Nunca serás mi romcom Capítulo 2
2%

Capítulo 2

Mi padre me miró en el aeropuerto como si acabara de anunciarle que iba a dejarlo todo para unirme a un circo itinerante de tragafuegos.

Si era sincera, me habría dado menos pereza que algunas de las decisiones que había tomado en los últimos diez años.

—Sigues a tiempo de cancelar esto —rezongó, con ese tono suyo de médico con alma de catedrático que no levantaba nunca la voz porque no le hacía falta para hacerte sentir idiota—. Adrián te está ofreciendo una vida seria, Verónica. No entiendo que vuelvas a dejar lo vuestro en el aire por… esto.

Sonaba tan despreciativo, tan de señor respetado que no iba a decir «por una excentricidad póstuma de tu madre» porque quedaba feo, pero lo pensaba con todas sus arrugas bien planchadas.

La prima Mila nunca le había caído bien; la toleró mientras estuvo casado porque mamá la adoraba, nada más.

—Qué detalle que lo llames «esto» y no «la última voluntad de mamá» —murmuré.

Él suspiró por la nariz. Un gesto mínimo, elegante, de hombre que llevaba toda la vida practicando la decepción contenida.

—No tergiverses mis palabras.

—No hace falta, se tergiversan solas.

Se ajustó la americana, miró el panel de salidas y volvió a clavarme esos ojos suyos, tan oscuros, tan medidos, tan incapaces de desordenarse.

No me parecía a él. Ni un poco; jamás me había parecido.

De hecho, si alguien nos hubiera puesto juntos en una sala de espera sin contexto, habría pensado que era su alumna más problemática o una mujer que había venido a montarle un pollo por una negligencia.

—Lo único que digo —continuó— es que Adrián ha sido muy paciente contigo y no merece que lo hagas esperar más. Tienes treinta y cuatro años, ya va siendo hora de que dejes esa tontería de los autobuses y te conviertas en su mujer.

Claro, cómo no, lo de ser conductora era una tontería y Adrián era el santo, el mártir, el alumno predilecto, el yerno escogido. El médico brillante con futuro internacional que tenía una capacidad prodigiosa para hacerme sentir un proyecto mal terminado sin despeinarse.

Ojo, que no lo decía por mi novio, sino más bien por mi padre. Eso era lo que proyectaba y lo que me estallaba en toda la cara.

Adrián siempre fue un encanto y me quiso bien. No era un tóxico y había respetado cada una de mis decisiones hasta ayer.

—Sí, papá. Ya me ha quedado claro que lo quieres muchísimo. Igual deberías casarte tú con él y dejarme a mí en paz.

Parpadeó. No escandalizado, porque ya conocía mi carácter. Más bien ofendido de un modo sobrio, como si mi comentario hubiera manchado levemente el prestigio familiar.

—No dramatices, Verónica.

—No lo hago, ironizo, que es distinto y bastante más barato que ir a terapia.

El altavoz anunció mi embarque. Mi padre había insistido en acompañarme, supongo que para tratar de convencerme de que cambiara de destino.

Por primera vez en toda la conversación, sentí una pequeña oleada de alivio.

Coger un avión a Málaga para ir a ver a la prima excéntrica de mi madre y perseguir una historia que parecía escrita por una señora con demasiado tiempo libre y una botella de vino abierta me pareció, de repente, la opción más estable de mi semana.

Cogí el bolso, lo abracé y le di un beso en la mejilla.

—Tranquilo, estaré bien. Llevo años especializándome en decepcionarte; a este paso me van a dar una cátedra más gorda que la tuya.

No miré atrás, ni siquiera cuando lo escuché pronunciar mi nombre con los dos apellidos.

Ocupé mi asiento en el avión. Llevaba tanto sin subirme a uno. Rogué para que las horas pasaran más rápido que de costumbre en cuanto la azafata se puso a dar las indicaciones por si nos estrellábamos .

Los aeropuertos me ponían de mal humor. Todo el mundo caminando deprisa como si supiera perfectamente qué coño estaba haciendo con su vida, mientras yo me arrastraba con un bolso, una maleta mediana y la sospecha bastante seria de que iba camino de descubrir que mi madre había sido una hippie encubierta con mejor currículum sexual que el mío.

Durante el vuelo intenté leer. No pasé de la segunda página. Me puse el último audiolibro de orcos que había descargado en mi biblioteca y ni siquiera me estaba enterando de lo que ocurría, con lo que a mí me gustaba esa mierda.

Punta Salvaje, la carta, la llave, la pulsera. Mi madre antes de ser mi madre. Adrián dándome espacio con la misma energía con la que se deja respirar a alguien mientras le aprietas la tráquea con educación. Mi padre mirándome como si cada decisión que tomaba fuese un pequeño delito administrativo.

Pedí un café que sabía a castigo y miré por la ventanilla.

En un momento dado me sorprendí mirándome en la cámara frontal del móvil como una perturbada, inclinando la cabeza de un lado a otro, como si al observarme el suficiente tiempo fuera a aparecer el nombre de mi posible progenitor secreto.

No apareció. Solo vi mi cara de cansancio y unas gafas de sol colocadas encima de la cabeza como una diadema de mujer que ha tirado la toalla con el peinado. « Ideal».