Nunca serás mi romcom Capítulo 6
8%

Capítulo 6

Dormí como una muerta.

Que, teniendo en cuenta los últimos meses, era casi un milagro y un chiste de pésimo gusto al mismo tiempo.

No recordaba la última vez que había dormido tantas horas seguidas sin despertarme a las tres, a las cinco y a las seis y media para comprobar que el mundo seguía siendo una mierda, pero una mierda que seguía girando pese a que la persona más importante de mi mundo ya no estuviera.

Desde que mamá murió, mis mañanas se habían convertido en una especie de castigo administrativo: abrir los ojos, maldecir mi existencia, ir a mear, poner la guagua en marcha y fingir que seguía siendo una adulta triste y estable.

Aquella mañana no.

Aquella mañana me desperté tarde, desorientada, con la cara pegada a la almohada y el cuerpo tan hundido en el colchón que, por un momento, creí que igual había fallecido yo también mientras dormía y nadie me había avisado por no molestar.

Tardé unos segundos en ubicarme.

El techo no era el mío. La pared no era la mía.

El olor del suavizante tampoco, ni el aroma de la estancia.

Aquel cuarto estaba perfumado con madera, ropa limpia guardada en armarios con historia, mar y algo muy tenue que no sabía identificar, como si en esa habitación se hubieran querido mucho o se hubieran peleado muchísimo. Quizá las dos cosas.

Me giré boca arriba y me tapé la cara con el antebrazo.

—Venga, Verónica —murmuré—. Arriba. Haz algo útil, aunque sea respirar sin dramatismo.

De eso tenía un máster. Digo, en lo de respirar.

No me moví.

Porque había descubierto una verdad importantísima sobre la vida: si una no tenía que conducir una guagua a las siete de la mañana, el cuerpo se vengaba del universo durmiendo como una piedra.

Miré el móvil. Era tarde tanto para desayunar como para ir en pijama todavía.

Bueno. «Pijama».

Aquello había sido un conjunto mono de Temu unos meses atrás, que ya compré justo porque una XL en China es una XS en la tienda de la esquina.

Estaba embutida en una evidencia textil de que el capitalismo era maligno y las lavadoras, unas hijas de puta.

El pantalón corto se me había quedado tan subido que, si me inclinaba mal, podía enseñarle a media Cádiz mi árbol genealógico.

Y la camiseta hacía un esfuerzo enternecedor por cubrirme lo mínimo exigible por la ley de las redes sociales.

Ideal para conocer gente o para enseñar un pezón.

Me incorporé, me até el pelo en un intento de moño sin nada que lo sujetara y miré la maleta abierta en el suelo.

Todavía no la había deshecho. Normal, teniendo en cuenta que el día anterior me había dado tiempo a aterrizar en Málaga, pillar un bus hasta la estación y un Uber hasta casa de la prima Mila.

Comer con ella en Sotogrande, descubrir que mi madre había tenido mejor vida sexual potencial que yo, conducir hasta Punta Salvaje, encontrarme con Harley, aceptar trabajo y cama en casa ajena, cerrar un bar a las tres de la mañana y entender que, al parecer, mi vida había decidido convertirse en una comedia de enredos escrita por una señora con problemas serios de autocontrol.

Necesitaba ordenar algo. Aunque solo fuera la ropa interior.

Las tripas me rugían, ni me había lavado la cara, el pijama seguía opositando a cortarme la circulación y, aun así, decidí que deshacer la maleta era una actividad suficientemente digna como para empezar el día sin parecer una indigente afectiva.

Cogí el móvil, busqué el audiolibro donde lo había dejado la noche anterior y sonreí sola.

Porque sí, estaba escuchando la que estaba convencida de que iba a ser mi mejor lectura del mes y estaría en mi top cinco de romantasy de orcos.

El narrador era brutal, tenía una de esas voces que sonaba como si tuviera la garganta hecha de whisky, pecado y malas intenciones, y la elfa de turno hubiera nacido única y exclusivamente para tomar decisiones cuestionables y acabar empalada con entusiasmo contra superficies varias.

No me juzgaba por tener este placer culposo. Bastante me juzgaba ya la vida.

Saqué el altavoz portátil, le di al play y dejé el móvil sobre la cómoda. La voz grave del narrador llenó la habitación casi al instante, tan profunda y obscena que una parte de mí, la más básica y menos evolucionada, se puso a aplaudir por dentro.

Me agaché junto a la maleta y empecé a sacar ropa.

Vaqueros, camisetas, vestidos de verano. Lo fui colocando todo hasta llegar a las camisas; hice una pausa para ir al baño, vaciar el neceser y volver a la maleta.

Saqué un paquete de pañuelos. Otro paquete de pañuelos, porque tengo la vejiga del tamaño de una avellana y la decencia del tamaño de una aceituna como para pedir papel del váter en el momento menos oportuno.

El orco del altavoz gruñó algo y la elfa respondió con un gemido tan entregado que tuve que resoplar.

—Hija, un poco de amor propio —murmuré, sacudiendo una camisa para ponerla en una percha—. O, al menos, una estocada verbal antes de bajarte las bragas.

