Capítulo 3
Sotogrande no era un sitio: era una declaración de intenciones.
Lo entendí en cuanto el Uber giró por la urbanización y empezaron a desfilar fincas con nombres en inglés, coches que costaban más que mi piso y señoras que parecían haber nacido sabiendo mirar por encima del hombro, con sombreros de ala ancha paseando perros que también llevaban sombreros.
No era broma: el chihuahua llevaba sombrero y juraría que collar de diamantes.
La prima Mila vivía en una casa que, en cualquier otro contexto, habrías llamado mansión, pero que aquí, rodeada de sus vecinas, quedaba en «casoplón con pretensiones».
Tres plantas, jardín con palmeras, buganvillas exageradas, contraventanas azul grisáceo y una fuente delante que parecía pedir a gritos que no fueras pobre en sus inmediaciones.
El conductor me ayudó a sacar la maleta y observando aquella obscenidad.
—Bueno, mamá —murmuré, mirando al techo—. Si querías humillarme socialmente después de muerta, lo estás bordando.
La puerta se abrió antes de que tocara el timbre y, por si te lo preguntas, sí, la había avisado de que iba de visita, lo cual la alegró bastante.
Avancé con el corazón acelerado y el calor pegando la camiseta a mi espalda.
La vi en la puerta, esperándome.
Si alguien hubiera metido en una batidora a Carmen Sevilla, una viuda siciliana con dinero, una galerista esnob y una médium que cobra por Bizum, el resultado habría sido la prima Mila.
Llevaba un caftán estampado en tonos verdes y dorados, gafas enormes de cristal rosa, un turbante crema y pendientes lo bastante grandes como para captar señal de satélite.
Iba pintada como si la vida no mereciera menos y caminaba con la seguridad de quien se sabe el personaje más interesante de cualquier habitación.
—¡Vero! —exclamó, abriendo los brazos—. ¡Qué emoción que por fin vengas a visitarme! Mírate, estás igual que de niña, pero con más tetas y culo, me encanta. ¡Vivan las rollizas, abajo los palos de escoba!
Me besó las dos mejillas antes de que pudiera prepararme para que me pellizcara los mofletes. Olía a jazmín, a laca y a una cantidad indecente de autoestima.
—Hola, prima Mila.
Sí, yo también la llamaba así; no aceptaba otro nombre.
Se apartó para observarme de arriba abajo.
—Traes cara de divorciada sin divorcio. Pasa, necesitas uno de mis famosos tés y comer algo con extra de mantequilla.
—Te garantizo que no necesito extras calóricos.
—Bobadas. La mantequilla y las almendras nunca estorban, a no ser que seas alérgica. Harás bien en recordarlo.
La seguí por un recibidor gigantesco lleno de cuadros ecuestres, jarrones chinos, lámparas con más cristales que la última colección de Swarovski y retratos de perros con cara de haber heredado fincas.
Todo en aquella casa parecía caro, excesivo y ligeramente ridículo, que era exactamente la clase de combinación que me apetecía criticar y disfrutar a partes iguales.
Llegamos a un taller luminoso que daba a un jardín interior. Había mesas de trabajo, moldes, cajitas de terciopelo, flores secas, urnas minimalistas y suficientes materiales de manualidades como para que una guardería entera entrara en combustión creativa.
—¿Qué coño es esto? —pregunté sin tapujos.
Mila dejó caer una mano en el pecho, ofendidísima.
—Mi santuario. El lugar donde transformo el dolor de las personas en piezas de recuerdo exquisitas. Pensé que tu madre te había dicho a lo que me dedicaba.
—Pensaba que ya estabas jubilada.
—La jubilación está pensada para que los mayores muramos antes de tiempo, de aburrimiento.
Yo soy una emprendedora de éxito —me corrigió—.
Mi empresa de recuerdos post mortem de mascotas para gente que no sabe vivir sin su pomerania o su loro bilingüe va viento en popa.
Cenizas encapsuladas, relicarios personalizados, joyería memorial.
Tú no sabes el mercado que hay en el duelo de lujo.
»¿Me pasas ese tarrito? —dijo de repente, señalando la mesa sin mirar.
Cogí un frasquito pequeño con un polvo rosado. Lo acerqué sin pensar y, por reflejo puro de persona que no aprende de sus errores, lo olí.
Error.
Estornudé tres veces seguidas con una violencia que me dobló hacia delante.
Mila soltó un grito.
—¡Verónica! ¡Acabas de esnifar parte del podenco de la condesa de Valdeorquídea!
Me quedé paralizada y me puse a soplar por la nariz, como si eso pudiera sacar de mi interior parte de las patas del perro, además de algún moco traicionero.
