Capítulo 5
Cruzar el patio de tu casa pintado de verde de arriba abajo era una experiencia que no le deseaba ni al concejal de Urbanismo.
Y eso que aquel hombre llevaba años ganándose a pulso mi desprecio profesional, moral y estético.
La culpa, en cualquier caso, no era suya, era de Harley.
Mi hermano y su puta idea de montar una yincana temática en el campamento con superhéroes reciclados, niños desatados y pintura corporal, según él, «apta para piel sensible», que resultó ser apta para piel sensible de una mierda.
—Solo es maquillaje al agua, Brody —comentó, dándome brochazos como si no hubiese un mañana.
—Los niños van a flipar, Brody —se sumó mi hermana menor, que trabajaba de ayudante los meses de verano y, al parecer, ahora era body painter profesional.
—Os juro que como esto no salga después…
—No seas intenso —siguió India, mirando de reojo a nuestro hermano—. Saldrá, la compré en Shein y ponía que era perfecta para Carnaval.
Pues sería para el Carnaval de Plutón. ¿Cómo no iba a ser intenso si llevaba desde las ocho de la mañana pareciendo un cruce entre Hulk y una espinaca superdopada con problemas de ira?
Había intentado quitarme esa cosa en cuanto terminé mi papel.
No salió. Ni con jabón, ni con aceite para bebés, ni con alcohol.
El vello de mi pecho daba fe. Y, como el universo disfrutaba jodiéndome con esmero, aquel mismo día tenía un encargo urgente que entregar a primera hora en el taller.
Así que me había pasado la mañana tragándome las risitas y las burlas de media población, que había decidido, casualmente, pasarse hoy, mientras yo hacía como si no me importara que hasta Paqui, la del estanco, me hubiera dicho, con la misma cara con la que una habla del tiempo:
—Podrías ponerte como reclamo en la frutería; si las acelgas tuvieran tu aspecto, no le pondría mala cara a la nutricionista cuando me dice que solo puedo abrir la boca frente a hojas verdes. Te comería entero y todas las noches.
—Te recuerdo que estás casada —bufé.
—Tranquilo, mi marido sabe que sería por prescripción médica. La doctora me aconsejó que necesitaba hacer más cardio y que todo lo que me metiera a la boca fueran tallos verdes. Por lo que cuentan algunas lenguas, el tuyo está muy bien y es supersaciante.
—Anda, márchate antes de que Pedro venga con intención de trocearme el tallo.
Ella se marchó con una sonrisita lobuna y los ojos cargados de promesas lujuriosas.
Por eso ya no me acostaba con nadie que viviera en Punta. Después uno tenía que lidiar con las vecinas, los maridos y las expectativas que hacían circular sin motivo.
Empujé la puerta del patio con la mala hostia contenida de quien ha decidido no cometer un crimen por pereza burocrática.
Y ahí estaba Garfio, apostado en la sombra que le ofrecía una maceta junto a la pared, al más puro estilo guardián.
Era una tortuga mediterránea de tamaño mediano y edad incierta, aunque por su actitud podría haber presenciado la caída del Imperio romano y haberla encontrado entretenida.
India la encontró tirada en la carretera que lleva al mirador, la trajo a casa con la cara inundada de lágrimas y un ojo destrozado por el atropello.
Sobrevivió, perdió el ojo y, a partir de ahí, India se dedicó a hacerle toda una colección de parches —colección verano, otoño, invierno y primavera, de diseño listo para pegar—; de ahí el nombre, porque decía que parecía un pirata.
La falta de visión no le había impedido nunca, al muy cabrón, porque era macho, pillar carrerilla cuando se trataba de comida o de pies. Era un puto fetichista.
Tenía la misma expresión que pondría un asesino en serie si tuviera pico y caparazón. Sus dos pasiones en la vida eran morder dedos gordos y tirarse encima de cualquier par de zapatos con una energía que, en otro animal, habrías llamado pasión. En Garfio lo llamábamos problema.
Se giró despacio hacia mí. Hacia mis botas y otra vez hacia mí.
—Ni se te ocurra .
Avanzó un centímetro con esa lentitud estratégica suya de depredador convencido.
—Garfio, no.
Otro centímetro. El ojo bueno fijo en mi bota con una concentración francamente admirable en un ser de ese tamaño craneal. Y entonces arrancó a correr. Si hubiera habido unos Juegos Paralímpicos de tortugas, los habría ganado sin lugar a dudas.
Me saqué la bota con una rabia muy poco decorosa y la lancé hacia el rincón opuesto del patio. Garfio salió disparado tras ella con un entusiasmo sexual impropio de su edad y de su especie.
—Eso, vete a enamorarte lejos de mí.
Subí las escaleras de dos en dos, sintiéndome sudado, pegajoso, verde y a un paso de empezar a morder gente.
La casa estaba en silencio.
«Bien».
