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Gabe trotaba agarrotado por las planicies pedregosas, ascendiendo y descendiendo con pericia por el paisaje.
Sus botas retumbaban entre las afiladas plantas desérticas, evitando las grietas grandes del terreno.
Aquel era su coto de caza; lo conocía muy bien, como era su deber.
El rifle oscilaba delante de él, meneándose con cada paso, un ritmo al que se había ido acostumbrando en todos aquellos meses durante los cuales su cuerpo había dejado de ser grasa, músculo y hueso para convertirse en una máquina asesina.
El viaje había sido largo. Había cometido muchos errores allí fuera, en la oscuridad. No tendría que haber enterrado a Danny. Lo había hecho por pereza, por chulería, un atajo tomado después de una larga misión nocturna que había estado a punto de acabar con su juego.
Siempre habría fallos, pero lo importante era que seguía superándose, aprendiendo, haciéndose cada vez más fuerte.
Debía investigar, liquidar a los traidores, completar las misiones especiales y burlar a los imbéciles que se encontraban al mando.
Sabía que cualquier día, no dentro de mucho, estaría preparado para la campaña final: la erradicación del asentamiento de EarthSoldiers.
Aún no tenía el potencial necesario, pero, cuando lo tuviera, desataría un infierno sobre ellos.
Con sus misiones de reconocimiento, había descubierto que eran los únicos por allí con el entrenamiento y el equipo precisos para ponérselo difícil.
Contaban con recursos para destruir su base y habían amenazado a los suyos en más de una ocasión.
Habían demostrado su fortaleza física y mental solo con sobrevivir a las tormentas de arena, el calor seco, la tierra abrasada por el sol.
Jamás flaqueaban en la defensa de su causa.
No se podía subestimar a los EarthSoldiers.
Eran astutos como zorros y haría falta un ataque bien planeado para borrarlos de la faz de la tierra.
Inspiró hondo y fue soltando el aire despacio mientras subía una colina. No debía adelantar acontecimientos, perderse en sueños. Tenía que ser fuerte, centrarse. Solo una cosa se interponía en su camino y ya la tenía a la vista: una figura menuda que se movía por el horizonte.
Harriet Blue era el último obstáculo que debía superar para probar su lealtad, su compromiso con la misión.
En otra vida, le habría gustado estar con una mujer así, resistente como los de EarthSoldiers.
Los vientos de la tribulación no la doblegaban; se mantenía firme y tiesa como un árbol.
Pero ¿no era esa precisamente la clave de todo, lo que la hacía tan peligrosa?
En efecto, era como los de EarthSoldiers.
Poderosa y resolutiva como ellos. Era el enemigo.
Gabe no podía dejarse absorber por ella.
Harry corría por un pequeño valle hacia el arma que le había dejado apoyada en una roca redondeada.
La luna alumbraba el rifle como una antorcha.
El soldado dejó de correr y, en cuclillas, observó que la figura verde se detenía un instante, agarraba rápidamente el rifle y se desviaba un poco de su camino.
Extrañado, levantó el suyo y pegó a la mira la lente de las gafas de visión nocturna.
Entonces la vio salir disparada hacia el sur, al revés de lo que esperaba.
Se adentraba en el desierto, alejándose del campamento.