Nunca jamás (Harriet Blue 1) 107
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«¡Despierta, tigresa!».

Agarré la arena con los puños, intenté llenarme de aire los pulmones.

Me los notaba pegados a la espalda; el puñetazo me había destrozado todo lo que tenía entre las costillas inferiores, me había dejado hueca.

Cuando logré respirar, me tragué una bocanada de arena.

Había sido un buen golpe, pero me los había llevado peores.

«¡Levanta! —Pops estaba allí conmigo, berreándome, escupiendo de rabia y de excitación, pateándome el costado mientras yo rodaba por la colchoneta—. ¡Este es el puñetero segundo asalto!».

Miré hacia las estrellas y procuré recobrar el equilibrio en aquel mundo que giraba y basculaba. Tropecé, me tambaleé y luego empecé a correr agachada. No sabía adónde me dirigía, pero iba a salir de allí cagando leches.

«Manos arriba. Cabeza abajo. Respira, tigresa. Acuérdate de respirar».

Mientras corría, miraba las estrellas, que empezaron a contarme sus secretos; comencé a ver astros concretos en aquella maraña de luces.

Recordé a Gabe cogiéndome la mano, señalándomelas, uniéndolas entre sí, un inmenso mapa negro que se extendía por todo el planeta.

Esa es Venus. Aquel es Saturno. Y eso otro es el Cuadrado de Pegaso.

Agaché la cabeza y corrí lo más rápido que pude en la oscuridad.