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Respiraba con dificultad, con lastimosos quejidos. Cada paso que daba me producía un dolor intenso que me recorría las caderas hasta el vientre. El rifle era enorme. Lo llevaba con ambas manos y la pisada irregular de mis botas en la arena me hacía ir dando tumbos y traspiés.
Algo me pasó silbando por encima de la cabeza.
Gabe había empezado a disparar. Me agaché y seguí corriendo, zigzagueando entre dos piedras enormes.
Las balas las destrozaron a mi paso y me rociaron de polvo.
Chillé, rodé y, con dificultad, volví a ponerme en pie. La arena iba estallando a mi alrededor.
Pretendía mutilarme, herirme un poco: arrancarme un pie, reventarme una rodilla... Era su táctica. Sabía que, de alguna forma, eso me ralentizaría, y luego seguiría el rastro de mi sangre caliente por la arena hasta que me encontrara reptando por el desierto y pudiera rematarme a gusto.
Por lo menos ese era su plan. El mío no.
Ni de coña lo iba a llevar hasta el campamento mientras estuviera tan desconectado de la realidad y fuera tan peligroso.
No distinguía entre las personas de carne y hueso y sus enemigos virtuales.
Nada impediría cargarse a decenas de mineros si venían en mi auxilio.
No, estaba sola. Escaparía, o caería, allí fuera, en la oscuridad.
Me apoyé el rifle en el hombro e intenté desatornillar el silenciador sin detenerme.
Si íbamos a enfrentarnos en serio, no quería que se viera involucrado ningún activista inocente que anduviera deambulando en la oscuridad.
Debía abatir a Gabe de forma rápida y segura.
Confiaba en que el tiroteo asustara a cualquier espectador accidental.
Una de las balas de Gabe me pasó rozando el hombro; tropecé del susto.
—No voy a morir así —me prometí, recogiendo el arma.
Arranqué el silenciador del cañón y lo dejé caer. El arma era como cargar un bebé regordete en brazos, torpe, como si fuera a deslizarse, a zafarse de mí. El resplandor que tenía delante era cada vez mayor. Apunté hacia donde pensaba que estaba Gabe.
Me temblaron las manos con el disparo y unos destellos blancos alumbraron momentáneamente la arena. Le lancé otra ráfaga y el estruendo hizo que me pitaran los oídos. Resonó por la llanura como un trueno.
Lo obligaría a tirarse al suelo y luego pensaría en algo. Si lograba poner distancia entre los dos, quizá sobreviviera.