos y me puse a la defensiva.
—La pregunta importante aquí sería, más bien, qué haces tú irrumpiendo en una habitación ajena, completamente desnudo y armado como si fueras a asaltar una regata.
Su mirada bajó hacia el remo. Luego volvió a mí.
—Estoy en mi puñetera casa y tú eres una okupa.
—Te equivocas. Estoy en la habitación que me dijo Harley. Soy su nueva camarera.
Su ceño se frunció.
—¿Trabajas con mi hermano?
—Sí. El del bar. El que habla como si llevara enfadado con la humanidad desde 1997. Ese.
Parpadeó.
Mis ojos intentaban no caer de cintura para abajo. Lo intentaban, quiero decir. Porque volvían ahí solos con la disciplina de una gaviota con TDAH.
Se dio cuenta. Claro que se dio cuenta.
Arranqué un cojín de la cama y se lo lancé.
—Toma, esto te cubrirá mejor.
Lo atrapó por puro reflejo.
—¿Qué haces?
—Un intento desesperado de que dejes de airearme la fauna. Cúbrete, por el amor de Dios.
—Has sido tú la que me ha tocado.
—Porque pensaba que eras un delirio erótico con muy buen presupuesto.
Hubo un silencio incómodo.
Y, durante un instante, juro que estuvo a punto de reírse. No lo hizo. Apenas se le movió una comisura. Un amago tan pequeño que podría habérmelo inventado. Pero juraría que estuvo ahí.
Luego volvió el enfado.
—¿Por qué mi hermano te dio este cuarto?
—Imagino que es el que os quedaba libre. Oye, no pretendía cabrearte con mi presencia. Dada la circunstancia, me parece que a Harley se le olvidó contarte que iba a pasar aquí el verano.
Sus ojos se entornaron.
—A Harley se le olvidan muchas cosas. Como mirar las etiquetas de la pintura que compra tu hermana antes de volverte radiactivo. Me han pintado.
—Eso ya lo veo.
—Mi hermana compró la pintura en Shein y estaba tratando de quitármela.
—Bueno. La vida sorprende.
Resopló tan fuerte que me agitó el pelo.
Coño, cómo se parecía al chico de Madrid.
Yo seguía sin respirar bien. Él seguía goteando.
—Creo que lo mejor es que termine con la ducha y luego hablamos —dijo, con la voz de alguien que necesita poner metros entre él y esta situación antes de que le explote algo dentro.
—Sí, vale. Y, oye… disculpa. Te he tocado el pene por error. Te aseguro que soy más de dos besos.
Ahí pasó algo en su cara. Una especie de cortocircuito. Otra vez esa chispa brillando en sus ojos. Como si quisiera matarme, largarse y reírse al mismo tiempo y no supiera muy bien por qué orden empezar .
Me pasé una mano por el pelo y lo empeoré.
—Mira, yo solo sé que Harley me dijo que podía quedarme aquí porque el hostal está lleno, que la habitación estaba libre y que él te avisaría. Así que, si vas a matarme, preferiría que fuera después de un café.
Él siguió exhalando con fuerza.
Nos miramos un segundo de más. Dos. Tres.
Ninguno respiraba bien.
Esperaba que no fuera asmático y estuviera en plena crisis.
Iba a decir algo. No sabía qué. Pero algo.
No me dio tiempo.
Giró sobre sí mismo con una furia seca, tiró el cojín a la cama como si lo hubiera ofendido personalmente y salió hecho un vendaval de la habitación.
Y entonces, claro. Lo vi.
Su culo. Desnudo, perfecto, en tensión, con algunas gotas salpicándolo que se deslizaban por toda la espalda hasta morir en ese punto tan comestible.
Una visión tan obscena y ofensivamente bonita que me dieron ganas de pasarle la lengua.
—Madre del amor hermoso —susurré en cuanto la puerta se cerró, dejándome de nuevo a solas.
Me dejé caer sobre la cama, con el corazón golpeándome las costillas, la maleta abierta, el pijama delictivo arremetido, el altavoz en silencio y una sola idea latiéndome en la cabeza:
Acababa de pasar algo gordo, algo ridículo, algo sexualmente humillante.
Y lo peor de todo no era haberle agarrado la polla a un desconocido creyendo que era una alucinación.
Lo peor era que aquella cara era exacta a la del chico del que me enamoré antes de conocer a Adrián.
El que me hizo ghosting . El que desapareció sin una sola palabra.
Su voz sonaba igual, mi corazón se aceleraba igual, y empezaba a tener la espantosa sospecha de que, debajo de toda aquella capa de Hulk en crisis, yo también le sonaba a él.