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—No se agota el tiempo —le dije mientras me abría de golpe la puerta—. Gabe, mírame. Mírame a los ojos. Te puedes fiar de mí, ¿vale? Puedes fiarte de lo que digo.
—Eso me dicen todos —replicó con una risa burlona, agarrándome de la muñeca—.
Fíate de mí. Soy del equipo. Soy de los buenos.
Sí, sí. Y al final todos se vuelven contra nosotros, ¿no?
Danny, por ejemplo, pasaba más tiempo ahí fuera con los de EarthSoldiers que en la base.
Tendría que haberlo sospechado por lo malo que era en las misiones. Puto traidor. Puto cazamedallas.
Gabe cerró con llave la furgoneta, la rodeó, se dirigió a las puertas traseras y las abrió con fuerza, irritado. Me quedé quieta en la arena con el cuadernillo del juego en la mano, aturdida.
—Asesino, oscuro, cazador, venganza —murmuré—. Las palabras del cuaderno de Danny. Buscaba un sobrenombre para el juego.
—La VenganzaEsMía —resopló Gabe, hurgando en la parte trasera de la furgoneta—. ¿En serio? ¡Vamos, no fastidies!
—Pero no fue tu primera víctima.
—No.
—Hon —dije—. Él fue el primero. Habías estado aquí solo en el desierto, acechando a los de EarthSoldiers, pero no te podías acercar por las cámaras.
Fantaseabas con que la mina era una base militar.
Los activistas eran insurgentes. El enemigo.
Cuando Hon les permitió que saquearan los almacenes de comida, te traicionó. Traicionó a la mina.
—Eres muy buena, Harry —dijo con tono triste.
—Hon debió de proporcionarte lo que buscabas. Un desafío. Una lucha estimulante. Danny fue el siguiente —dije—. A Hon lo perseguiste por los túneles, pero a Danny te lo cargaste en el desierto.
—Él sabía de lo que iba —contestó con un suspiro, mirando las estrellas—.
Habíamos luchado juntos en Afganistán cargándonos pueblos.
Pensé que en ese escenario estaría cómodo, pero era un cobarde.
Un imbécil. Esa tal Shamma lo echó a perder.
Lo ablandó. Igual que le pasó a Tori. Tenía garra.
Pensé que se defendería, pero era pura espuma.
Solo sabía ir y venir al campamento de esos activistas a todas horas, en busca de hierba. Tendría que haberlo imaginado.
—Gabe... —lo agarré del brazo—. Gabe, escúchame. Esto es el mundo real. El campamento no es una base militar. Es una puta mina de uranio. ¿Me oyes? Yo no soy tu enemigo. No lo soy. ¡No lo soy!
Se me empañaron los ojos, pero no podía mostrar debilidad en ese momento.
Quizá de eso dependiera mi supervivencia.
Me pareció que quería deshacerse de una rabia que no paraba de crecer en su interior.
La adrenalina del inicio de la cacería empezaba a inundarle las venas.
Tal vez si conseguía mantenerlo sereno tendría una oportunidad.
—Gabe, escúchame: no tienes que hacer esto.
—Mira, Harry, puede que en algún momento me haga con la situación, que disponga de tiempo para decidir en quién puedo confiar, pero ahora mismo no.
Lo agarré más fuerte de los brazos, quise retenerlo, pero, con lo grande que era, se libró de mí como de una mosca.
—Eres buena —me dijo—, pero no tanto. Has sido una misión especial desde el principio, inspectora Blue.
Para tu caso siempre necesité planificación adicional, estrategia adicional.
Camelar, someter, capturar y recabar información.
Esos eran mis objetivos contigo. Por un momento, pensé que jamás lo conseguiría, pero te he pillado.
Y este es ya el desafío final. Siento que tenga que ser así.
Se colocó una especie de gafas negras en la cabeza, algo como una cinta con unos objetos recubiertos de goma. Hasta que no se ajustó las lentes de visión nocturna a los ojos, no caí en la cuenta de lo que era aquella diadema.
—En unas coordenadas de cero cinco uno, a una distancia de uno coma nueve un kilómetros, te aguarda tu arma —dijo con frialdad, señalando por encima de mi hombro; el cristal verde de las gafas le hacía parecer un extraterrestre.
Giró y señaló al noroeste—. En unas coordenadas de tres dos ocho, a una distancia de uno coma ocho siete kilómetros, me aguarda la mía. El campamento está al norte.
—Gabe... —le supliqué—. Por favor.
Durante un segundo, me pareció que salía de su trance robótico y que me observaba con los ojos verdes como un alienígena. Se dibujó en sus labios una sonrisa de complacencia.
—Como la tuya es una misión especial, Harry, voy a tener que equilibrar un poco la balanza.
Esto no lo hice con los otros, pero tú no eres como ellos.
—Antes de que me diera tiempo a hablar, tomó impulso con el brazo y me asestó un puñetazo en el estómago.
Me doblé de dolor y caí a la arena incluso antes de que se agudizara el dolor y me quitara el aire de los pulmones—.
Luz verde, soldado —me dijo desde arriba—. ¡Muévete!