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Gabe se acercó al coche y estudió el amasijo de hombres ensangrentados del interior.
Las heridas eran superficiales (algún dedo arrancado de cuajo, algún trozo de carne que faltaba...), pero se habían amontonado unos sobre otros, paralizados por el miedo, y el que estaba más próximo, con los ojos como platos, miraba fijamente el respaldo del asiento de delante.
Había visto aquella reacción en montones de masacres en las que había participado.
La gente lucha o se queda lela. Levantó el rifle y apuntó a aquel tipo, preguntándose si, al ver el cañón tan cerca, se movería.
Allí olía a pis. Alguien había perdido el control de sus esfínteres.
—Patético —dijo.
Rodeó el vehículo y examinó la sangre del suelo, charcos grandes de la herida que le había hecho a Harry a la carrera.
Richie estaba allí, tirado bocabajo, con la cara de espaldas a la colina.
Parecía muerto. Siguió el rastro de sangre y vio asomar por detrás de la rueda delantera derecha la puntera de una de las botas de Harry.
Debía de haber caído bocarriba. Se sintió decepcionado.
Recargó el rifle y encajó el cargador con un golpe seco.
—Levanta, Harry —le dijo—. Ponte en pie y plántame cara.