—¿Perdona?
—Chispa, una preciosidad. Murió de un soponcio en una montería benéfica.
Seguí resoplando, espantada, como un toro asmático intentando expulsar cualquier partícula de animal noble que hubiera podido inhalar.
—¡No me jodas! ¡A ver si ahora esto se me incrusta en el cerebro y me convierto en medio perro!
—Se llama therian , querida, salen en las noticias.
Mila aguantó tres segundos. Tres. Luego se dobló de risa sobre la mesa, agarrándose el estómago, a lo Cruella de Vil sin abrigo de pieles o dálmatas a cargo.
—Tranquila —jadeó—. Era broma, humor de chirigota. Es tierra perfumada para un vaciado floral. El podenco está perfectamente sellado en su urna.
La miré con la expresión de alguien sopesando sus opciones legales.
—Te voy a estrangular con uno de esos collares de gato si vuelves a hacerme algo así.
—Siempre me caíste bien, por el mero hecho de ser hija de Elena —se secó una lágrima, encantada consigo misma—. Además, desde pequeña tenías una cara monísima de querer matar gente y eso siempre me gustó.
—Sigo teniéndola.
—Mejor, seguro que la necesitas con un necio como tu padre. Ven, antes de que te dé una bajada de azúcar y me manches la alfombra persa.
Caminamos por la galería que daba al jardín. Mesa redonda, porcelana fina, una tarta de tres pisos que parecía diseñada por un arquitecto con colesterol y una tetera humeante que olía a flores hervidas o a colonia de señora mayor.
Me invitó a sentarme y ella misma tomó la pieza de porcelana para verter el líquido sin que le temblara el pulso.
—¿Qué es eso? —pregunté, señalando la taza.
—Té blanco ahumado con esencia de lichi, lavanda del Atlas y bergamota fermentada.
Lo miré, lo olí, arrugué la nariz y le di un buche por diplomacia.
Sabía a funeral de unicornio.
Mila me plantó delante un pedazo de tarta que habría alimentado a una familia mediana.
—Come.
—No tengo hambre.
—Perfecto, así no te distraes del sabor.
Se sirvió una porción tan generosa como la mía.
Pinché la tarta. Sabía, por fortuna, a azúcar y mantequilla y estaba deliciosa. Perfecta para que no bajara de talla.
Saqué la carta, la llave y la pulsera y las puse sobre la mesa.
Los ojos de Mila se iluminaron de inmediato.
—Ya era hora de que se lo contara a alguien más allá de a mí.
Levanté la cabeza de golpe, porque no estaba segura de que Mila estuviera al corriente. Mamá solo ponía que debería haber estado con ella ese verano, no que fuese cómplice de su locura, aunque yo ya me lo hubiera planteado.
—¿Lo sabías?
—Lo suficiente. —Se acomodó en la silla con la calma de quien lleva tiempo esperando esta conversación.
—¿Y?
—A ver… Fue una noche de verano, unos meses antes de que tu madre decidiera seguir adelante con la boda que la uniría al bacalao emocional de tu padre.
Como ya sabrás, fue su primer novio, así que tenía dudas por si era o no el correcto y el tiempo le dio la razón y un divorcio: no lo era.
Aunque también te mandó a ti para que mi Elena recibiera el mejor regalo de su vida, menos mal.
—Céntrate, prima Mila, por Dios .
—Bueno, pues éramos jóvenes, guapas, aunque en mi caso la diferencia sigue siendo apenas apreciable, mayores de edad, y mis padres ese año habían decidido pasar el verano recorriendo Europa, lo que nos dejaba la casa para nosotras solas.
Había una especie de concierto improvisado, alternativo, con una hoguera cerca de la playa.
Ya me entiendes: música, calimocho de dudosa procedencia y gente medio desnuda convencida de que estaba descubriendo la libertad, aunque en realidad solo estuviera descubriendo las enfermedades venéreas.
—Y vosotras decidisteis experimentar…
—Más bien fuimos a desmelenarnos un poco.
Yo quería que tu madre viviera antes de dar el «sí, quiero»; tus abuelos siempre fueron muy conservadores y Elenita lo merecía.
Llevábamos un rato allí cuando aparecieron ellos.
Tres chicos, guapísimos, de torsos desnudos y con chaleco.
De esos que te hacen cuestionarte tu fe puesta en manos de la religión católica en menos de treinta segundos.
»Uno tenía un tatuaje que desaparecía por la goma del pantalón. Otro, los ojos más bonitos que había visto nunca, y el tercero… Ese iba grande y libre bajo el tejido de lino…
Rio.
