Capítulo 4
Conducir un descapotable rojo con más años que mis ganas de vivir por una carretera de Cádiz mientras un orco musculoso le decía obscenidades a una elfa en mi audiolibro era, sin duda, una experiencia.
No necesariamente buena, pero experiencia al fin y al cabo.
El coche de la prima Mila no tenía GPS, ni aire acondicionado ni un mínimo respeto por el hecho de que apareciera con el pelo alborotado. Era eso o morir asfixiada.
Tenía unos asientos de cuero que me estaban friendo los muslos, un volante enorme, un salpicadero precioso y una tendencia preocupante a crujir cada vez que cogía una curva, como si estuviera a punto de desintegrarse.
Llevaba el móvil encajado donde había podido, con el mapa abierto y la voz del navegador interrumpiendo de vez en cuando los jadeos épicos del orco de turno.
—A trescientos metros, gire a la derecha.
—Te voy a poseer contra ese árbol hasta que olvides tu propio nombre —gruñó el orco.
—Ideal —murmuré, aferrándome al volante—. Todo bajo control.
Bajé un poco el volumen del audiolibro, pero no lo quité.
No porque estuviera especialmente interesada en si la elfa sobrevivía al empotramiento forestal, sino porque el silencio era mala compañía y mi cabeza, cuando no tenía nada con lo que entretenerse, tendía a hacerme preguntas que deberían venir con supervisión médica.
Como, por ejemplo:
«¿Y si mi madre se había pasado el mejor verano de su vida en un pueblo hippie de Cádiz mientras yo pensaba que su mayor rebeldía había sido comprarse una colonia cara sin esperar a rebajas?».
O esta otra:
«¿Y si estaba a punto de descubrir algo tan gordo que ya no pudiera mirar a mi familia sin pensar en drogas, torsos desnudos y errores de juventud con consecuencias permanentes?».
O mi favorita:
«¿Y si, encima de todo eso, la dirección de la carta me llevaba a una casa ocupada por un señor con escopeta, cuatro gallinas y muy mala leche?».
Maravilloso.
El paisaje fue cambiando a medida que me alejaba de Sotogrande.
Las urbanizaciones pijas, los setos peinados y los coches relucientes fueron desapareciendo poco a poco, como si alguien estuviera arrancando capas de brillo y dinero hasta dejar al descubierto algo más vivo, más áspero y más de verdad.
A un lado, tramos de monte bajo y pinos torcidos por el viento.
Al otro, destellos de mar entre caminos y desniveles.
El aire olía distinto. A sal, a calor viejo, a verano de los que no piden permiso para cambiarte la vida, como le ocurrió a ella.
El cielo empezaba a dorarse.
Y yo iba allí, con el pelo enredándoseme alrededor de la cara, las gafas de sol medio resbaladas por la nariz y la sensación cada vez más clara de que mi vida había cogido una salida que no venía en ningún plan razonable.
El móvil pitó.
«Ha llegado a su destino».
Solté una carcajada seca, porque lo había hecho en un cartel que avisaba de posibles desprendimientos, no en el pueblo en sí.
—Ya, y yo soy Shakira cuando creía que Piqué le duraría toda la vida —bufé—. Pórtate bonito. —Palmeé el volante antes de rezar cuatro padrenuestros y meter primera.
Diez minutos después apareció delante de mí el segundo cartel.
Pintado a mano sobre azulejos blancos y azules, con una gaviota dibujada en una esquina y unas buganvillas trepando por el muro con una desfachatez preciosa.
Reduje la velocidad.
Aquel lugar no era exactamente un pueblo.
Era como si alguien hubiera cogido una postal andaluza, le hubiera quitado el filtro turístico y la hubiera dejado vivir.
Casitas blancas, puertas y contraventanas de colores, flores asomando por balcones y fachadas que te hacían pensar que las plantas, allí, también crecían con personalidad.
Calles estrechas. Cuestas empedradas que, sinceramente, parecían diseñadas por un enemigo jurado de los amortiguadores.
Una plaza pequeña con una fuente que goteaba a través de un caño de agua con un gorgoteo musical.
Niños correteando de un lado a otro, lanzándose globos de agua en mitad de una guerra sin normas ni supervisión adulta visible.
Un globo impactó contra el suelo a escasos metros del coche y salpicó el lateral con una violencia innecesaria. Un niño de unos ocho años me miró, valoró el descapotable rojo, mi cara de forastera y mi posible capacidad de represalia, y decidió no lanzar otro.
Sabio.
El mapa del móvil me hizo girar por una calle más estrecha. Luego por otra. Hasta que llegué a una casa en un extremo algo más apartado, cerca de una zona donde el terreno se abría hacia el mar.
Frené.
Era una casa bonita. Más de lo que esperaba.
Blanca, de tres plantas, con contraventanas azuladas y una buganvilla medio salvaje en un lateral.
No estaba en ruinas. No parecía abandonada.
No daba miedo. Lo cual, sinceramente, me fastidió un poco, porque habría sido más fácil enfadarme si aquello hubiera sido un cascarón destrozado con fantasmas dentro.
La casa estaba viva y tenía la luz encendida, lo cual me puso de los nervios.
—Como haya venido hasta Cádiz para allanar una casa ajena, mamá, te juro que te busco en el más allá y te doy una colleja.
