Nunca serás mi romcom Capítulo 1
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Nunca serás mi romcom

Nunca serás mi romcom

Por Rose Gate

© inepub.com

Capítulo 1

Estaba sentada en el sofá con la carta temblándome entre los dedos, la llave en una mano y la pulsera en la otra, como si mi madre hubiese decidido dejarme una yincana en lugar de una despedida normal.

Una carta de amor habría sido más sencilla.

Una receta.

Un «te dejo la vajilla buena y no dejes que tu padre se líe con una jovencita, por dignidad».

Pero no. Mi madre, que en vida parecía incapaz de salir de una línea recta sin sentirse culpable, había esperado a morirse para soltarme una bomba con mecha corta.

Punta Salvaje.

Ni siquiera el nombre sonaba real. Sonaba a camping ilegal con gente tocando el djembé , a película de destape tardío o a pueblo inventado por una escritora con ganas de dar por culo.

Y, sin embargo, ahí estaba. Escrito con la letra impecable de mi madre.

En una carta que mantenía su perfume. Junto a una pulsera que no reconocía y una llave sin etiqueta.

—Claro que sí, mamá —murmuré, mirando al techo—. Un acertijo místico en pleno duelo. Una cosa ligera, fresquita, casi terapéutica.

Aun así, seguía acariciando el papel con el pulgar como una idiota.

Porque la cabrona me conocía. Sabía exactamente lo que había hecho con mi vida todos estos años.

Las decisiones prácticas, los sacrificios razonables.

Mi trabajo con su horario estupendo, uno que me permitía estar cerca sin sentir que la abandonaba.

Una vida útil, digna, suficiente. Solo que una cosa era que una vida sirviera y otra muy distinta que te hiciera feliz, y mi madre llevaba años sabiéndolo y no había dicho nada, y ahora me lo decía muerta, que era muy de ella.

Cogí el móvil y abrí Google, porque, cuando tu madre muerta te manda a un pueblo con nombre de bar de carretera, lo mínimo es informarte antes de hacer una maleta como una perturbada.

Punta Salvaje existía: localidad costera de Cádiz, reconstruida a finales de los setenta gracias a un plan de la Junta de Andalucía para recuperar enclaves abandonados del litoral.

Casas blancas en ruinas, puerto pesquero, acantilado, playa recogida y demasiado aislamiento, con vientos casi huracanados, como para que nadie con dos dedos de frente quisiera mudarse a vivir allí.

Salvo que hubo gente que quiso.

Un grupo de colgados formado por artistas, músicos, artesanos, jóvenes nómadas, parejas medio hippies con más entusiasmo que dinero.

La Junta ofreció viviendas a cambio de una sola condición: quien entrara se quedaba.

Ellos y sus hijos. Sin cláusula de salida, sin marcha atrás, o se enfrentarían a la expropiación y a una multa transgeneracional. Echar raíces o no entrar.

Lo leí otra vez.

—¿Perdona? —solté—. ¿Nadie puede irse?

Eso no era una repoblación con reforma, era una secta con vistas al mar.

Mi madre había estado allí. Mi madre, la mujer que doblaba las bolsas del supermercado para reutilizarlas, que corregía mentalmente las faltas de ortografía de los carteles de la calle, que se casó con un médico respetable y se volcó en su casa con una disciplina que rozaba el fanatismo.

Esa mujer había pasado un verano entero en un pueblo fundado por hippies con ganas de tocar la guitarra descalza y tal vez fumándose todo el orégano del campo, por no decir otra cosa.

—No me jodas.

Miré la pulsera. Azul y blanca, pequeña, con un abalorio marino. No era gran cosa. Y, sin embargo, en ese momento me parecía casi obscena, como si encerrara una parte de mi madre que yo no tenía derecho a tocar porque jamás me la había enseñado.

¿Quién había sido ella allí? ¿A quién había conocido? ¿Por qué nunca, ni una sola vez en treinta y cuatro años, me había hablado sobre su etapa de comuna?

La respuesta más cabrona vino sola: porque solo en espíritu podía permitirse removerlo todo sin tener que enfrentarse luego a las consecuencias.

Mi móvil vibró y su nombre emergió como una invocación, no el de mi madre, sino el de Adrián. Tal vez porque necesitaba agarrarme al salvavidas de su cordura.

Descolgué.

—Hola.

—Hola, cariño. ¿Te pillo mal?

Sí. No. Qué más daba.

—No, dime.

—He estado pensando en lo de anoche. No quiero que sientas que te estoy presionando, en serio.

Mentira piadosa número uno.

—Ya.

Necesitaba hablar con alguien de lo de la carta y, si no podía hacerlo con él…

—Oye, por fin he abierto el sobre que me dejó mamá —solté, porque no tenía fuerzas para la transición elegante.