Claro que yo no estaba para dar lecciones. Llevaba meses refugiándome en comida, rutinas y fantasías con señores verdes en lugar de enfrentarme a mi propia vida, así que tampoco iba a mirar a una elfa calenturienta por encima del hombro.

Seguí sacando cosas mientras el diálogo subía de tono a lo bestia.

—Dime qué quieres de mí —ronroneó el orco con esa voz de derribar tabiques.

—Tu mazo vengador. Quiero que me empotres y me apuntales. Hazme tuya hasta que mañana no pueda cerrar las piernas sin recordarte.

Me reí por lo bajo.

—Qué romántico todo. Jane Austen estaría más húmeda que una toallita si levantara la cabeza.

Me incliné para alcanzar un sujetador que se había enganchado con una rebeca y fue entonces cuando escuché el golpe.

Un estruendo seco. Muy cerca. Y un gruñido.

¿Había sido el orco? Pues sí que la había apuntalado. No sabía que el audiolibro incluyera efectos de sonido; cada vez eran mejores .

Torcí el cuello un instante y no me dio tiempo ni a pestañear, porque acababa de darme cuenta de que la puerta estaba abierta.

Y allí estaba él. Orcando, con un remo en la mano y la polla en tecnicolor.

Durante un instante pensé que estaba alucinando.

Después me di cuenta de que no podía ser y de que, por cojones, debía seguir estando dormida.

Había soñado que me despertaba, que me levantaba, que sacaba ropa de la maleta y que ahora mi subconsciente había decidido premiarme por la pérdida, el duelo y el esfuerzo logístico metiéndome en la habitación a la fantasía sexual más desquiciada de mi historia hormonal.

Porque lo que tenía delante no era real.

Repasé al señor gigantesco, desnudo, empapado, muy verde, portador de un remo y con cara de pocos amigos. Juraría que estaba a nada de cometer un homicidio justificado por el Código Penal de las personas muy hartas, o tal vez simplemente estaba listo para empalarme.

Tardé un instante más en procesar el resto.

El pecho ancho. Los hombros enormes. El agua resbalándole por la piel verde. La barba de varios días. El pelo largo mojado. La mirada clavada en mí como si estuviera decidiendo si iba o no a comerme.

Tenía que dejar de escuchar audiolibros guarros de orcos.

Estaba tan cachonda y agotada que sufría enajenación mental transipolla.

De eso no había duda, porque llevaba tanto tiempo sin sexo que mi subconsciente había decidido fabricarme uno a medida, y encima con la misma cara que el chico que me había dejado hecha polvo años antes de conocer a Adrián.

Ese que desapareció sin una sola palabra.

Ese que mi memoria había guardado en ese cajón donde metes las cosas que duelen demasiado para revisarlas.

Darme cuenta de eso hizo que me planteara si prefería cantarle las cuarenta o rematar la faena con él.

Mi imaginación, que tenía la delicadeza de una apisonadora, decidió enmarcar por mí la zona central, la única franja de su color humano original, con toda la intención del mundo.

«Joder. Joder y medio».

El altavoz, que era un hijo de puta con timing perfecto, escogió ese preciso instante para soltar la frase más indecente del capítulo doce.

—Eso es, elfa. Apriétame así. Quiero salir de ti chorreando, que gotees de placer mientras te inundo en leche .

Parpadeé. Otra señal de que seguía durmiendo con el audiolibro puesto.

Miré al hombre verde.

Miré el remo.

Avancé con un hormigueo que me llegó a los pezones.

Volví a mirar la parte sin verde, que, francamente, parecía bastante encantada de conocerme.

Y tomé una decisión que en cualquier contexto normal me habría hecho merecedora de una orden de alejamiento.

Podía oler el agua caliente, el jabón y algo debajo de todo eso. Madera, sal y hombre. Un olor limpio y animal al mismo tiempo que me golpeó el estómago con una violencia poco solidaria.

Me planté frente a él como quien se acerca a un animal salvaje o a una aparición mariana con polla e hice una de esas cosas que una solo se permite cuando sueña.

Le agarré todo el Orcando. Directamente. Sin licencia. Sin cerebro.

A veces las personas hacen cosas estúpidas para corroborar que no están en plena fase REM. Algunas se pellizcan. Otras cuentan dedos. Yo, al parecer, echaba mano de los genitales de una fantasía húmeda que parecía muy despierta.

Lo sentí caliente, pesado, absolutamente real.

Y él soltó un gruñido. No una palabra. No un «qué coño haces». Un gruñido grave, gutural, sorprendido, que me subió por el útero activando sin aviso el reloj biológico.

Se me secó la boca.

Y, para empeorar una situación que ya era un memorial a la vergüenza, aquello creció bajo mi mano. Lo suficiente.

Mi cabeza intentó juntar piezas con retraso.

Harley. El bar. Anoche. Frases como: «mi hermano mayor», «se va a cagar mañana cuando lo pintemos de superhéroe para una cosa del campamento», «mañana lo conocerás antes de que India y yo volvamos».

Y entonces lo entendí todo.

No estaba soñando, ¡estaba magreando al hermano desnudo de mi nuevo jefe!

Retiré la mano con prisa. Era tarde para fingir que no había pasado.

El grito me salió dos segundos después.

—¡Coño, si eres de verdad!