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Eran Richie y su cuadrilla.
Gabe refunfuñó, se detuvo. Los disparos de Harry habían despertado su curiosidad, más que espantarlos. Se habían subido al coche e iban hacia ella. Miró las estrellas. Sí, estaban justo al norte del campamento. Debían de volver de Perth, después de su detención.
Casi le dio la risa. ¡Qué boba! Había sabido desde el principio que Harry sería su mayor desafío y no lo estaba defraudando.
Justo cuando la creía dispuesta a sacrificarse y facilitarle sin quererlo la misión, le ponía más obstáculos en el camino.
Acabar con ella iba a ser tremendo, un fin trágico pero honroso para un adversario digno.
Tendría que buscar un modo de detenerla mientras lidiaba con los nuevos jugadores.
Apuntó con cuidado a aquella gacela que galopaba por el horizonte, agitando los brazos como una loca a modo de advertencia para impedir que los hombres se acercaran.
El soldado disparó y la vio caer; el viento le trajo su aullido de dolor.
Los faros del todoterreno giraron hacia Harry, a unos cien metros de distancia.
Ella se puso en pie tambaleándose y se le cayó el rifle enorme, pero sabía que detenerse a cogerlo era demasiado peligroso.
Gabe disparó al tuntún unas cuantas veces para confirmar sus sospechas y la vio correr a toda velocidad hacia el coche.
—¡No paréis! —les gritaba entre aspavientos—. ¡No paréis!
Los otros no la entendieron: la vieron sangrar y pensaron que los llamaba.
Cuando el vehículo se detuvo, Gabe dejó de correr y empezó a disparar a discreción.