Miré la llave, miré la puerta, miré alrededor por si había algún vecino observando a la turista de aspecto sospechoso con un bolígrafo clavado en el moño y descapotable rojo.
No había nadie.
Además, tenía hambre, cansancio acumulado y el sujetador me estaba empezando a cortar la circulación.
«¿Y si aquí vive uno de esos tíos que te encierran en el sótano a lo Hansel y Gretel ?». La casita no era de chocolate y yo tenía una carne infiltrada que ya la querría para sí el Wagyu .
—No es el momento de morir apuñalada en una entrada, Verónica —me dije—. Al menos, cerciórate antes de llamar de que no terminarás convertida en una croqueta.
Al fondo de una calle en pendiente había una luz cálida y un rótulo en forma de abanico con lunares.
Me hizo gracia el nombre, porque parecía una alegoría de lo que me estaba pasando: Bar Baridad.
Decidí que, si tenía que morir aquí, mejor hacerlo con una buena ración de algo.
Conduje hasta el bar sobre el acantilado, que estaba terminando de abrir.
Al bajar del coche, me fijé en que tenía la puerta entornada y se escuchaba el sonido de vasos moviéndose dentro.
Empujé la puerta y entré.
Lo primero que vi fue a un tío detrás de la barra con cara de pocos amigos, camiseta negra, brazos trabajados y una eficiencia casi ofensiva secando cristal.
Tenía el pelo oscuro algo revuelto, barba corta y ese tipo de expresión reservada que en unos hombres parece chulería y en otros, agotamiento.
En él, quizá las dos.
Levantó la vista cuando entré. Yo me detuve.
No porque fuera el hombre más guapo que había visto en mi vida, aunque objetivamente estaba muy bien, sino porque tenía esa energía de persona que preferiría tragarse una grapa antes que ponerse a hablar con desconocidos, ideal para un bar, y yo, por desgracia, estaba a punto de convertirme en uno de sus problemas .
—¿Está abierto? —pregunté.
—En cinco minutos.
—Perfecto. Puedo esperar ese tiempo sentada.
No estaba segura de si lo que asomaba era una sonrisa de humor o de fastidio.
—Perdona, es que el viaje ha sido muy largo, prometo no pedir nada hasta tu hora de apertura.
Y me senté en un taburete alto de color rojo.
No protestó, pero me dedicó una mirada que habría cuajado leche.
—¿Aquí tenéis algo de comer o vas a obligarme a sobrevivir a base de aire salado, sangría y sucesos traumáticos?
Eso consiguió que alzara una ceja.
—Depende. ¿Traumáticos de qué nivel?
—Muerte materna, posible secreto familiar, jet lag , descapotable asesino y hambre severa.
Se quedó quieto dos segundos.
—Entonces, croquetas de jamón.
—¿Es pronto para que te pida que te cases conmigo?
—No voy tan rápido.
—Una pena. Estaba dispuesta a darte quince minutos de margen antes del «sí, quiero».
Noté, más que vi, la sombra de una sonrisa fugaz en la comisura de su boca. Le duró nada. Un suspiro. Pero estuvo ahí.
Puso una cerveza helada delante de mí sin que yo la hubiera pedido.
—Cortesía de la casa.
—Vas muy rápido, ¿ya quieres emborracharme? ¿Así cómo voy a valorar tus defectos?
—Mejor no los valores, tengo en exceso. Dame unos minutos y vuelvo con algo para llenar tu estómago.
Volvió con un plato de croquetas caseras. Me avisó de que quemaban porque estaban recién hechas. Las cogí. Me quemé. Claro. Él me observó con una calma insultante.
—Te he avisado.
—Y yo lo he ignorado, me suele pasar cuando veo algo que tiene pinta de saber muy bien.
Eso sí le sacó media sonrisa.
No sé exactamente por qué empecé a hablar.
Quizá porque llevaba horas dándole vueltas sola.
Quizá porque tenía esa cara de persona que escucha mejor de lo que habla.
Quizá porque, cuando una ha esnifado accidentalmente tierra perfumada creyendo que era un perro muerto aristócrata, ya no le ve tanto sentido a mantener ciertas composturas.
No había nadie salvo yo, así que no perdía nada en contarle a aquel extraño lo que me había arrastrado hasta su pueblo.
Le conté lo de la carta. Lo de la llave. Lo del deseo de mi madre de que viajara hasta aquí y la casa con la luz encendida, mientras me llenaba la boca de bechamel y el mejor rebozado que había probado en la vida. Le deslicé la nota con la dirección por encima de la barra.
Él la cogió. La leyó. Luego miró la pulsera que yo tenía en la muñeca.
Y cambió. No una barbaridad. No se puso blanco ni se le cayó un vaso. Pero algo en su cara se tensó. Una atención más quieta. Más afilada.
—¿Tenía razón y ahí vive un caníbal en potencia?
—Bueno, somos de comer bastante, pero todavía no nos ha dado por la carne humana. Esa es mi casa.
Se me quedó media croqueta suspendida en el aire.
—¿Perdón?
—La dirección es la de mi casa.
Parpadeé. Miré el papel. Luego a él. Luego la pulsera. Luego otra vez a él.