Nunca serás mi romcom Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Vale —dije—. Pues ya estaría. Mi madre me manda a la casa de un desconocido y yo entro en un bar al azar donde justo está el desconocido. Todo muy lógico. Cero posibilidades de secta y quizá un mensaje divino. ¿Vas a casarte conmigo?

—Soy gay.

—Y yo tengo novio, aunque nos estamos dando un tiempecito porque yo no me decido a cruzar el océano para empezar una vida en Houston.

Cuando me sentía cómoda, solía hablar de más y bastante rápido.

—¿Quién era tu madre? —preguntó, ignorando mi situación sentimental en pausa.

Le di su nombre.

Vi el instante exacto en que algo encajó dentro de su cabeza.

—Joder —murmuró.

—¡¿Qué?!

Apoyó los antebrazos en la barra.

—Mi padre llevaba una pulsera como esa desde que tengo memoria. Falleció hace años, aunque en la casa hay cuatro nombres en un cuadro, con un símbolo marino al lado de cada uno de ellos. Uno es el de tu madre.

Miré la pulsera en mi mano como si acabara de crecerle colmillos.

Lo que vino después tardó dos cervezas en tomar forma: la habitación libre en la casa, el hotel del pueblo lleno hasta octubre, el bar comenzando a llenarse y mi nuevo amigo con la lengua fuera porque no llegaba a todo.

Fue así como me enteré de que su única camarera se había roto el tobillo hacía una semana y él no podía asumir todo el trabajo.

Me lo dijo sin florituras cuando pudo recuperar el aliento durante unos segundos.

—Menuda putada.

—Ni que lo digas, necesito a alguien con urgencia y no es buena época para encontrar camareros, todos están pillados.

Entonces algo se iluminó en sus ojos.

—Oye… ¿no te interesará el puesto?

—No sé cuánto tiempo me quedo.

—Yo tampoco te lo pregunto, me basta con que me liberes un poco de la carga mientras te quedas en mi casa descubriendo tus orígenes, o lo que sea que hayas venido a buscar. —Por una vez no sabía qué decir—. ¿Sabes servir cervezas? —preguntó.

—Sé conducir un autobús de cuarenta pasajeros por carreteras de montaña.

—Entonces las cervezas no van a ser el problema.

—¿Me estás ofreciendo alojamiento y trabajo?

—Te ofrezco una cama, una ducha, un puesto por las tardes y probablemente un hombro en el que llorar cuando lo necesites. No puedo pagar mucho, pero sí lo suficiente.

Solo me hicieron falta dos segundos para aceptar; al fin y al cabo, era todo lo que necesitaba y parecía majo. En algún momento tendría que empezar a confiar en alguien.

—Bien. ¿Cómo te llamas? —Hasta ese momento no me había presentado y me parecía raro vivir con alguien sin saber su nombre.

—Harley.

Ladeé la cabeza.

—¿Eso es un mote porque conduces una o porque das miedo en las curvas?

—Mi padre era mecánico. Decidió que era una idea excelente ponerme el nombre de su moto favorita.

—Bueno, al menos no te puso Yamaha.

—Mi madre le vetó varias opciones.

—Una mujer sensata. Yo me llamo Vero, encantada.

Cogió un trapo de la barra y me lo tendió.

—¿Te importaría empezar hoy? Te prometo que yo te guío.

—¿Me estás contratando o secuestrando laboralmente?

—Un poco de las dos.

—Estupendo. Mi currículum soñaba con este momento. ¿Por dónde empezamos?

Me puse el trapo sobre el hombro, como había visto hacer en las pelis, ignorando que terminaría con un enorme dolor de pies, olor a fritura pegado al pelo, una leve lesión emocional por confundir pedidos y dos propinas en el bolsillo.

Harley me ofreció que aparcara en el almacén para que el coche no sufriera ningún daño.

Caminaba delante de mí, calle arriba, con mis maletas y una facilidad insultante. La casa, de noche, parecía otra. Más callada. Más honda.