Ni rastro de Harley o India, que a esas horas seguían en el campamento hasta que los padres recogieran a los críos.
No tenía humor para que mi hermano me preguntara si había logrado rebajar el tono verde lagarto, o para que mi hermana me hiciera una foto entonando eso de «porfa, Brody, no seas boomer , un alma creativa como la tuya debería sentirse orgullosa de mi obra».
Entré en el recibidor quitándome la camiseta por el camino.
La bota que me quedaba. El cinturón y los vaqueros siguieron el mismo camino.
No había erotismo alguno en aquello, solo la desesperación práctica de un hombre que quiere arrancarse una capa de pintura antes de que se le funda con la epidermis y tenga que explicarle a un dermatólogo por qué parece una espinaca culturista.
A mis treinta y siete tenía el cuerpo de un tío al que la vida no le había dejado muchas opciones aparte de hacerse fuerte.
Espalda ancha, hombros grandes, brazos hechos de cargar puertas y vigas y problemas que no siempre eran míos.
Manos llenas de pequeñas cicatrices de taller.
Una cara que la mayoría describía como seria hasta que me conocían lo suficiente para descubrir que no era serio, solo estaba cansado, o cabreado.
A veces, ambas cosas. Miré un segundo de más el antebrazo.
Diagnóstico: verde. El pecho: verde. Los abdominales: verdes. Y no quería seguir, porque era de lo más raro tener todo el cuerpo del mismo color y la polla del de siempre.
—Te juro, Harley, que como esto no salga hoy te afeito las cejas mientras duermes.
Me quité también el calzoncillo y crucé el pasillo desnudo con aquella única franja de piel de mi color. Mi rabo era como una imagen de testigo protegido, pero fundido en piel, en lugar de a negro.
La pulsera me golpeó apenas la muñeca al levantar el brazo.
No me la quitaba nunca, salvo cuando me habían pintado para no dañarla.
Menos mal. Era una costumbre tan vieja que había dejado de verla, igual que uno deja de ver una cicatriz o una grieta en la pared del cuarto si pasa mucho por delante.
Mi padre la llevaba siempre, y sus mejores amigos también.
Nuestra forma habitual de manejar las cosas importantes era con un silencio tácito que a veces se parecía al respeto y a veces a la cobardía, y que, desde que murió, ya no tenía forma de distinguir.
Abrí la ducha, puse el agua lo más caliente que pude soportar y me metí debajo.
Me froté los brazos con jabón. Luego el cuello, la cara, la barba.
Me solté el moño que utilizaba para que el pelo no se me fuera a los ojos mientras estaba en el taller, puesto que me llegaba a la parte alta de los hombros.
La pintura cedía, sí. Poco a poco. Con la entrega resignada de algo que sabe que ha perdido, pero que no tiene ninguna prisa en reconocerlo.
Como yo con muchas cosas, últimamente.
Había pensado que mi vida iba a ser otra.
Madrid. La escultura, exponer en galerías…
Tiempo para hacer piezas que duraran, que no tuvieran que servir para abrir una bodega o decorar la casa de un inglés forrado con complejo de rústico.
Había tenido dos años de eso, dos años buenos intentando crearme un nombre cuando terminé la carrera, y luego el teléfono y el accidente y el vuelo de vuelta a Punta Salvaje.
Dos hermanos destrozados, a los que sostener y, en parte, criar.
Mi sueño, aparcado en algún cajón que no abría porque no servía de nada hacerlo.
No me arrepentía, eso lo tenía claro. India y Harley eran lo mejor que tenía y los habría elegido mil veces antes que a mi sueño.
Pero había una diferencia entre elegir algo y fingir que no has dejado nada atrás, y yo llevaba años siendo bastante bueno en la segunda parte sin reconocer del todo la primera.
El pueblo ayudaba. Punta Salvaje era esa clase de lugar que te envolvía con suficiente calidez como para que la jaula no pareciera jaula.
La comunidad, el bar, el mar a cien metros, la gente que te quería con esa familiaridad sin protocolo de los sitios pequeños.
Era bueno, era real. Era suficiente la mayor parte del tiempo.
La mayor parte.
Apagué el agua para coger aire, apoyé las manos en las baldosas y dejé que el agua goteara desde mi pelo hasta el desagüe.
Y entonces lo oí. Un golpe seco, lo suficientemente hosco para saber que no había sido Garfio y mucho menos mis hermanos, porque seguían en el campamento. Fue fuera del baño. Conocía lo suficiente la casa como para situarlo en mi misma planta, a unos metros.
Tras el silencio llegaron las voces lejanas. Agucé el oído. Parecían un hombre y una mujer.
Se me tensó la mandíbula y, sin pensarlo, salí directo, sin secarme, porque a impulsivo no me ganaba nadie y, como a algún majadero se le hubiese encendido la bombilla con intención de robar u ocupar nuestro hogar, iba a salir por piernas.
