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Me tiré al suelo detrás del todoterreno, casi sin detenerme, y la inercia de la carrera me hizo rodar por la gravilla.
Los balazos aporrearon el vehículo y reventaron las ventanillas y las ruedas; oí gritar a los hombres que estaban dentro, que se abalanzaron sobre las puertas.
Sus voces me llegaban entre rondas de disparos atronadores.
Me hice un ovillo, con las manos en la cabeza, y agucé el oído.
—Pero ¿qué cojon...? ¡Qué cojones!
—¡Vámonos, Richie! ¡Arranca, tío, arranca!
Cuando Gabe reanudó los disparos, se agacharon todos.
Con manos temblorosas, me palpé la parte posterior del brazo derecho y evalué el daño causado por el balazo recibido a traición.
Me había alcanzado el tríceps y se había llevado por delante un pedazo de carne del tamaño de un puño.
Supuse que lo que tocaba era hueso y, cuando mi cerebro acelerado procesó el dato, sentí náuseas.
Entre arcadas, procuré respirar hondo y me limpié en la camiseta las manos empapadas de sangre.
Cesó el tiroteo y los hombres del interior del vehículo enmudecieron.
Me incorporé y abrí de un tirón la puerta del conductor. Richie cayó como un saco de patatas.
—¡Joooder! —gruñó.
No parecía herido, pero el pánico lo había paralizado. Lo aplasté contra el suelo.
—¡Hazte el muerto, imbécil! —le dije mientras, con gran esfuerzo, echaba hacia atrás el asiento del conductor.
Cogí el arma escondida allí y me tiré a tierra. Oí pasos entre las piedras. Uno de los hombres de Richie profirió un gemido lastimero.