Nunca jamás (Harriet Blue 1) 105
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La furgoneta fue dando tumbos por las colinas de arena, atravesando de vez en cuando inmensas planicies secas donde las piedras hacían traquetear y temblar el vehículo entero.

El entumecimiento de las extremidades se me iba pasando, pero no abrí la boca.

El negro horizonte se nos acercaba, una línea suave que separaba la oscuridad estrellada de la total negrura.

Por el retrovisor, la mina fue reduciéndose a un puñado de destellos dorados y luego desapareció.

Con el cuadernillo en la mano, miré a Gabe.

Iba concentrado en la carretera. Aunque había contemplado muchas veces su perfil hermoso y tierno estando a su lado en la cama, de pronto me parecía una figura desconocida.

Lo veía incisivo. Un hombre con un propósito.

Miró de reojo el cuadernillo y después me miró a los ojos.

—¿Ya has atado cabos, entonces? —dijo.

—No lo sé —contesté—. Pero tengo un mal presentimiento.

Dime que me equivoco, Gabe. Dime que tú...

que tú no eres así —le pedí, girando el cuadernillo y enseñándole una foto de un soldado virtual que acribillaba con una ametralladora a unos civiles digitales acobardados, con las bocas demasiado grandes, los ojos demasiado blancos.

Todo cuadraba. Gabe jamás salía de la mina.

Él mismo me había contado que vivir una mentira, una fantasía, olvidarse del mundo real era la única forma de sobrellevar su existencia allí.

Y solo pasando horas y horas absorto en el videojuego podía haber conseguido aquella puntuación, aquella cifra exorbitada que desbordaba, repugnante, la pantalla.

—Lo siento —se disculpó.

La súbita conciencia de lo que Gabe era en realidad me asaltó como un escalofrío, y me aferré al asiento.

Sentí ganas de vomitar. ¿Cuándo había perdido yo la capacidad de ver al monstruo bajo la máscara de hombre cariñoso e inofensivo?

Me estaba fallando el instinto, muchísimo.

Me había acostado con un asesino despiadado, le había confesado mis secretos, había reído con él y lo había abrazado a la luz de la luna, acariciado su cuerpo homicida con mis manos.

Si sus mentiras habían logrado deslumbrarme así, ¿me estaría equivocando también con mi hermano? ¿Qué demonios me pasaba?

Mientras batallaba con mis pensamientos, Gabe me dedicó una mirada vacía. No dije nada. Me concedió tiempo y vi su rostro tenso a la escasa luz de los mandos de la consola central del vehículo.

—Creo que aquella noche en que te hablé de mi mujer intentaba explicártelo —dijo—.

Que este sitio... es como otro mundo. Una vía de escape.

Un lugar en el que puedes marcar tus propios horizontes y decir: «Bueno, ya está, todo lo de fuera no existe».

—Estudié el desierto que se abría ante nosotros.

El patrón repetido de hierba seca y puntiaguda y colinas pedregosas por el que rodaba la furgo.

Algo pasó veloz por delante, huyendo despavorido por la luz.

¿Un conejo?—. Aquí lo tengo todo bajo control —continuó, señalando el parabrisas—.

En el juego y en la nada del desierto. Entenderás lo estupendo que es eso.

A ver, a ti te gusta controlar, ¿no, Harry? Lo supe nada más verte.

—¿En serio tienes hijos? —pregunté—. En tu cuarto no hay fotos de niños, las habría visto —añadí con una voz profunda. ¿Por qué fue aquella mi primera pregunta?

—¿Hijos? ¿Qué dices? No, no, no —contestó—.

Forma parte del juego. Estaba creando mi personaje, mi perfil.

Sabía que un divorciado vulnerable te atraería más, alguien que estuviera deseando estar con sus chicos, pero que nunca pudiera hacerlo.

La familia rota. Estrategia, ya sabes —dijo como avergonzado—. Todo estrategia.

—¿Por qué haces esto? —quise saber—. ¿Cómo has podido ocultármelo?

—El juego es puñetero —respondió con un hilo de voz, casi susurrando—.

A veces me cuesta ver los límites. Es como una pluma que pierde tinta.

Por las noches tengo sueños sobre lo que ha pasado en la partida y, cuando despierto, tengo que hacer un esfuerzo por recordar quién soy.

¿Soy el Sargento Muerte o soy Gabe Carter?

—Se pasó una mano por el pelo sudado, casi riendo—.

¿Quién quiero ser? ¿Cuál de los dos me llena más? ¿Cuál me hace sentir más real?

—Gabe, yo...

—¿Cuál desempeña un papel y cuál no? —Hizo una mueca y se miró a sí mismo reflejado en el parabrisas—. Ya no soy capaz de distinguirlos.

Estábamos muy lejos de la mina. Detuvo la furgoneta y me miró con los ojos muy abiertos, luego alargó el brazo para tocarme y yo di un brinco en el asiento.

—¿Lo entiendes? —me preguntó. Dio un golpe con el puño en el parabrisas y el cristal retumbó—. O sea, ¿estamos dentro o fuera?

—Estamos fuera —contesté con voz temblorosa—. Esto no es una misión. No es un videojuego. Has matado a personas de verdad, Gabe. Has asesinado a hombres y mujeres de carne y hueso. Edward Whittacker es real. Podría estar muerto. Yo soy real.

—Sí, puede. —Miró con escepticismo el parabrisas, los bordes del cristal, el horizonte oscurecido del otro lado—. Puede. Puede. Escucha, sal ya, anda. Se agota el tiempo.