Salí al pasillo y cogí el remo de madera maciza que yo mismo había tallado y que descansaba apoyado contra la pared. Pesaba lo suficiente como para quitarle a alguien las ganas de seguir entrando donde no debía.
Las voces salían de la habitación de mis padres.
No debería haber nadie en casa. Y en esa habitación, menos.
La voz del hombre volvió, grave y cargada de intención.
—Suplícamelo, elfa.
Me congelé dos segundos completos.
La voz de la mujer respondió:
—Fóllame, Orcando. Clávamela hasta el fondo. Quiero sentir esa enormidad partiéndome en dos.
Parpadeé.
Porque ya no sonaba solo a que alguien hubiera entrado en casa. Sonaba a que, además de robar, dos borrachuzos salidos habían decidido que la habitación de mis padres era el lugar ideal para su sesión de cosplay .
En mi casa.
En mi puta casa.
En la habitación de mis padres .
Avancé descalzo y empapado, dejando huellas en el suelo, con el remo sujeto a dos manos y el corazón latiéndome ya en modo «a ver qué subnormal ha decidido que hoy era buen día para morir».
La voz del orco volvió a resonar.
—Dime qué quieres de mí.
Ella no tardó ni medio segundo.
—Tu mazo vengador. Quiero que me empotres y me apuntales. Hazme tuya hasta que mañana no pueda cerrar las piernas sin recordarte.
Mis cojones que iba a apuntalarla. A mí sí que iba a recordarme mañana y para los restos de su negra vida.
Dos zancadas y abrí la puerta con un rugido.
Y entonces vi el culo.
Un culo precioso. Redondo. Generoso. De esos que te llenan las manos y te joden la concentración. Embutido en unos pantalones tan minúsculos que se habían rendido sin decoro alguno entre dos nalgas con vocación de pecado.
La dueña de aquel atentado contra mi sistema nervioso estaba inclinada sobre una maleta abierta repleta de bragas con dibujitos.
Se giró.
El pelo, castaño claro, le cayó por la espalda como una cascada desordenada. La luz de la habitación le dio de lleno en la cara y en los ojos.
Los putos ojos.
Azules. No de un azul bonito sin más. De ese color que te deja un segundo más tonto de la cuenta aunque estés desnudo, verde, armado con un remo y con el rabo al aire.
El audio siguió sonando de fondo, implacable.
—Eso es, elfa. Apriétame así. Quiero salir de ti chorreando, que gotees de placer mientras te inundo en leche.
Ella me miró. Yo la miré. Sus ojos bajaron en un escáner completo, con los labios separados y las mejillas encendiéndose en el descenso. Me recorrió el pecho, el abdomen y más abajo, donde el inconsciente de mi cuerpo empapado empezaba a reaccionar sin vergüenza ni pudor.
—Tengo que dejar de escuchar audiolibros guarros de orcos —dijo al fin, con una calma que rozaba la indecencia—.
Estoy tan cachonda y agotada que sufro enajenación mental transipolla.
Juraría que tengo aquí mismo a Orcando, o al que podría pasar por el hijo ilegítimo de Can Yaman y el dibujito que aparece en las latas del Gigante Verde.
Me putoflipan esos guisantes, aunque los tuyos no cabrían ahí dentro, debería envasártelos de manera individual por tu formato XL.
No respondí. No podía.
¿Estaba ante una okupa desequilibrada mental con el aspecto de mi mayor fantasía sexual?
Porque, si era una alucinación, mi cabeza había mejorado notablemente en creatividad.
Tenía los ojos de alguien que había visto antes, porque era incapaz de olvidar esa cara.
La tenía guardada en ese lugar impreciso donde almacenas las cosas que no sabes del todo cómo clasificar.
Ojos que se quedaban incrustados aunque pasaran años.
Ojos que desearías que te miraran para siempre con intensidad, acompañados de una montaña de jadeos que llenarían esa boca.
Seguía procesando demasiadas cosas a la vez cuando ella se acercó despacio, con esa risita de quien no se cree lo que está viendo y sabe que, si lo cuenta, nadie va a creerla, mirándome de arriba abajo igual que haría si yo fuera un espejismo que había decidido quedarse.
La voz del orco remató, cabrona:
—Voy a devorarte entera.
—Si fueras verdad, yo sí que iba a devorarte —murmuró ella.
Y entonces hizo algo que no vi venir.
Echó mano a mis partes.
Abrí la boca. No me salió nada útil salvo un gruñido y una certeza bastante humillante de que, si seguía mirándome con esos ojos y esa cara de no impresionarse lo más mínimo por el espectáculo, iba a hacer el ridículo de formas que no estaban ni en mi top cinco del día.
Y entonces pareció darse cuenta de que lo que tocaba no era fruto de su mente alterada, porque dio un grito que hizo peligrar la salud de mis tímpanos y pegó lo que podría catalogar de casi un salto mortal hacia atrás.
—¡Coño, si eres de verdad!