Me atraganté con el segundo trago de té infernal.
—¿Y tú te acuerdas de eso con tanta precisión, pero no de qué comiste el martes?
—La belleza masculina deja una huella más profunda que un filete triste, Vero. No me interrumpas con obviedades.
Siguió hablando con la cadencia de quien sabe que dosificar la información es la única forma de mantener a su audiencia.
—Nos ofrecieron fumar algo de hierba. Pastelitos especiales. Algún licor sospechoso.
—¿Y comisteis, bebisteis y fumasteis lo que os dieron tres tíos extraños?
—Eran los noventa, cariño. Comer brownies de marihuana era lo mínimo. Tu madre aprendió a divertirse, supéralo.
—No puedo procesar a mi madre drogada.
—Pues espabila. Tu madre fue joven antes de ser tu madre. Es una manía bastante extendida entre las mujeres.
Apreté el tenedor.
—¿Qué pasó después?
—Que Elena no podía apartar los ojos de ellos.
Ni ellos de ella. Tu madre era una mujer difícil de pasar por alto incluso callada.
Aquellos tres vivían en Punta Salvaje, estaban reconstruyendo el pueblo, la Junta ofrecía casas a quien las restaurara.
Le ofrecieron pasar el verano allí, con ellos, y ella aceptó.
—Mila se encogió de hombros—. Por supuesto, yo la animé con la esperanza de que eligiera a alguno en lugar de a Ricardo Francisco.
Nunca haría algo así después de casarse y estaban demasiado buenos, así que se apuntó.
—¿Y por qué no te apuntaste tú?
—Eso me he preguntado miles de veces. Quizá, si lo hubiera hecho, no seguiría soltera, aunque no entera…
—¿Y se enamoró de alguno? —pregunté, con la boca bastante pequeña.
—¿Si se acostó con alguno, quieres decir? —completó ella, absolutamente sin pudor.
—Eso no era exactamente…
—Déjate de tapujos conmigo. No llegó a contármelo. Aunque ojalá se los tirara a los tres.
—¡Mila!
—Es verdad. —Cogió su taza con total tranquilidad—. Si me pides mi opinión, siempre creí que se los zumbó a todos; quizá cada noche hacían una orgía. Por lo menos, eso espero —sonrió, llevándose la taza a los labios con total satisfacción.
Abrí la boca. La cerré. Volví a abrirla.
—Aunque quizá no, con Elena nunca se sabía —añadió, pensativa—. No sé más, solo que vivían juntos en una casa y que, cuando terminó el verano, le dieron esa pulsera, que llevaban los cuatro, y una llave por si quería volver. Hay cosas que se entienden mejor in situ , cariño.
—¿Recuerdas cómo se llamaban?
Soltó una carcajada.
—Ahí sí que me has pillado, creo que esa parte me la salté.
Estaba colocada y borracha; además, por aquel entonces no existían los móviles.
Elena solo me llamaba muy de tanto en cuanto para decirme que estaba bien y pasando el mejor verano de su vida.
Ellos seguro que sí la recuerdan. Tu madre pasó casi tres meses en ese pueblo.
Elena siempre fue una mujer difícil de olvidar.
El silencio que vino después tenía un peso muy concreto.
Me levanté antes de que mi cabeza pudiera pedirme prudencia.
—Tengo que ir a ese pueblo.
Mila sonrió.
—Esa sí que es la Vero que yo esperaba.
Fue hasta una cómoda, sacó una llave y la dejó sobre la mesa delante de mí. Pequeña, cromada, con el logotipo de un coche antiguo.
—Necesitarás un vehículo y yo ya estoy mayor para conducirlo. Es una joya, un descapotable rojo, clásico, elegante y poco discreto. —Sus ojos brillaron—. Justo lo que necesitas para llegar a Punta Salvaje como si fueras el problema de alguien, o de muchos.
Miré la llave y pensé que me vendría bien no depender de los Uber, así que la cogí.
—Menuda vida la mía. ¡Que Dios me coja confesada! —murmuré.
Ella alzó su taza de té infernal, encantada.
—Cariño, si has llegado hasta aquí, dudo mucho que Dios vaya a perderse lo mejor.
Mila insistió en que me quedara a comer y no podía hacerle ese feo, así que, bien entrada la tarde, puse rumbo a Punta Salvaje.
Solo podía pensar en una cosa: si mi madre había pasado casi tres meses en aquel pueblo con tres hombres que le regalaron una pulsera y un acceso ilimitado a una vivienda, ¿qué demonios iba a encontrar yo cuando llamara a esa puerta?