Nunca jamás (Harriet Blue 1) 115
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Me miré los pies, apoyados en el viejo reposapiés tapizado de cuero de detrás de la primera fila de la galería. Como yo no tenía zapatos de vestir, había tenido que pedírselos prestados a mi vecina. La puntera afilada me estrujaba los meñiques. ¿Por qué se castigaban así algunas mujeres?

Levanté la vista, eché un vistazo y me topé con un centenar de pares de ojos que me observaban.

«Sigue mirándote los zapatos, Harry —me dije—.

Olvídate de la sala abarrotada; de las decenas de periodistas que cuchichean en el entresuelo como carroñeros; de las familias y los amigos de las víctimas, que se abrazan y sollozan al otro lado de la galería, y te lanzan miradas asesinas de vez en cuando; de los curiosos (estudiantes de Derecho y jubilados sin nada mejor que hacer) que llenan el gallinero, el espacio sin asientos reservado al público ávido de polémica».

Jamás me había sentido tan incómoda, por fuera y por dentro.

Ni siquiera en el desierto, donde no paraba de chorrearme el sudor, y el sol, que se reflejaba en todas las superficies, me abrasaba los ojos; donde mis únicos aliados eran hombres de los que no me podía fiar.

No había elegido bien mi atuendo. Por querer dar una imagen más profesional, había cambiado mis vaqueros y mi camiseta de siempre por una falda de tubo y una blusa sin mangas, olvidándome por completo de las cicatrices recientes que me poblaban el brazo derecho como relámpagos.

«Sí, sí, perdí parte del tríceps y me lo reemplazaron por un trozo de gemelo.

No tiene mala pinta, pero es de otro color.

Sí, aún me duele; solo hace cinco semanas. No, mi compañero no tuvo tanta suerte».

Cohibida, me masajeé el brazo y esperé a que llegara mi hermano.

Aquel antiguo deseo de llorar seguía ahí, pero desde que había vuelto a casa aún no había encontrado el momento oportuno para sucumbir a él.

Quizá ese momento había llegado y era ahora, en la sala del juzgado, delante de un par de cotillas que no habían parado de murmurar sobre mí desde que había hecho acto de presencia.

—Pero ¿qué coño hacía en pleno desierto?

—Poniéndose morena, por lo visto.

—¿Tú crees que sabía lo de su hermano?

—¿Estás de coña? ¿Cómo no lo iba a saber?

Sonaron unos golpes secos y la sala entera se levantó, arrastrando los pies, recolocándose las faldas y echándose el pelo recién planchado hacia atrás.

El juez, serio y taciturno, entró y subió los escalones de detrás de su estrado.

Nadie dijo nada hasta que se abrió una segunda puerta en un lateral y un guardia enorme trajo a mi hermano.

Vestía el chándal verde botella del centro de detención preventiva de Silverwater y parecía cansado.

Nos miramos y, por un instante, pensé que no me reconocía.

Apenas consciente de lo que hacía, me levanté de un salto del banco, casi tirando a la única persona que se había atrevido a sentarse en la misma fila que yo, y me abalancé sobre mi hermano encadenado y encorvado. Olía igual. Después de tanto tiempo, olía igual.

—Sam, Sam, Sam, Sam... —jadeé, y lo estrujé, lo apreté contra mi cuerpo.

—¡Madre mía, Harry! —me dijo—. Harry, yo no he sido.

Lo aparté y le cogí la cara con las manos. El guardia trataba de alejarme dando manotazos al aire, por miedo a tocarme delante de tanta gente.

—Pero si has... —Me costaba respirar. Lo miré a los ojos—. La prensa ha dicho que habías confes...

—Yo no he sido —repitió, alargando las manos encadenadas al cinturón.

Resonaban por toda la sala los murmullos y aspavientos excitados de los presentes. Di media vuelta, me abrí paso entre la muchedumbre que copaba las puertas y salí corriendo de allí, sofocada. Me tiré del cuello de la puñetera blusa, del sujetador que parecía oprimirme las costillas como un corsé.

—No puedo con esto —dije entre jadeos, procurando llenarme los pulmones de aire, mantenerme en pie. Apoyé las manos en el muro de arenisca que tenía más cerca e intenté procesar la realidad—. No puedo. No puedo. No pue...

—¿Harry? —oí decir.

Me giré y vi a Edward Whittacker allí de pie, contemplándome.

Aún llevaba inmovilizado el hombro izquierdo, sujeto con un cabestrillo azul marino con el que protegía los músculos y el hueso reventados por la bala que le había atravesado la espalda.

La última vez que había visto a mi compañero aún no podía caminar; había pasado la primera semana en el hospital, entre drogas y dolor.

Yo lo había dejado en Perth, una criatura herida confinada en una habitación, para enfrentarme sola a mi batalla familiar en Sídney.

—Pero... —Me limpié los ojos con desesperación—. ¡Joder! Edward, ¿qué... qué...?

—Siento llegar tarde —dijo mirando de reojo la puerta que teníamos al lado—. ¿Han empezado ya?

Me acerqué a él y, aunque nunca nos habíamos abrazado, cuando me desmoroné sobre él, su brazo sano supo reaccionar: se alzó y me envolvió. Oí su exhalación de sorpresa al verme enterrar la cara en su pecho fuerte y cálido.

Allí, en la oscuridad de su camisa, con el rostro escondido de un mundo atroz, por fin me pareció seguro echarme a llorar.