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Rodeé la parte trasera del todoterreno y observé cómo Gabe estudiaba la figura de Richie, despatarrada en el suelo, la sangre que yo había dejado allí, coagulándose en la arena.
Cerré los ojos y me pregunté si llegaría a dispararle.
A esa distancia, no sobreviviría. ¿Resultaría convincente?
Oí el chasquido nauseabundo de la retracción del cargador.
Me había visto la bota junto al morro del vehículo. Richie estaba a salvo.
—Levanta, Harry —me dijo—. Ponte en pie y plántame cara.
Avancé a trompicones con una sola bota y me alcé a la espalda del hombre en el que había confiado, del hombre con el que me había acostado, que había sido mi único consuelo en aquel desierto oscuro y terrible. Alcé el revólver Smith & Wesson y le apunté a la cabeza.
—Eh, SargentoMuerte —lo llamé, y lo vi tensarse al oír mi voz. Aguardé un instante y, cuando se hubo girado lo suficiente para mirarme a los ojos, sonreí sin ganas—. Se acabó el juego.
Lo maté de un tiro.