Entramos en silencio.

—Mañana te lo enseño todo —murmuró—. Ahora mejor no montar ruido. Mi hermana duerme ligero y mi hermano tiene un despertar terrible cuando tiene sueño.

«Fantástico. Una casa llena de desconocidos. Mi género favorito».

Arrastré la maleta detrás con el cuerpo hecho polvo y el cerebro aún peor.

—¿Mi habitación está en la primera planta? —aventuré.

—En la segunda. ¿Por?

Me llevé una mano al pecho con solemnidad de viuda victoriana.

—Tengo fobia a las escaleras. Trato de evitarlas como sea.

Él ni se inmutó.

—¿A las mecánicas o a las de hacer bricolaje?

—A todo lo que suponga subir un escalón.

—Si quieres, te puedo subir con la polea exterior; tu habitación es la que da a la calle de la fachada principal.

Parpadeé.

—Muy gracioso.

—Hablaba totalmente en serio. Se quedó una instalada porque tuvimos que subir un armario enorme de madera maciza por la ventana.

Lo miré.

—¿Acabas de llamarme ropero ?

El color le subió por el cuello con una rapidez francamente deliciosa.

—No, por Dios. No, no quería decir eso. Si te he ofendido…

Se estaba poniendo rojo de verdad.

Y yo, que llevaba días con el sistema nervioso haciendo volteretas, noté que se me escapaba una risa por lo bajo.

—Era broma —aclaré, todavía sonriendo—. Ya te acostumbrarás a mi sentido del humor. A veces puede ser un poco negro. Odio subir escaleras, pero, si no tengo más remedio, lo hago.

Harley exhaló. No sabía si aliviado o arrepentido de haberme ofrecido techo en primer lugar.

—Lo tendré en cuenta.

Subí sin prisa, sintiendo el crujir de la madera bajo mis zapatos, las palmas sudorosas aferrándose a la barandilla y la angustia arremolinándose en mis tripas.

Harley me deseó buenas noches y me dijo que mi habitación contaba con cuarto de baño integrado tras la última reforma, así que podría darme una ducha.

Me plantó las maletas frente a la puerta y desapareció por el pasillo, indicándome cuál era su habitación por si necesitaba cualquier cosa.

—Estás en tu casa, descansa.

—Lo intentaré.

Me duché con el agua casi fría porque el calor del día todavía estaba incrustado en mis huesos y porque necesitaba sentir que me quitaba algo de encima, aunque no supiera exactamente qué.

Dejé la maleta sin deshacer. Ya habría tiempo mañana, o pasado, o cuando mi cerebro dejara de procesar información a la velocidad de un ordenador de 2003.

Cogí el pijama que me ocupé de dejar encima, me lavé los dientes mirándome en el espejo del baño con esa cara de persona que ha vivido tres semanas en un solo día y me tumbé en la cama.

El colchón era bueno, la almohada también. La habitación olía a madera limpia y a mar. Había dejado la ventana abierta para que corriera la brisa.

Miré el techo.

Pensé que, con tanto cansancio acumulado, con tanto kilómetro y tanto secreto familiar encima, igual esa noche sí conseguía dormir del tirón. Sin despertarme a las tres con el pecho apretado. Sin quedarme mirando un punto fijo durante horas con la mente a mil .

«Igual esta noche sí».

Cerré los ojos y entonces lo oí: pasos en el pasillo. Lentos, cuidadosos, de alguien que conoce bien qué tablas crujen y cuáles no. Alguien que llevaba años moviéndose por esa casa sin despertar a nadie.

No me moví.

Los pasos se detuvieron un momento frente a mi puerta; mi corazón se paró en seco.

«Ahora es cuando alguien abre la puerta y te acuchilla, pringada».

Por fortuna, luego siguieron y desaparecieron en algún punto de la casa.

No salí a mirar. No era mi hogar ni mi pasillo ni mi misterio, todavía.

Aunque, pensándolo bien, quizá sí era mi misterio. Solo que todavía no lo sabía.