Silencio.

—¿Y?

—Hay una última voluntad. Quiere que vaya a hablar con su prima Mila. A Sotogrande. Que conozca el lugar donde pasó su último verano antes de casarse.

No era mentira, o no del todo. Pensaba ir a hablar con ella. Averiguar qué había encubierto, qué había guardado, cuánto sabía. Sotogrande era la versión oficial y Punta Salvaje era el verdadero desmadre. Y yo necesitaba los dos.

—Vero. —Ese tono. Ese tono suyo de hombre razonable a punto de decir algo razonable que iba a joderme el día—.

Entiendo que quieras cerrar cosas. De verdad, pero no puedes seguir aplazando tu vida cada vez que algo te sacude.

Ayer te pedí que vinieras a Houston y hoy me sales con un viaje a Sotogrande.

Me reí. Pequeño. Seco.

—Es su última voluntad.

—Y, cuando no sea eso, buscarás otra excusa para retrasarlo.

Te prometo que no quería llegar a esto. —Hizo una pausa.

Me pregunté cuántas veces se puede decir esa frase antes de que deje de ser verdad—.

Llevo años esperándote. —Era cierto—. He respetado tus tiempos, la distancia, los silencios, la enfermedad de tu madre, todo.

—También era cierto—. Y ya no quiero una relación a medias.

Quiero una vida contigo, una casa, una familia, la nuestra.

Te quiero a ti, pero, si tú no quieres lo mismo, aunque me duela, tendré que respetarlo.

Me quedé muy quieta.

Palabras razonables. Palabras incluso justas, y eso era casi lo peor.

—Solo sé que necesito hacer este viaje —dije al final.

Silencio cansado. Una exhalación al otro lado.

—Quizá lo mejor sea que nos demos un tiempo. Decides qué quieres, si de verdad soy el hombre de tu vida o no. Cuando vuelvas, hablamos y decidimos.

Decidimos.

Como si yo no llevara media vida adaptándome a decisiones ya planteadas por otros.

No quería ni podía precipitarme y tampoco es que pudiera oponerme a su proposición de darnos espacio.

—Vale.

—Cuídate. Te quiero.

—Tú también.

Colgué porque no me salió decirle nada más. Miré la pantalla apagada con esa sensación de mareo que da cuando una conversación no ha sido una pelea ni una despedida, pero te ha dejado el cuerpo como si te hubieran dado un golpe.

Me levanté y fui a la habitación de mamá.

Abrí cajones sin plan ni método, como una loca en busca de unas pistas que no dejó.

El aparador, el pasillo, la cómoda de mi madre.

Papeles, álbumes, fotos. Nada que explicara nada.

Mi madre sonriendo en cumpleaños. Mi madre con Mila en una terraza, de jóvenes, elegantes y estupendas, como si jamás hubieran tenido una duda.

Yo de pequeña con flotador ridículo y gafas de sol enormes.

Me detuve.

Cogí otra foto y luego otra.

Nunca me había parecido a mi padre. Él, moreno, serio, de facciones duras, ojos castaños. Yo no. Tampoco me asemejaba a mi madre. Tenía algo suyo, gestos, el rictus de la boca a veces, una forma concreta de alzar la ceja cuando estaba hasta el coño. Poco más.

Bajé la vista a una foto donde salía con nueve años.

Los ojos.

Azules. No grises. No marrones. Azules, clarísimos, sin precedente conocido.

Se me heló el cuerpo cuando recordé que fui sietemesina.

Sie-te-me-si-na .

Mi madre había tenido dudas antes de casarse.

Mi madre había ocultado un verano entero.

Mi madre había estado en un pueblo perdido de Cádiz lleno de artistas jóvenes adictos a hacer el amor antes que la guerra.

Mi madre me dejaba una llave y una pulsera justo antes de morirse, pidiéndome que fuera allí a encontrarme.

¿Y si era una especie de mensaje en clave?

¿Y si aquel hombre que había llamado papá no lo era?

—No —susurré—. No, no, no.

Pero claro que sí.

O al menos dudé lo bastante como para quedarme clavada en mitad del salón con la foto temblando entre los dedos y una pregunta que no quería terminar de formarse.

¿Y si ella…?

Tuve que sentarme.

Me dolía la cabeza, el pecho, el estómago, la dignidad entera.

Definitivamente, tenía que ir a Punta Salvaje.

Lo primero era pedir una excedencia y coger todas las vacaciones que me debía la empresa, antes de que me diera tiempo a echarme atrás y seguir, una vez más, acostumbrándome a una vida que empezaba a quedárseme pequeña por todas partes, mucho más que el pantalón.